Fortuna en Mallorca RUINAS ABANDONADAS
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RUINAS ABANDONADAS

El camino escarpado terminaba en una planicie a los pies de un muro de piedra vertical, donde una humilde ermita emergía por una grieta.

A la derecha de la planicie se distinguían tres grandes carpas y dos tiendas de campaña con forma de tipi indio de las praderas.

A la izquierda sobresalían los restos de la excavación, con visibles capas de sedimentos que habían preservado las antigüedades que prometían riqueza a los tres infantes.

En la zanja, los sufridos arqueólogos habían excavado con cuidado, fantaseando sobre sus futuras publicaciones en la International Journal of Heritage Studies o en la prestigiosa Journal of Cultural Heritage .

Y si todo iba mal y los encuentros eran escasos, se conformarían con aparecer en Heritage , que últimamente aceptaba a cualquiera.

Sin embargo, tras descubrir suficientes objetos como para asegurarse becas para los años siguientes, habían tenido que huir apresuradamente a causa de la inestable geopolítica local.

Nuam aparcó el coche junto a las tiendas de campaña y todos salieron.

Después del incómodo viaje, Buzo y Stalin se centraron en estirar las sufridas posaderas y limpiar los pulmones con aire de montaña, mientras Cordero, con un brillo azaroso en los ojos, se lanzó a las carpas.

Su mente dibujaba tesoros con etiquetas marcadas y símbolos de dólar.

Pero no fue el caso.

Todo había volado dentro de las tiendas.

Herramientas, hornillos, generadores… Eso fue lo primero en desaparecer, aparatos útiles en cualquier hogar rural.

Una vez digerido lo más funcional, los locales también arramplaron con las mejores piezas arqueológicas; cualquier cerámica del siglo I a.

C. le da un toque elegante al jardín, y todo recibidor decorado con un león alado asirio automáticamente incrementa el caché del dueño.

Las tiendas de campaña seguían en su sitio, solo por las banderas europeas que las decoraban a modo de patrocinio y que habían suscitado cierto pudor entre los saqueadores, que no querían buscarse problemas con las milicias.

Buzo y Stalin se acercaron a Cordero. Detrás de ellos, de nuevo fumando, llegó Nuam.

Fue el libanés quien rompió el incómodo silencio y la pesada atmósfera en plena montaña:

—¿Tuyas cosas? Yo decir jefe: nada aquí, piedras aquí. Sirios, como… ¿cómo decir? Animal que salta, plaga bíblica. Consejo, no compre coche o burro a sirio, mal asunto.

—¿Plaga bíblica…? ¿Langostas? —murmuró pensativo Stalin.

—Sí, ese, lleva todo no vigilado —prosiguió Nuam—. Yo conocer bien, yo mitad sirio. ¿Quiere ir otro lugar? Conozco buena tetería cerca, muy cerca, o excursión Damasco. Bonita ciudad. Ahora con guerra fácil aparcar .

—Ruego que me disculpe, mi cabo, pero esto no parece muy prometedor —expresó Buzo rozando con la bota un fragmento de cerámica.

Cordero, en silencio y de espaldas a los compañeros, miró su reloj; aún tenían un par de horas antes de regresar con las manos vacías.

—Minucias. ¡Acabamos de llegar! ¿Me vais a decir que unos académicos saben cavar mejor que un infante español? ¡Nunca! Venga, coged las palas del maletero y a la trinchera esa de ahí, que hay riquezas en el fondo.

—¡A la orden!