Fortuna en Mallorca DEUDAS DE JUEGO
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DEUDAS DE JUEGO

Mirtylo se despertó sobresaltado. Había estado inconsciente un tiempo indefinido e intentó compensar ansiosamente la vulnerabilidad a la que permaneció expuesto, lanzando la típica lista de preguntas de autoevaluación tras despertar una larga noche: ¿dónde estoy?

, ¿quién es ese tipo que me mira?, ¿tengo mis dos riñones?

De repente se sintió zarandeado por la profesional de los placeres mundanos, conocida por Afrodita, mientras las respuestas aparecían pesadamente en su cabeza: estás en un burdel del Arenal; eso es tu reflejo, idiota; sí, pero te convendría hidratarlos con agua. Ah, y la noche no ha terminado.

Cuando vio que su cliente recuperaba la lucidez, Afrodita volvió a su actividad mundana de hacer punto:

—Te busca Alistair. Yo no le haría esperar.

Oye, ¿te gusta este color? —Afrodita le mostró una prenda indefinida que Mirtylo apreció, y movido por un instinto cleptómano, al rondar por la estancia se apropió de una aguja de punto que asomaba por la bolsa de la costurera, sin que esta se fijara—: Con clientes así, da gusto.

Mira, me ha dado tiempo a hacer tres líneas y a ponerme al día con mi libro. ¿De verdad te gusta el color?

Mirtylo se enjuagó la cara en un aseo contiguo y salió al recibidor a ponerse la ropa.

No le sorprendió que estuviese revuelta, se habían llevado la cartera.

Al fin y al cabo, estaba en territorio de Ali, y este imponía sus propias reglas; al menos le consolaba que el dinero seguía en la americana.

La honesta Afrodita no lo había ni tocado.

Sin terminar de comprender la lógica del grandullón, se vistió, y colocando discretamente la aguja de ocho centímetros en su manga, se preparó para tener una conversación seria mientras adornaba su rostro con una inocente y satisfecha sonrisa.

Alistair le esperaba en el salón conversando con dos hombres de mediana edad y aspecto de clientes asiduos.

En cuanto Mirtylo apareció, invitó a todo el mundo a irse mientras le indicaba que se sentase en un sofá.

Mirtylo lo ignoró y se acercó a la barra para servirse una copa que sujetó con la mano izquierda.

Dudaba que le fuera a salir gratis, notaba peligrar el peso que sentía en el bolsillo de la chaqueta.

—Gracias por tu hospitalidad, Alistair, pero un poco caro el servicio. Le pondré una estrella.

—Muy gracioso, buddy . Por cierto, ¿quién eres?

—Soy una persona cansada que se quiere ir a casa.

—¿Quién eres y por qué has venido a por mí?

—Lo tienes escrito en el permiso de conducir que me has quitado: Mirtylo Pons, natural de Palma.

Más allá de eso, quién soy es asunto mío.

Y no te persigo. Hasta hace ocho horas no sabía ni que existías.

Pensaba que Victoria me enviaba a ver a un ricachón con aficiones de urraca.

Si hubiese estado menos distraído con ella, habría hecho otros planes y me habría ahorrado el placer de conocerte.

Alistair lo escuchaba con atención, como antes de que empezaran a beber y fraternizar.

Mirtylo apretaba la aguja entre sus dedos sin dejar que el brazo transmitiese tensión.

Estaba preparado para saltar antes de que Ali se levantase o diese alguna señal a sus acólitos, que sin duda observaban la escena a través de videocámaras.

Todo se aceleraría en cuanto la acción empezara.

Mirtylo midió sus pasos, tenía que conseguir la tarjeta del ascensor del bolsillo de Ali, por si fuera necesario para bajar.

Aunque si se veía falto de tiempo o Ali aguantaba el primer golpe demasiado bien, podía arriesgarse e irse sin ella.

La cartera le daba igual, tenía documentos de repuesto.

Lo importante era salir del hotel y poner en marcha uno de sus planes de escape.

«Una lástima. Mirtylo Pons en Mallorca era una vida que le gustaba», pensó.

El instinto animal de Alistair sintió que no tenía el habitual control de la situación, que algo se le escapaba.

— Buddy —empezó en tono diplomático—, me has vendido algo que es mío.

