DESCENSO A LA MENDICIDAD
La estrategia de Mirtylo funcionó: las tuercas se iban colocando en su sitio en la cabeza de Buzo, el nuevo amigo del señor Pons.
Buzo narró con toda claridad cómo era su vida antes y durante la misión, el momento que encontraron el tesoro en el fondo de la ermita, pero a partir de ahí el relato empezó a perder coherencia.
A Mirtylo no le importaba, lo único que necesitaba saber es cuánto oro habían encontrado aquellos soldados.
Así que Mientras hacía sus cábalas mentales, Buzo seguía contando desventuras:
—Entonces entré en el piso. Teníamos que decidir qué hacer. Esas cosas, las monedas, estaban de camino. Cordero es un guerrero, un ejemplo en el cuerpo, no he conocido un tipo igual. Y… y… —se atascó, incapaz de salir del bucle mental.
—Entiendo que no te lo encontraste haciendo flexiones y recortándose el bigote. ¿Qué le pasaba? —Mirtylo se acordó de los restos de la fiesta—. ¿Te chocó que decidiera compensar la tensión del servicio con una copita, o diez?
—No, esto… Todos nos hemos pasado alguna vez, lo sé.
Pero era el contraste con el cabo que yo conocía, eso es lo que me impactó.
Estaba fatal, todo vomitado. Patético, infantil.
Le daba igual lo del cargamento y el intendente.
Yo necesitaba su ayuda, ¿entiendes? Él nos metió en esto.
Y lo único que decía es «a veces se pierde, polluelo».
El muy cabrón. Lo de Stalin ni lo recordaba, y lo del teniente le daba igual.
—Se le quemaría el fusible. ¿Sabes dónde está ahora? No se habrá tirado de un acantilado, ¿verdad? —Mirtylo quería trazar la ruta óptima que le llevara hacia la riqueza y la libertad: o llevaba al fiestero Cordero a Ali, o pagaba con oro la ausencia del militar …
Buzo clavó sus ojos en los de Mirtylo, serenos y claros en ese momento:
—Pensaba que tú sabrías dónde está. Le grité, creo que le quise golpear, no recuerdo bien.
Todo fue inútil, me fui dando un portazo.
Cuando me enfrié quise volver, al menos podríamos vender la espada esa que encontramos.
Pero ya no me abrió. —Mirtylo intentó recordar algunos objetos que despreció en la casa; los anillos, los dados y demás minucias puede que estuvieran ocultos bajo la basura de la mesa.
No había ninguna espada romana, se habría fijado en ella, ¿se la habrá llevado Cordero?
Buzo seguía hablando—: … Me quedé rondando la casa, no podía dejarlo ir.
Era un héroe para mí, pero me di cuenta de que nos había metido en esa jodida aventura sólo por sus deudas. Me ha destrozado la vida.
—Ah, que esto sigue, pensaba que ya habías terminado. Vale, venga, haz terapia, cuéntame.
Buzo detalló cómo acabó en la calle. Mirtylo medio escuchaba mientras ordenaba la información: después de no regresar al piso de Cordero, Buzo se dedicó a dar tumbos por la ciudad.
No era capaz de regresar a la base, donde esperaban su renuncia; tampoco de reunir valor para llamar a su familia.
Y tras una de sus sesiones de depresiva intoxicación, se despertó en la playa sin cartera, sin móvil, sin documentación, y se vio atado a la calle, gravitando hasta el piso de Cordero, donde pasaba horas mirando por la ventana.
Cuando no estaba vigilando la guarida de su cabo, se refugiaba bajo un puente del cercano Torrent de Sa Riera o en la cercana parroquia Ramon Llull.
Al menos, en la iglesia consiguió ropa, comida, y a veces algún que otro sermón que escuchaba sentado en el último banco, siempre cerca de la salida.
Al cura lo evitaba, con sus ofrecimientos de confesión y consejo; tenía suficiente con cocerse el cerebro en su propio jugo cefalorraquídeo.
No necesitaba ayuda externa para salvarse ni condenarse, estaba solo.
Así subsistió Buzo, con las bombillas cada vez más tenues, hasta que vio movimiento en el piso de Cordero.
Una ventana se abrió, y la nube que le oscurecía la mente empezó a despejarse.
Siguió a Mirtylo, entonces desconocido, hasta que lo perdió de vista en El Corte Inglés, donde dos guardas de seguridad lo invitaron, cordialmente, a estropear el paisaje a otro lado.
Desesperado por el atisbo de áurea salvación que había atisbado en manos de Mirtylo y que había reavivado su apagado dolor, volvió a su puesto de vigía.
Y llegada la noche vio esa cara asomándose por la ventanilla de un coche: era el desconocido de la mañana, el que había encontrado parte de su oro, Mirtylo. Esta vez no dudó, actuó.
Mirtylo entendió que su interlocutor había terminado porque el murmullo que oía de fondo había desaparecido. El señor Pons dejó de mordisquear el puro y examinó a Buzo. El soldado, notando la atención, se decidió a completar su relato:
—En la parroquia un día hablaron de Jonás y me reconocí. A mí también me ponen a prueba por miedo. Es la única explicación.
—Sí, sí, por eso el todopoderoso te salvó en el desierto. ¿Has terminado con la magia y los fantasmas y esas cosas? Porque tengo un plan: vamos a visitar a ese intendente tuyo, el que te ayudó con el contrabando.