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LOS MATICES DE ORIENTE MEDIO

Nuam conducía de camino hacia la frontera Líbano-Siria, fumaba un cigarro tras otro y parloteaba orgulloso de su sedán Toyota Carina de color parduzco «con solo diez mil kilómetros de rodaje».

Los dientes y fusiles AK de los infantes traqueteaban dejando claro que la amortiguación del Carina o estaba hecha con piedras, o el cuentakilómetros iba por su tercera vuelta.

Para desconcierto de todos, antes de llegar a la frontera, Nuam paró abruptamente, salió del coche y les pidió las armas.

Sin más explicación que la firme insistencia de su sonriente bigote, desarmó al indeciso Buzo y luego hizo lo mismo con los demás, para a continuación depositar toda la maquinaria bélica bien visible en el maletero, entre un gran bidón de plástico y botellas de agua.

A media mañana y se acercaron a la atascada frontera, plagada de gritos y quejas.

Nuam se metió en dirección contraria y se dirigió hacia una barrera cerrada.

Cordero no sabía dónde esconderse: todo estaba lleno de militares locales armados, protestas de los que hacían cola y miradas atentas.

La barrera se abrió y Nuam pasó saludando con su cigarrillo y gritando Salam a los soldados apostados; se notaba que conocía hasta el último perro a ambos lados de la frontera .

—Qué fácil. ¿Nunca miran el maletero? —preguntó Cordero a Nuam, ocultando la tensión tras sus gafas de sol de aviador.

— Inshallah primo.

—¿Y del lado sirio?

—También primo, por parte de madre. —El libanés sonrió mientras se encendía otro cigarro.

Después el traqueteante viaje continuó sin incidentes.

El aire acondicionado no funcionaba, pero la radio intentaba suplir la ausencia; sonaba voluntariosa y sin perder en ningún momento la señal.

La lista de grandes éxitos locales y un animado locutor acompañaban con su repetitivo ritmo la vibración del coche.

El sol empezaba a apretar, todo se volvió somnoliento.

Según cruzaban el paso fronterizo, situado en una hendidura natural en la cordillera que separa los países, el paisaje se tornó árido y poco estimulante a la vista.

A lo lejos, una neblina humana cubría Damasco.

Cordero aprovechó una pausa entre los Marlboros de Nuam para indicarle el punto exacto al que tenían que ir, una pequeña carretera apenas visible en el mapa de la zona.

—Nada allí, pero jefe manda.

—Tú llévanos.

—Jefe manda. ¿Quién creer que gana liga este año? Yo ser muy de Madrid, siempre de Madrid. Hala Madrid, pero Barça muy fuerte este año. Buen fichajes.

La carretera descendió hasta la pequeña ciudad de Qatana, desde donde iniciaron el ascenso al Monte Hermón.

Tras pasar por un pueblo de Qalaat al-Jandal, dominado por un castillo en ruinas, se olvidaron del asfalto y se desviaron a una carretera de tierra.

Si el vaivén hasta ahora había sido duro, los cinco kilómetros de empinada subida a la montaña se convirtieron en infernales.

Lo único bueno del viaje, para Cordero y sus maltratadas articulaciones, es que no había visto ningún signo de guerra civil.

Como mucho, algún que otro anciano armado y acompañado por al menos un nieto preadolescente que vigilaba vagamente la entrada de cada pueblo que el Toyota cruzaba.