NUEVOS CONOCIDOS
Bruto estaba perdiendo la paciencia, lo cual era razonable; el mendigo estaba a un palmo de su nariz. Lo intentó apartar con un aspaviento, pero el mendigo insistía.
Hans reía. Mirtylo sentía curiosidad.
La mano de Bruto se acercaba a su axila izquierda, a por la pistola.
Nadie en Palma suele resistirse si le muestran un arma, en especial un urbanita, por muy perdido que esté para la sociedad.
Otra historia es el ambiente rural de la isla, donde la caza es popular, y si enseñas tu arma, seguramente te enseñen las suyas, que resultarán más largas y usadas.
Como respuesta al movimiento de Bruto, la mano izquierda del mendigo apareció inesperadamente desde detrás de la puerta lanzando un golpe seco a la barbilla del conductor. Y aunque no le dio limpiamente y no consiguió un K.O. técnico, puntuó.
Bruto pasó a un estado contemplativo que le duró unos segundos. Hans, que había dejado de reír, centró el foco de sus crueles ojos grises en la nueva amenaza, y abrió la puerta trasera izquierda para abalanzarse sobre el indigente pestilente.
Aprovechando el momento, Mirtylo empezó añadiendo una propina a Bruto, alcanzándole, esta vez sí, de pleno en la mandíbula, de las pocas partes del cuerpo a la que poco importa lo mucho que vayas al gimnasio.
De modo que Bruto convirtió su estado contemplativo en una meditación profunda e incapacitante.
En eso, Mirtylo alargó el movimiento y extrajo la pistola de la funda del durmiente, y examinó con la mirada los alrededores.
Hans corría tras el mendigo con una defensa extensible, de las que aprecian los policías y camioneros.
El mendigo había decidido que lo mejor era evitar un golpe directo, demostrando que no estaba tan ido como quería pretender; daba vueltas al coche como un payaso de circo huyendo del oso amaestrado.
Mirtylo abrió la puerta con una sincronización perfecta. Se escuchó el golpe seco de rodilla y pecho contra la puerta de acero. Hans terminó tendido en el suelo.
No tenía por costumbre Mirtylo pegar a alguien caído, pero su nobleza no era compartida por el mendigo, que enseguida le propinó un par de patadas a Hans con sus robustas botas.
Mirtylo extrajo la cartera y el móvil de los bolsillos de Bruto y se guardó también las llaves del coche.
Dispuesto a repetir el saqueo con Hans, vio que ya no recibía patadas; es más, se había incorporado y apuntaba al mendigo con una pistola plateada.
En ese instante, la cabeza de Mirtylo buscó cómo mejorar la situación sin añadir a su lista de pecados dos almas adicionales, almas policiales, ni más ni menos.
De modo que desechó usar su recién adquirida pistola y se escurrió entre el coche y Hans, colocándose detrás y apretándole la aguja de tejer en la yugular.
Hans jadeaba, buscaba tragar y respirar; el cuello fuerte, rojo y tenso.
El contacto frío del metal fue lo suficientemente asertivo para que soltara la pistola, que Mirtylo recogió y se ajustó entre los omóplatos.
Le ordenó que se metiera en el maletero.
Hans se negó sin emitir sonido, usando también solo la cabeza, y recibió un culatazo en la boca.
Entró en el maletero cojeando ligeramente, escupía sangre.
El odio hacia Mirtylo, por alguna razón, se había incrementado en sus ojos.
Haciendo gestos al mendigo, Mirtylo le pidió ayuda para meter al todavía desconectado Bruto en el maletero.
Lo hicieron con rapidez, pese a la misteriosa ley que hace que un cuerpo pese más cuando pertenece a una persona inconsciente.
Cuando Hans vio que el maletero se abría, intentó incorporarse, pero lo único que pudo hacer fue abrazar a su compañero según le caía encima.
—Ahora harán la cucharita un par de horas. Eso les hermanará. ¡Larguémonos!
El mendigo se sentó de copiloto.
El trayecto era de menos de cincuenta metros y dejaron el Seat en el vado de un taller al que le quedaban un par de horas para abrir. El razonamiento de Mirtylo era que Hans y Bruto tendrían el sentido común de inventarse algo cuando los del taller los sacaran del maletero.
—El gimnasio tendrá que esperar —musitó Mirtylo para sí mismo, suspirando; ahora tenía un nuevo aliado al que conocer, pero antes había que poner tierra por medio—. No te quedes cerca, sígueme y te pagaré.
Se alejaron con paso rápido sorteando las calles principales para evitar sucursales bancarias y cámaras de vigilancia. Su nuevo amigo le seguía en silencio con paso vigoroso.
Mirtylo aprovechó para comprobar su botín.
El resultado del saqueo se componía de elementos clásicos: tanto Bruto como Hans tenían tarjeta de identificación de policía local, algo de dinero, móvil, y un sobrecito de plástico con un par de pastillas, nada interesante.
Mirtylo cogió el dinero, los carnets, y tiró las dos carteras en una alcantarilla cercana.
Si se sentía magnánimo, les devolvería las identificaciones en un par de días o, quién sabe, podía donarlas al mendigo o a los de su gremio, sin otra finalidad que molestar.
Se deshizo asimismo de los móviles, en este caso los dejó en un banco de madera y en una papelera, separados por un par de calles, como cebo para que alguien los cogiera.
Así Hans y Bruto perderían el tiempo rastreándolos.
Mirtylo entendía que esos dos moteros pluriempleados no iban a ser grandes fans suyos, pero como se suele decir: «haber estudiado», sobre todo la ciencia de no dar collejas a desconocidos.
Observó al mendigo, que le seguía fielmente de cerca y volvía a tener la mirada perdida. Al menos, su demacrado aspecto le alejaba de los clientes de postín de los que presumía Alistair.
Para cuando los dos aliados llegaron a la calle de la Industria, reconocible por los cuatro molinos harineros del siglo XVII que sobrevivían desubicados entre bloques modernos, Mirtylo escondió la plateada Beretta 92X de Hans y la más proletaria CZ-75 de Bruto tras sendos aparatos de aire acondicionado, pero antes las desmontó con mano experta y retiró un par de piezas vitales para su funcionamiento.
Tras contemplar con curiosidad todas las manipulaciones de Mirtylo, y como si reaccionara ante tal demostración de familiaridad con el mantenimiento de armas cortas, el mendigo volvió de su viaje astral y emitió una frase con el dudoso y desafinado tono de alguien que no ha usado la voz en meses:
—Tenemos que hablar.
—No lo sabes tú bien, pero antes te invito a desayunar —propuso Mirtylo.
Eran las seis de la mañana, y la falta de sueño tenía que ser compensada con café. Además, no quería charlar con un violento desconocido en un callejón oscuro, aunque contara con su aguja de calceta, ya inseparable.