Fortuna en Mallorca LA IMPORTANCIA DE LA LIMOSNA
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LA IMPORTANCIA DE LA LIMOSNA

Hans sacó su cartera y se la mostró a los dos guardias civiles que bajaron del coche; eran señores de una edad considerable, con barba y talante serio.

Todo se volvió tan cordial, que los guardias se ofrecieron a ayudar con el cambio de rueda.

Bruto salió del coche y se colocó a espaldas de Mirtylo.

Por lo visto, estaba igual de tranquilo que su compañero.

Mirtylo reflexionaba taciturno:

«¿Y estos dos son policías? Vamos a ver: Ali mencionó que sus querubines del averno atraían a gente de los cuerpos de seguridad, y la manera con la que Hans se sujeta el chaleco de cuero, como si fuera antibalas…

Tres cosas, entonces: la primera, me he librado de una buena; si llego a dejarlos aquí tirados, me habría cazado toda la isla, y la vida de un ciudadano global se complica con una red notice a su nombre.

La segunda es que esa calamidad andante de Alistair está tan conectado como dice.

Estos dos simpáticos parecen estar a tiempo completo.

¿Cuánto cobrarán? Unos mil euros al mes siendo chicos locales, o algo más, si hacen turnos de lechuza.

No es muy diferente a esos setecientos euros en oro que vale el áureo y que pagaba un mes de legionario hace dos mil años.

Y los legionarios podían disfrutar del expolio, aquí no hay variables oficiales por alijo confiscado.

Ese Ali, con su boyante caja fuerte, resulta un empleador atractivo.

La tercera: Mirtylo, Mirtylo, Mirtylo… ¡Ponte las pilas!

Tus decisiones son malas, tienes el instinto embotado, ¡vamos, despierta! » .

Como los que trabajaban eran varios, además estaban de palique y el turno avanzaba, tardaron más de los quince minutos de rigor en cambiar la rueda.

Lo amable y cómplice de la charla confirmó a Mirtylo que no iba a encontrar aliados, así que en cuanto pudo aprovechó para echar una cabezadita en su asiento de copiloto; algo le decía que le iba a faltar sueño estos próximos días.

Al principio siguió escuchando, haciéndose el dormido. Al poco ya ni escuchaba ni fingía.

Bruto lo despertó con un golpe en las costillas:

—Ya estamos. ¿Por dónde empezamos?

Estaban parados en un semáforo del cruce de la Ma-19 con la avenida Gabriel Alomar, justo donde comienza el casco viejo.

No muy lejos del refugio de soltero de Mirtylo.

En este punto habría dado un diente, mínimo, para lograr que el día de ayer se borrase de la historia y despertar en su cama.

Surgiendo incómodamente de la contemplación, les indicó a dónde ir:

—Llevadme al polígono Son Valentí. ¿Sabes dónde es o te guío?

—Lo sé mejor que tú, cap de fava. ¿Qué vamos a hacer allí?

Mirtylo lo ignoró. Sabía que esos alcahuetes no tenían más alternativa que hacerle caso.

Así que esperó a que Bruto diera la vuelta y se adentrara en la ciudad; esperaba darles esquinazo en el polígono tras meterles en su mastodóntico gimnasio y dar un par de vueltas.

Además, tenía una taquilla reservada con útiles de emergencia.

El único tráfico que encontraban era furgonetas de reparto, algún solitario camión de la basura, y pocos trasnochadores.

Palma no es ciudad para salir de fiesta un miércoles y volver a las cinco de la mañana dando tumbos.

Es más elegante que eso; la gente empieza antes y vuelve dando tumbos sobre la una.

—Aquí, gira aquí, que llegamos antes .

Bruto hizo caso al copiloto y levantó la mano del volante para propinarle otro golpe, pero esta vez Mirtylo agarró le con firmeza la muñeca, que no soltó hasta recibir otro capón de Hans.

—Tregua. Vamos a ser amiguísimos los tres, ¿os parece? —dijo Mirtylo mientras se frotaba la cabeza y apartaba la mano de Bruto—. Tenemos que trabajar la confianza.

Siguiendo las indicaciones de Mirtylo, iban a pasar por la calle de su piso de subasta. Quería comprobar si seguía desierta y también si sus acompañantes reaccionaban de alguna manera; era el único hilo del que tirar.

«Sin duda Cordero ha pasado por ahí, y la gente de Ali no la conoce.

Algo me he dejado, el baño cerrado, el cristal roto, la basura sobre la mesa…

Algo» —Mientras Mirtylo miraba por la ventanilla ensimismado, se dio cuenta de que el coche se detenía en un semáforo rojo de aquella calle desierta—.

«Gente curiosa estos dos locales, participan entusiastas en el crimen organizado, pero respetan las normas de tráfico».

Estando parados, un mendigo se acercó al coche; a Mirtylo le resultó vagamente familiar.

«Esta gente parece compartir un número de looks limitados entre toda su comunidad, variaciones de la misma ropa de promoción, barba, piel tostada por el sol, y un olor característico si te mantienes cerca el tiempo suficiente.

Lo único que podría decir del que viene hacia nosotros es que parece joven, unos veintitantos, piel acostumbrada a la intemperie, ojos hundidos y unas botas de aspecto sorprendentemente sólido. Espera… yo he visto esas botas antes».

El morador de la calle fue directo a la ventanilla del conductor y empezó por ofrecerle paquetes de clínex mientras mantenía la mirada fija, presente y clara, en Mirtylo.

Ante el gesto de desprecio de Bruto, el vagabundo pareció sufrir una pájara dejando caer los pañuelos dentro del coche, se inclinó sobre la ventanilla abierta y empezó a palpar al conductor con unas uñas que pedían un baño desparasitante.

Usaba solo una mano, la otra quedaba fuera de la vista, y Mirtylo prefirió no saber lo que agarraba con ella.

—Dejad de hacer manitas, y quítatelo de encima —se reía Hans desde el asiento de atrás.

Mirtylo se apiadó. Las últimas horas habían erosionado el significado del dinero, y aquí tenía a un ser humano en un estado aún más deplorable que el suyo. Empezó a rebuscar en su cartera:

—Ven aquí y deja al amable conductor, que hoy es tu día de suerte.

—¡Aparta, sucio! —dijo Bruto—. Y tú, calla o te zurro. Dime de una vez dónde está ese jodido Cordero.