Fortuna en Mallorca HUMINT
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Ya sobre el terreno, el cabo Cordero pasó de la teoría a la práctica.

Lo primero que hizo fue meter de voluntarios a sus chicos, que protestaron confusos, y a él mismo en la impopular, por aburrida, tarea de patrullar el también aburrido pueblo de Dier El Aachayerr, que la misión española financiaba y donde colaboraba, con apoyo, en la ampliación de un colegio local.

El pueblo de «El Hacha», como lo apodaban los soldados españoles, estaba compuesto por un templo romano rodeado de unas trescientas casas hechas de bloques de hormigón, campos pedregosos hasta donde alcanzaba la vista, y no pocas ovejas.

El veterano soldado se dedicó a ir a tomar café a la casa del cacique local, Yussuf, un anciano de amables ojos castaños con sorprendentemente buena dentadura y envuelto en una chaqueta igual de ajada que él.

Buzo y Stalin se quejaban mientras cargaban los sacos de cemento; aquel, el segundo mes de voluntariado, habría hecho cualquier cosa con tal de librarse de pasar otra jornada rodeados de ovejas.

Para entretenerles, Cordero consiguió de los locales unos fusiles Kalashnikov de quinta mano que la tropa se dedicaba a disparar con gusto en las pedregosas laderas, organizando competiciones de tiro con la juventud local.

Mientras tanto, Cordero seguía con cafés fuertes, tés dulzones, y conversaciones con Yussuf.

Los meses transcurrían en una calma tensa.

Los vecinos cascos azules nepalíes habían perdido a un hombre en un fuego cruzado entre milicias.

Pasada la primera impresión de estar en el extranjero, la base Miguel de Cervantes era igual que cualquier otra base española, y el servicio fluía rutinariamente.

Hubo dos visitas culturales, una a Beirut y otra a Tiro, donde, para sorpresa de sus chicos, Cordero había comprado una gran cantidad de suvenires y dos arcones pesados que tenían que ser transportados entre todos.

Cuando ya solo quedaba un mes para volver a Palma, los tres soldados se reunieron en una cantina subvencionada por el ejército. Tras darles una paliza en el tatami, y asegurándose de que se habían tomado un par de cervezas, Cordero empezó una sesión informativa con la unidad:

—Tropa, ¿qué os está pareciendo la misión? ¿Os sentís ya héroes de la patria?

—Esto es un peñazo, mi cabo. Solo hacemos que vigilar rocas y ganado —respondió Buzo, al que se le había aireado el poco romanticismo militar que quedaba en su joven cabeza—.

Lo cierto es que me siento como una compresa puesta aquí para que los israelíes y los locales no se den de palos, y aun así, lo hacen por encima de nuestras cabezas.

—Aquí empieza a hacer frío —añadió Stalin más calmado—, y estoy harto de la carrera continua, pero no me voy a quejar. He conocido un país nuevo, le hemos dado caña a el Fifa, y las hamburguesas de los jueves no están mal. Y al final, queráis o no, volvemos a casa con algo de plata.

—Es poco dinero, y no siento que estemos en la cresta de la ola, la verdad. Además, el nuevo teniente es un patán, está más verde que una lima. ¿Cómo es que se ha quedado aquí, mi cabo? Usted le da mil vueltas.

—Haced caso a este viejo soldado: para mí esta es la última misión de muchas, y con la mano en el corazón, no está tan mal.

Vosotros al menos aún conserváis las rodillas, las mías están en las últimas después de tantas panzadas por los eriales.

Además, de cabo se está bien. Más arriba sólo es política; soy demasiado honesto para las alturas.

—¿Quiere decir que esto es lo que nos espera, mi cabo? Hoy suena a quemado. —Buzo se veía reflejado en su superior, y no le gustaba el futuro que le mostraba.

Percibiendo a sus polluelos alicaídos y notando el terreno propicio, Cordero decidió sacar la artillería pesada:

—Os voy a proponer una misión para salir de esta rueda. Estáis a punto de vivir una aventura que contar a los nietos que tenéis nadando ahora mismo en los cojones.

—¿A qué te refieres, cabo? Todo menos ser traficante. He venido demasiado lejos para lo que podría estar haciendo en Medellín —bromeó Stalin.

—¿Es algo… seguro? —indagó Buzo con cautela; se le habían contagiado las dudas de Stalin.

—¿Seguro? ¿Entraste en la milicia para estar seguro o para ser un hombre?

¡Cállate! Vamos a ver: ¿os acordáis de las antiguallas?

Lo hablamos antes de venir. Pues papá Cordero tiene un plan, pero si os lo cuento estáis dentro, ¿entendido?

La otra alternativa es iros a la calle a los cuarenta y cinco años, pelearos por una oposición a guardia civil, y seguir con la vida de cuartel persiguiendo ladrones de aceituna por el monte.

Si ese es vuestro plan, os levantáis de la mesa ya. No os juzgaré por falta de hombría .

Los dos soldados se miraron mientras Cordero esperaba tranquilo.

Sabía que jugaba una buena mano. Buzo abrió la boca para protestar, pero se encontró con una mueca de curiosidad por parte de Stalin y, temeroso de quedar excluido, se calló.

Los tres se quedaron en silencio, apretaron las ya tibias cervezas y acercaron las cabezas al centro.

Cordero miró alrededor, nadie les prestaba atención:

—¡Grandes, mis polluelos! No esperaba menos de mi tropa —susurró—.

Pues bien, mientras vosotros os dedicabais al onanismo y a la maquinita como adolescentes, papá Cordero ha ido preparando el terreno -—inspiró—: Aquí, a unos cien kilómetros, tenemos una excavación arqueológica abandonada, y hay piezas esperándonos.

Catalogadas, limpitas y empacadas. Solo tenemos que acercarnos y recogerlas.

Media jornada de trabajo y estaremos nadando en la opulencia.

Capitanes generales los tres, hasta el fin de nuestros días.

—¿Dónde? ¿Cuándo?

—En El Hacha. Mañana es el día.