QUIEN BUSCA ENCUENTRA
El tiempo interno de la tropa se ralentizó, y lo que les había parecido siglos de caída, en realidad fueron uno coma dos segundos. Los cuerpos de la soldadesca golpearon el suelo, y entre maldiciones los tres recuperaron el aliento.
Los relojes internos y externos se sincronizaron, la tierra volvía a ser sólida bajo sus pies, y Buzo forcejeaba para salir de debajo de sus compañeros .
El aire era rancio y hacía un frío de ultratumba. Se movían en la total oscuridad hasta que Cordero encendió unas barras de luz química, tiró una al suelo y levantó otra por encima de su cabeza.
Habían caído menos de tres metros: el suelo de la ermita que se había hundido era a su vez el techo de otra estancia. Era como si hubiesen construido el santuario cristiano encima de uno igual, a grandes rasgos. Un altar de piedra sobresalía parcialmente de una gruesa capa de lodo seco.
—¿Todos enteros?
—Sí, mi cabo. Zapador cabrón. Lo de las cargas dirigidas es un mito, ¿no? ¡Maldita sea tu estampa, Stalin!
—Uno hace lo que puede con lo que tiene, y si no te gusta: verga.
—¿Habéis visto que tenemos compañía? -—dijo Cordero.
Miraron. Dos cuerpos desecados sobresalían en la estancia; uno de ellos en una esquina, cerca de varias ánforas a medio enterrar.
Una barra de luz le había caído en el pecho y le daba un aspecto fantasmagórico.
Si seguías su mirada vacía, encontrabas a la pareja: otro cuerpo medio enterrado al lado de la antigua puerta, bloqueada por rocas y barro, y con una espada asomando entre las costillas.
—¿Quiénes son?
—¿No ves el jubón? Juraría que eso es un gladio que sale del pecho de ese desgraciado. Yo diría que son soldados como nosotros. Seguramente se quedaron atrapados aquí en pleno corrimiento de tierras.
—¿Me estás diciendo que estos infelices se quedaron encerrados vivos, aquí? ¿Hace cuánto?
—Dos mil años, ¿tal vez? Pero parece que no fueron muy amigos las últimas horas —aventuró Cordero.
—¿Todo bien, amigo? Gran explosión, no vi vosotros —interrumpió la cabeza de Nuam que se perfilaba a contraluz en el agujero superior .
—Sí, todo está bien. Anda, ayuda a Stalin a salir. Trae cuerda, linterna y una bolsa. Esa espada algo tiene que valer, y a ver qué más encontramos.
— Al-hamdu lillāh . Sube, amigo, sube.
Cordero y Buzo se quedaron en la estancia, encendieron más barras de luz, y como el polvo ya se había asentado, pudieron analizar los detalles.
Tras una rápida inspección, al negro gladio se le unieron unos anillos de bronce, un par de monedas ennegrecidas, una figurita, lo que parecían unos antiguos dados y una cerámica.
Todo lo iban apilando en el altar. A un arqueólogo profesional, el descubrimiento de dos legionarios romanos momificados de manera natural, por la combinación del frío de la montaña y lo estanco de su improvisada prisión, lo habrían elevado al olimpo de su profesión, pero a estos soldados no les parecía un botín sustancial.
Buzo detectó que su superior se tensaba y perdía el ánimo habitual. Se mascaba desesperación entre la creciente presión de aquellas paredes.
—Quedan esas tinajas. Algo valdrán —dijo Buzo por decir, señalando los recipientes sobre los que estaban tendidas las carnes del muerto.
Cordero se acercó con indiferencia a las vasijas, y en cuanto comprobó que tenían un aspecto tosco y mundano, les dio una patada fruto de la frustración. La primera vasija estalló en una nube polvorienta, la rabia le pudo, siguió pateándolas: una, otra, otra… Más polvo.
Cordero gruñía y pateaba con furia. Cuando cesó el estruendo, un sonido metálico, como una cadena cayendo, tintineó en la penumbra. Cordero se incorporó como un resorte y volvió a agacharse. Metiendo la mano en los restos de una vasija, la removió provocando el tintineo.
—¿Qué es, mi cabo? —preguntó a su espalda un timorato Buzo.