BLASFEMIAS
El tiempo corría: de las cuatro horas extra para imprevistos, ya habían transcurrido tres, y seguían sin nada.
Mientras tenía a la tropa ocupada, Cordero daba vueltas inquieto por la explanada arqueológica, entraba y salía de las tiendas de campaña… Siempre terminaba fijándose en aquella ermita incrustada en la pared rocosa.
Según entró en la construcción, un profundo silencio envolvió al cabo.
Hasta ese instante no había notado lo ruidoso que era el viento en el exterior.
Era una construcción humilde pero sólida; diferentes materiales la habían apuntalado según pasaba el tiempo.
El plano del edificio era una cruz cuadrada con una cúpula de cemento en el centro, y debajo de ella, un altar; el suelo era de tierra aplanada.
En la pared contraria a la entrada destacaba un colorido fresco desconchado desde el que un rostro con melena rubia y tez blanca con halo de santo observaba a Cordero.
El fresco atrajo su atención: ocultaba un relieve de ladrillos que las paredes a derecha e izquierda no replicaban.
Se acercó y examinó con atención el punto de unión de la pared con el suelo. Salió rápidamente del recinto y lo observó desde fuera. Volvió a entrar, y sin dudar lanzó la voz de mando llamando a Stalin.
Buzo también llegó, porque, al igual que cavar, lo inverso, evitar cavar, es una habilidad que se adquiere en todos los ejércitos del mundo.
—¡Mirad, polluelos! Este arco está cegado, aquí antes había una puerta, ¿veis?, porque la grieta continúa por detrás de la ermita. ¿Qué mejor sitio para ocultar bienes de valor, que detrás de una puerta inamovible? Vamos, abramos paso.
—¿Y la pintura, mi cabo? —Buzo repasaba boquiabierto cada indicación de Cordero—. Parece antigua .
—Garabatos que solo sirven para detener a los pusilánimes. Como esos que cavaban por aquí. ¡En marcha! Stalin, coloca tus juguetes y ábrenos paso. Venga, haced caso a papá Cordero, que aquí está lo jugoso.
El exzapador usó parte de su provisión personal de PG-2, explosivo plástico del ejército, que pegó con cinta americana en el pecho de una inocente figura azul y naranja.
Stalin sospechaba que si su abuela lo viera, no aprobaría sus intenciones, pero sabía lo suficiente de cristiandad para tener presente que lo principal de la fe es el perdón; que quien transgrede está dando a los demás la oportunidad de ejercer el perdón y, por tanto, de ser mejores cristianos.
La figura del fresco le miraba con cara larga y expresión de tristeza.
Stalin desechó las dudas, tenía que cumplir una orden. De todos modos, su nana estaba lejos, y la mano dura del cabo cerca. Se tranquilizó recitando un par de padrenuestros mientras trabajaba. Así se cubría las espaldas.
Cordero y Buzo prefirieron esperar en la pradera a que su compañero terminara de trabajar; habían visto suficientes zapadores con menos dedos que los diez normativos, como para dejarse llevar por la curiosidad.
En su lugar, se dedicaron a inspirar aire de montaña y esperar nerviosos con la vista perdida ladera abajo.
Desde su posición se podía ver el camino que subía serpenteante.
El pueblo quedaba escondido tras un desnivel.
Nuam fumaba aburrido junto al coche. Grandes sombras cruzaban de tanto en tanto los restos de la excavación, las proyectaban unos buitres leonados que volaban aprovechando las corrientes de aire sobre la zona.
—Igual que estar de maniobras —suspiró Buzo.
—Después de hoy nunca más, ya verás —apremió Cordero con un tono bravo; sabía echarse un farol incluso con una mala mano .
—Algo corto, pero valdrá. El Señor nos guarde —dijo Stalin, que salía de la ermita sujetando un cable de un venenoso color amarillo fosforescente.
En cuanto se alejó lo suficiente, y sin previo aviso, pulsó el detonador.
La fuerte explosión lanzó una nube de polvo y piedrecitas por la entrada de la ermita.
Buzo y Cordero, al ver salir a Stalin, tuvieron los segundos justos para mentalizarse y abrir la boca; el simple humor militar siempre encuentra hilarante causar explosiones cerca de tus colegas.
Y antes de que el polvo se asentara, ya estaban entrando en la ermita.
Dentro del arco la pared estaba tan sólida como antes.
Eso sí, la figura del fresco centenario se había evaporado.
—No lo entiendo, pero si el PeGe se come el hormigón como un niño un buñuelo —defendía Stalin su trabajo, mientras pasaba la mano por la superficie caliente.
—Siempre hay que poner más, no me seas rácano —azuzó Cordero, iniciando una discusión técnica con el zapador—. Vamos, dale fuego al tema. De aquí no nos vamos de vacío.
Mientras sus compañeros discutían, Buzo se dedicó a observar detenidamente el suelo.
Todo el efecto que esperaban en la pared y que les había sido negado por los dioses de la pólvora, ahora se veía reflejado ahí mismo, a sus pies.
Con la detonación, el barro centenario se había levantado y mostraba una base de piedra antes oculta, en la que se apreciaban grietas.
Buzo se agachó a remover un fragmento de gravilla con los dedos, cuando de repente el mundo giró sobre su eje y se hizo la oscuridad. Los tres infantes cayeron al abismo:
—¡Adiós!
—¿San Pedro?
—¡Me cago en satanás, en la arqueología y en la vida militar!