Fortuna en Mallorca DE LA IMPORTANCIA DE PENSAR Y A VECES ACTUAR
27%

DE LA IMPORTANCIA DE PENSAR Y A VECES ACTUAR

«Maldición, esto se está enredando», reflexionó Mirtylo.

Se sentía como un sacacorchos, que con cada vuelta queda más atrapado en la situación.

Sus dos nuevas niñeras parecían clones: ambos de físico atlético, alrededor de noventa kilos, pelo corto, y el brazo izquierdo ligeramente separado de la axila.

La única diferencia entre Bruto, que conducía, y Hans, que vigilaba desde el asiento trasero con las manos agarradas al chaleco, era que el primero era moreno y el segundo sutilmente pelirrojo con ojos claros.

Aquella postura de manos de Hans le resultaba familiar, pero no le prestó atención, estaba demasiado centrado en sí mismo.

Según la experiencia vital de Mirtylo, los errores se pagan en tres divisas: tiempo, dinero y salud.

Y la situación actual tenía los tres factores en contra.

Además, sabía que los errores tienen otra característica adicional: una vez has cometido uno, la posibilidad de encadenarlo con el siguiente es alta.

Eso es lo que le había pasado. Su primer error fue enseñar una moneda única a un profesional que sabía reconocerla, y a partir de ahí todas las decisiones fueron malas.

Victoria se cruzó un segundo en su mente, pero la apartó.

No estaba de humor. Con una mano sobre su dolorido hígado, hizo la promesa de que iba a beber menos y a pensar más, si sobrevivía.

«La nueva escala de mando es: cerebro, hígado, y ya lo último, las gónadas».

Abrió la ventanilla. Regresaban en la oscuridad de la noche hacia Palma en un Seat León con lunas tintadas que había visto aparcado en el patio amurallado.

Cuando subieron al coche, Mirtylo había aprovechado para pinchar la rueda del copiloto con su aguja de tejer, pero no tuvo tiempo de comprobar si había sido efectivo.

El apacible frescor nocturno le recordó que eran las cuatro de la madrugada del jueves.

Tenía noventa y dos horas para dar con Cordero, con el dinero u otra alternativa, y eso era si aceptaba las reglas del gran Ali —grande en tamaño, no en bondad— al pie de la letra.

Algo con lo que Mirtylo no podía contar.

Necesitaba pensar profundamente, pero era incapaz de concentrarse. Lo primero era librarse de la resaca y de aquellos canguros. Probó con un básico:

—Gracias por acercarme a Palma, chicos. Si me dejáis en la catedral, de ahí ya tiro solo.

—Que te den. El presidente ha dicho que no te quitemos el ojo de encima.

—¿También me vais a arropar antes de dormir? Ahora entiendo por qué os gusta tanto el cuero y las motos masculinas.

Hans, desde el asiento de atrás, le dio un capón. Mirtylo se sintió ultrajado, era la primera colleja que recibía desde su tierna infancia. Estos dos iban a ser pegajosos.

Se alejaban del Arenal por la autovía, con poco tráfico y mucho silencio; silencio que duró hasta que un ruido rítmico entró por la ventanilla, algo parecido a un calcetín solitario dando vueltas en la lavadora.

—¿Hemos pinchado? —soltó Hans, dándole otro capón a Mirtylo—. ¿Qué has hecho?

Mirtylo no respondió, planeaba seguir ayudándose de su ya fiel aguja de tejer y dejar a esos dos tirados. Se pararon en la cuneta. Hans salió a mirar, y entre maldiciones ordenó a Mirtylo que cambiara la rueda.

Mirtylo se preparó. Los músculos listos para saltar. La vista velándose de rojo. Abrió la puerta. Un reflejo.

—¡Espera! ¡No te muevas! —Bruto contradijo las instrucciones de su compañero.

Súbitamente una luz azul brillante se colocó detrás del Seat.

Era un cuatro por cuatro de la Guardia Civil de tráfico.

Mirtylo apagó el estado de alarma en el que se había sumido.

Sin hacer caso, salió del coche, suspiró intensamente y escondió la aguja.

Su cuerpo protestaba por la adrenalina que inútilmente había bombeado.

—Buenos días, compañeros —saludó Hans a los guardias mientras se llevaba una mano al chaleco.