—¿Qué? ¿Yo? Pero si soy un invitado modelo: he bebido lo que me has puesto, no he pedido nada de comer, te he escuchado, e incluso he apuntado al mear cuando otros son incapaces de hacerlo.

Mi comportamiento ha sido intachable. ¿Esto es porque no he querido esnifar esa porquería que te metes? Está claro que pudre el cerebro.

—La moneda —seguía en tono amable—. Te he estado observando.

¿Sabes?, podrías ser un fed que ha sacado algo de dinero del contribuyente para venir a pasar unas vacaciones a Europa y molestar.

Pero no lo pareces, por tus papeles, y tampoco has reaccionado a ninguna de mis historias sobre delitos federales.

Señaló a la documentación de Mirtylo que tenía desplegada justo delante, entre una selección de prensa económica y deportiva. Los titulares hablaban del auge de los criptoactivos y del fallecimiento de un conocido entrenador de boxeo.

—Ningún infiltrado tendría estos documentos —gruñó Ali rascándose los tatuajes de la calva—: carnet de conducir lituano, DNI español, permiso de caza y pesca, carnet de afiliación al partido regionalista y a la sociedad animalista… Demasiado imaginativo, buddy . Podría herirte ahora mismo.

«Si lo intentas, tendrás un picor bastante fuerte en el cráneo, pero por dentro», vaticinó Mirtylo, con una mano en el bolsillo y frialdad en la mirada .

—Alistair, confórmate con una cosa: moneda o dinero, que el exceso de apetito causa ardor de estómago.

—Esa moneda única es una deuda de juego. Resulta que un soldier boy que me debe una fortuna me la empeñó antes de tragársela. Así que has venido a mi casa a venderme lo mío, con dos cojones, buddy . ¿Cómo es que la tenías?

—Mira, la encontré en un sofá de segunda mano que me compré por internet.

—Todo era verdad en la frase de Mirtylo, no era una verdad útil pero habría pasado el polígrafo—.

Además, si es tuya, ¿cómo es que la he traído yo?

¿Cómo era eso de «la posesión como fundamento del derecho»?

Para ser tuya, que no la hayas tenido hasta hoy me parece bastante…

flojo, a no ser que me enseñes el contrato, en cuyo caso estaría asegurada, ya habrías reclamado la póliza y no estaría perdiendo mi tiempo aquí contigo.

—Aquí está —dijo Alistair enseñando con burla el brillante objeto de la discordia—. Quien tiene la fuerza tiene la razón. Pero seré razonable, buddy . Esta moneda no es todo lo que quiero, es solo el aperitivo. Quiero a quien me engañó.

Mirtylo sabía que negociar era inútil. Le iban a cargar un muerto, y mientras estuviese al alcance de los puños de Alistair, no tenía más opción que aceptar. Una vez fuera del burdel, ya se escabulliría:

—Entonces… ¿Qué quieres, que te encuentre a ese tipo? Estará en el fondo de alguna cuneta o de parranda por Europa. ¿Cómo se llama, a todo esto?

—No ha salido de la isla. Eso lo sé, y tú tampoco podrás salir, créeme. Se llama Cordero.

A Mirtylo se le secó la garganta. Recordaba haber visto el nombre de aquel descarriado en su adquisición inmobiliaria. Alistair, con sus diminutas pupilas, seguía vigilándole.

—El soldier boy ese me debía cuatrocientos mil, quitando la parte de Victoria…, tú ya has cubierto la mitad. Ahora me faltan otros doscientos. Así que me traes al soldadito o cu bres lo que queda, me da igual el resto. Tienes, digamos, hasta el domingo.

—¿Y si… y si por ejemplo digo que no y lo dejamos ahí? —resolvió Mirtylo.

Alistair se río sin humor, se levantó y con un rápido movimiento le propinó un derechazo en el hígado. La aguja de coser asomó por la manga de Mirtylo. No habría un segundo golpe.

—Me caes bien, muchacho, pero sí no cumples, acabarás en el fondo del mar. —Con delicadeza, Alistair extrajo los billetes del bolsillo de Mirtylo—. Ya verás que soy un boss duro pero justo. Bruto y Hans te ayudarán con el trabajito.

Dos jóvenes enfundados en chalecos de motorista con Palma Chapter bordado en la espalda se llevaron a Mirtylo, mientras la voz de Alistair resonaba:

—¡Hasta el domingo, buddy , hasta el domingo!