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VENDIENDO LA PIEL DEL OSO

Habían estado en Deir El Aachayer al menos una decena de veces y ya les resultaba familiar, aburrido incluso, pero ahora que estaban de misión, lo encontraban cambiado.

La gente, ocupándose de sus asuntos, no lo hacía de manera natural, parecían disimular en vez de trabajar de verdad.

Incluso la chiquillería que correteaba y toqueteaba el polvoriento todoterreno con sus manitas pegajosas resultaba amenazante.

Las miradas eran furtivas, los dieciocho grados al sol resultaban fríos, y cuando las nubes grises velaban el gran reactor de helio en el cielo, las sombras apagaban el espíritu de Buzo y Stalin.

Cordero, que trajinaba ocupado, era inmune a esa mezcla de paranoia y melancolía .

El cabo fue a cerrar el trato con Yussuf.

Había estado en esa casa multitud de veces para las sesiones de recopilación de inteligencia, para practicar el árabe y porque le gustaba la compañía del patriarca.

Una vez más, volvía a disfrutar de la deferencia que mostraban aquellos anfitriones: asientos bajos, coloridas alfombras en las paredes, ese jardín amurallado con frutales, y una piscina de diseño a la cual se accedía por unas puertas blancas desde el salón.

El interior confortable contrastaba con la fachada, de estilo brutalista, hecha con un hormigón poco estético.

El alma de miliciano de Cordero no podía dejar de valorar el estricto orden y respeto que comandaba Yussuf en su extensa familia, y admiraba especialmente cómo el patriarca hacía trabajar constantemente a todos los miembros de la casa, desde los adultos a los más pequeños.

«Un gran teniente coronel se ha desperdiciado en este pueblo de pastores, incluso un coronel entero», pensaba el cabo.

«Si cubro lo que debo y me alejo de esas condenadas barajas, yo también podré retirarme a una pequeña finca en Sóller y llenarla de enanos serviciales y educados. Sí, no sería una mala jubilación».

Yussuf, tras el regateo de rigor en una mezcla entre árabe, francés y un inglés roto, les asignó a un familiar como guía.

El lazarillo tenía por nombre Nuam, se había prestado voluntario y el precio de su servicio era asequible.

Tal como Yussuf lo describió: Nuam era su sobrino favorito, un tipo resolutivo e inteligente, con una mente como un cuchillo recién afilado, excelente guía y mejor conductor, «una de las joyas de la familia», en palabras del viejo patriarca.

Por un momento Cordero pensó que se lo quería vender al peso, pero tales eran las costumbres locales.

De modo que agradeció la concesión del guía, el dulce café incitador de diabetes, y aún más el dulce árabe que lo acompañaba, hecho de pasta de pipas y miel, que picaba los dientes con solo mirarlo.

Tratar con Yussuf también garantizaba un paso tranquilo a la frontera con Siria.

Cuando Cordero salió de la casa, encontró a sus polluelos ya cambiados con ropa de calle, eso sí, conservaban las botas militares y se asomaban las camisetas marrones; una, bajo la sudadera con capucha de Buzo, y la otra, bajo la camisa de manga larga de Stalin.

Seguían teniendo un aspecto absolutamente militar, puede que porque llevaban los fusiles al hombro, pero a Cordero le valía. Necesitaban el camuflaje justo.

Según las indicaciones del cabo, dejaron las armas reglamentarias en el todoterreno, y este, a su vez, lo habían aparcado lejos de la vista de curiosos en un taller hecho de bloques de hormigón y acero corrugado, que era la fragua del pueblo.

Los AK tenían peor precisión que los fusiles de asalto HK, pero no destacaban, y para algo les había tenido practicando estos meses.

Nuam los tenía que llevar a Qalaat al-Jandal, un pueblecito a menos de una hora en coche.

De camino cruzarían la frontera, bordearían Damasco, recogerían toda la pila de bienes que habían dejado los arqueólogos, pues por alguna razón valoraban más la vida que su contribución a la ciencia, y finalmente desandarían los pasos para estar de vuelta a la hora de la comida.

Aquel plan les permitía tres o cuatro horas extra para imprevistos.

Pese a todo, el cabo, conocedor de la vida militar, había cogido raciones de campo.

No llevar comida era garantía de que las cosas se alargasen, sí o sí.

Además, llevaba una gran bolsa de viaje comprada en un bazar de Tiro, de marca Abbibas y con clara inspiración germana, cargada con múltiples útiles del tipo «mejor prevenir que curar».

«Esta mano es de las que promete y la estoy jugando de lujo», pensó el azaroso Cordero antes de sentarse de copiloto al lado de un sonriente Nuam.