DESAYUNO INFORMATIVO
Tras varios minutos de ágil caminata, la curiosa pareja llegó a la plaça del Progrés, donde los palomos aún no se habían despertado. En dicha plaza, un discreto bar hace esquina con una calle dedicada al gran enemigo de Roma, Aníbal.
Auspiciados por el «padre de la estrategia», se pararon a concebir una; aunque visto lo visto, y dado que Aníbal terminó sus días en el exilio, con la familia muerta y su patria aniquilada por los enemigos, puede que a la larga sus estrategias no funcionaran del todo bien.
Mirtylo decidió no profundizar en exceso en los augurios, o la parálisis le impediría vivir.
Entraron en el Macao, una cafetería con nombre de esplendor colonial y corazón clásico de bar español, con su barra de acero, mesas de contrachapado y una variedad de sillas que han ido conformando la decoración por meritocracia: la que sobrevive al tiempo y al uso es la que se queda.
El toque de color y la tecnología lo proporcionaban una máquina de tabaco y dos máquinas tragaperras en sus variantes de piratas y dioses egipcios.
Si el mendigo no destacaba en el bar como elemento decorativo, menos lo hacía cuando se le comparaba con el resto de la clientela: una mezcla de obreros reconocibles por su ropa fosforita y desayunos con cerveza, y heroinómanos resecos que disfrutaron en exceso en décadas pasadas.
Al igual que los obreros, estos también desayunan cerveza, pero con manos temblorosas.
Entre esa ruda clientela, destacaba una joven pareja que con maletas en ristre esperaba a que les diese la hora para entrar en el piso turístico.
Mirtylo se acomodó en una mesa que le permitía observar todo: el local, la puerta y la calle, temeroso de encontrarse con otro acólito de Alistair .
El ambiente era ruidoso y animado, la gente entraba y salía con regularidad sin prestarles atención. La camarera se acercó rápida.
—¡Buenísimos días! —saludó Mirtylo—. Un café solo, un vasito de agua, una ensaimada, y lo que quiera aquí… el joven. —El mendigo no dijo nada, en este punto volvía a estar absorto en sus pensamientos, así que terminó pidiendo Mirtylo, y de paso sacó un puro y lo mordisqueó—: Tráele otro café.
Antes de que se dieran cuenta, las viandas ordenadas se ubicaron con presteza sobre la mesa: dos cafés, el solo en taza de café, el con leche en vaso de cristal, pocos grados por debajo del punto de ebullición, y una fabulosa ensaimada recubierta de azúcar en polvo, brillante y esponjosa.
Hacía tanto que Mirtylo no comía, que sintió la boca acuosa a la vista del desayuno.
Pero cometió un error: levantó la mirada y se topó con los ojos claros de su compañero, fijos en la ensaimada.
Mirtylo se la acercó sin mediar palabra.
—¡Nos faltaría otra de estas! —anunció Mirtylo a la camarera mientras esta desaparecía en medio de una nube blanca de azúcar en la barba de su compañero.
—Era la última, y aquí no se fuma —se quejó la camarera.
Mirtylo dejó el puro, no quería discutir. A la camarera le daba igual los problemas que a un tipo cualquiera le causa la falta de ensaimadas. Mirtylo se limitó a sonreír y pidió el segundo desayuno, ajustando esta vez la comanda al hambre de su salvador.
—Vale, pues tráenos dos llonguets con sobrasada, dos pinchos de tortilla, y qué demonios, dos carajillos, que solo se vive una vez. Si no tienes, nos traes algo parecido.
«Un graciosito. Espero que tu amigo peludo te pase los piojos. Me pregunto a quién echarán hoy en el programa», deseó la camarera mientras respondía en voz alta:
—¡Marchando !
Bajo el efecto de la cafeína, el brandy o las calorías de la sobrasada, la mente del señor Pons se empezó a aclarar, y se dispuso a tantear el terreno:
—Ayer te vi tirado enfrente de un supermercado. ¿Siempre zurras a los que no te compran pañuelos?
—¿Lo has encontrado? —recibió la pregunta como respuesta, cargada de connotaciones peligrosas.
—¿Si he encontrado qué, señor mendigo?
—Lo has encontrado, lo sé. Te vi en la numismática.
—¿Cuánto tiempo llevas siguiéndome?
—¿Por qué estabas en el piso? ¿Por qué esos dos buscan a Cordero? ¿Quién te envía?
—El piso es mío, ¿entiendes? Y no tengo ni idea de qué me hablas. Me previnieron de cosas respecto a este negoci , pero no esperaba esto. ¿Qué sabes de Cordero?
—No entiendo nada. ¿Es por sus deudas? ¿Lo has encontrado o qué?
—Pausa, fin. Se terminó el diálogo de besugos.
Otra pregunta más y me sangrarán las orejas.
Disculpa, guapa, nos traes una ración de frito mallorquín a cada uno, ¿otro carajillo?
Y otros dos carajillos. Ah, hazlos potentes, que tenemos para un rato.
A ver, señor mendigo, me llamo Mirtylo y hace unos días compré un piso de subasta.
Lo fui a visitar ayer, encontré algo brillante y me dejé llevar.
Después de dar vueltas por la ciudad y tomar un par de malas decisiones, un tal Ali, aficionado a las motos, proxeneta, traficante y en general alguien con el que mejor no cruzarse en los caminos de la vida, me clavó sus garras.
El susodicho mal ser, porque lo es, me puso de escolta a los dos caballeros contra los que te has rascado los nudillos hace un rato.
Quiere que le encuentre a un tal Cordero, de profesión militar; según Ali, le debe una cantidad considerable de dinero por ser un negado jugando a las cartas.
Ese es el resumen ordenado de los hechos relevantes.
¿Preguntas? Que sean inteligentes, por favor .
—Ese Ali, ¿es moro? —Había un miedo genuino en los ojos del mendigo.
—Alistair es un blanquito americano. Yo no le llamaría moro a la cara, no es de los tolerantes. Y ahora, señor mendigo, cuéntame tú.
—Vagabundo —matizó con melancolía—. No soy mendigo, soy un vagabundo. Y no pido, tengo suficiente con lo mío, pero vivo al raso.
—Como quieras, men… bundo, ¡lo que sea! Si tuvieses un nombre, esto sería más sencillo. ¿Qué es lo tuyo?
—El oro. Nuestra recompensa. Sangre derramada. Buenos soldados. Una vida mejor. El barco se hundió. Traicionado por todos…
Balanceándose al son de sus palabras, el mendigo volvía a su delirio.
Mirtylo volvió a fantasear con que simplemente estuviese sumido en un mal sueño.
«Eso es, te has recalentado en la playa y las últimas veinticuatro horas han sido un delirio febril».
Se pellizcó un muslo, pero no pasó nada, seguía en el Macao con su nuevo amigo.
Apuró los restos del carajillo de un trago, tenía que recuperar el control.
Dio un golpe en la mesa y con voz marcial ladró:
—¡Reporte, soldado!