Fortuna en Mallorca DE PROFESIONES ANTIGUAS
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DE PROFESIONES ANTIGUAS

Pese a los efluvios del vino, Mirtylo se ubicó rápidamente: se hallaba en el patio interior que conectaba la parte trasera de los locales que conformaban la manzana y que se usaba de almacén comunal y aparcamiento.

El patio estaba parcialmente techado, y las zonas abiertas se habían cubierto con redes de camuflaje; algo fuera de lugar en una playa española, pero muy conveniente para evitar miradas indiscretas.

Nada más cerrar el trato, Alistair resultó ser un colega agradable.

Primero compartió múltiples anécdotas ligeramente criminales de la vida en California tras dejar la Marina, y luego se explayó en exceso sobre el universo de las motos, pero era excusable: el mundo de dos ruedas daba forma a su personalidad por completo.

Alistair usaba ágilmente su club de moteros como punto de encuentro para los cincuentones de la isla que querían compensar su decreciente nivel de testosterona con mecánica y fiestas.

Además, resultó que tenían conocidos en común en el Consejo Insular.

Hasta ahora los círculos sociales de ambos habían sido concéntricos, sin cruzarse, aunque compartieran el mismo núcleo.

—Se me hace tarde, Ali. Me retiro. Quedemos a comer la semana que viene, si quieres, pero no insistas en lo de las motos. No me interesa ser donante de órganos.

—Espera, que ahora viene lo mejor. Mi joya de la corona, la exposición. Te gustará, Mirty, ya verás. Un buen cierre al día. ¿Te molan las tías o lo otro? Te consigo lo que quieras.

Alistair guio a su invitado a través del patio, entre coches aparcados y cajas de botellas vacías, barriles de cerveza, jaulas de acero y cartones variados, y llegó a lo que debía de ser la puerta trasera del hotel, que abrió con un código electrónico.

De ahí al lobby, y de ahí al ascensor, donde acercó una tarjeta magnética que los subió a la sexta planta.

Cuando las puertas se abrieron encontraron una sala con paredes pintadas de un rojo pasión. De repente, los anodinos cuadros del lobby eran remplazados por portadas de revistas porno enmarcadas.

—¿Qué te parece? —sonrió Ali con visible orgullo—. Las revistas las seleccioné yo mismo. Esa Hustler es mi favorita. Un sitio elegante, ¿verdad?

—Muy bonito, pero ¿qué hacemos aquí? Prefiero métodos menos… transaccionales.

—Oh, no te preocupes. Invito yo, buddy , tengo género fino, nada de Corea. Pero ¿dónde están mis chicas? —Dio unas palmas al aire—. ¡Vamos, que salgan todas !

Mirtylo volvió a intentar excusarse: que el día había sido largo; que ahora mismo necesitaba volver a casa y dormir…

Alistair le puso otra vez una zarpa en el hombro y le dio a entender que la fiesta terminaba cuando a él le parecía.

De hecho, sus afiladas pupilas no se tranquilizaron hasta que Mirtylo se encontró tendido en calzoncillos en una de las habitaciones privadas, notando que había perdido el control de aquella tarde.

—Llámame Afrodita, cariño, y tu hoy vas a ser King Kong. ¿Qué es lo que te gusta, guapo?

La profesional voz de Afrodita le sacó de su ensimismamiento.

No era especialmente guapa ni sexy, al menos no de la manera en la que estaba acostumbrado, aunque sus atributos físicos eran irreprochables bajo aquel complejo corsé con fantasía de volantes en el que estaba ataviada.

Mirtylo observó de reojo la antesala donde había quedado su ropa y el botín, y comprobó que la ventana apenas se abría un palmo, sin ofrecer margen de escapatoria.

Afrodita, viendo que un cliente importante para su patrón se mostraba reticente, redobló sus esfuerzos profesionales con una pizca de irritación.

Él lo captó y decidió reconducir la situación, evitando las manos que lo buscaban.

—Verás, Afrodita, te parecerá extraño y no sé cómo decírtelo, pero…

—Sí, fortachón… Dime lo que tú quieras, que yo te lo daré todo. ¿Sabes? El presidente me ha dicho que te cuide, aunque para las cosas especiales hay recargo. ¿Quieres que te pegue, eh? Solo tengo que ir a por mí fusta, que la manicura es nueva y no quiero estropearla.

—Muy bonitas tus uñas. No. Es más simple que todo eso. Verás, lo que de verdad me haría muy feliz es un masaje en la espalda —salió del paso Mirtylo.

La contrariedad se dibujó en el rostro de aquella diosa griega, pero rápidamente lo cambió por relajación, y con gran pragmatismo profesional entendió que esa petición era mejor que ofrecer lo habitual, y además ella cobraría igual.

Mirtylo se tumbó bocarriba, dando gracias al cielo por haberle bendecido con sencillez respecto a sus intereses carnales, pero rápidamente se tuvo que dar la vuelta.

Además, no quería verse reflejado en el espejo del techo, que distorsionaba la ya de por sí surrealista situación.

La patrona de la sensualidad tenía las manos fuertes, y como había sido un día largo y lleno de eventos, enseguida cayó dormido. Pensó en Victoria justo antes de entrar en el mundo onírico.