Fortuna en Mallorca PALMA MC
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PALMA MC

Cuando el esqueleto se volvió a mover, Mirtylo comprendió lo que pasaba: estaba mirando la parte trasera de un enorme cráneo afeitado y tatuado.

Lo que mantenía su contacto visual era el dibujo de un siniestro rostro de tinta a tamaño real: un cráneo unido sin transición ninguna a unos hombros de buey enfundados en un chaleco de cuero .

«Seguramente sea el portero del pub o de algún local de al lado. Mejor evitarlo», pensó Mirtylo y se dirigió al larguirucho camarero que ya se le había acercado:

—Busco a Ali.

—¿Quién pregunta?

—Me está esperando —respondió asertivo.

Después de examinar al recién llegado de arriba abajo, el camarero se encogió de hombros, gesto muy expansivo en su caso, y señaló hacia la esquina con indiferencia.

Mirtylo no necesitó girarse para saber que le estaba indicando a la mole calva.

«Seguro que Victoria se estará riendo en su polvoriento refugio » , y se encaminó hacia Ali con una sonrisa y talante inocentes, notando cómo el peso de la moneda tiraba de él.

—Vengo a ver a Ali.

Dos diminutas pupilas se le clavaron. Estaban plantadas en una cara seria y totalmente afeitada. La calva reflejaba la luz verdosa de la publicidad de cerveza. Mirtylo añadió contexto:

—Es sobre una antigüedad, una moneda de esas que son y hacen historia.

Mirtylo usaba su voz de vendedor de ungüentos. La sonrisa se mantenía firme, al igual que la mirada, pero no se sentó ni extendió la mano hacia la mole. Tras una pesada pausa, recibió una pesada respuesta:

—¿Quién de fuck te ha dado permiso para llamarme así?

«Empezamos fuerte, un test. Puedo irme ahora y olvidarme. Puedo…», elucubró pero no hizo nada. Se tomó también su propia pausa y aguantó la mirada.

—Victoria me ha dicho que aquí hay un comprador para una moneda única, pero supongo que no es así.

Las manos del gigantón, también tatuadas, descansaban sobre la mesa, unas palas sobredimensionadas compuestas por salchichas rosas sin rastro de los nudillos.

Lo que sí se veía era unos viejos tatuajes de tinta azulada: hold y fast , con cada letra ocupando un dedo.

Las palabras contrastaban con el negro brillante y nítido de los antebrazos, donde a modo de pulsera había una hilera de runas tatuadas en las que Mirtylo apenas reconoció el doble rayo de las SS acompañado por lo que parecían unas flechas.

«Un marino amante del misticismo humanista.

Me preguntó si también tendrá a Bob Esponja tatuado en alguna parte».

El tamaño de las manos le sugirió que era prudente callar esas observaciones.

Las salchichas se tensaron un momento, pero fue pasajero, y volvieron a su postura relajada, confirmada por una carcajada:

—Esa Victoria… sweetie pie, un trozo de tarta dulce, muy dulce.

Más cerrada que una ostra, eso sí. Haría falta un buen cuchillo para abrirla.

Honest to God , he gastado más dinero del que te puedes imaginar en antiguallas, y nada.

No me acepta ni una fiesta. Sí, le he dicho que te pasaras por aquí.

—El tatuado al que no le gustaba que le llamaran Ali, alargó una manaza y Mirtylo respondió al saludo—: Alistair.

Y tú Mirtylo, ¿verdad? Buen apretón, buddy .

Tienes eso a tu favor. Estoy harto de apretones de mano flojos.

No me fío de un hombre blandengue. Pero tú me gustas.

Vamos al despacho y hablamos con menos gente escuchando, ya me entiendes.

Gruñó al levantarse para salir del asiento tras la mesa, mientras indicaba a Mirtylo que lo siguiera.

Abrió una puerta frente a los lavabos, donde una escalera subía a una diminuta segunda planta donde se ubicaba el despacho del jefe, es decir, del propio Ali.

Se trataba de un espacio con decoración industrial, una pequeña barra de bar y una gran bandera con un cráneo alado con Palma Chapter escrito en ella.

Alistair se colocó tras la barra, señalando a Mirtylo dónde sentarse:

—¿Qué te pongo, buddy ? ¿Una agüita con hielo y limón? ¿Una tónica tal vez? Oh, ya lo sé, una cerveza .

—No bebo cerveza, gracias. —Con esa frase Mirtylo empezaba la habitual pantomima: buscó en el bolsillo, sacó el estuche para puros y se metió uno en la boca, dejando el contenedor de piel en la barra y haciendo su parte para ganar terreno.

Estas parsimoniosas acciones le daban tiempo para observar el entorno y las botellas—: Tomaré un Tito’s con hielo.

—¡Tito’s! Me sorprendes, es mi bebida también.

De hombres de verdad. Es lo que toman los malditos ruskis .

Como todo, nosotros lo hacemos mejor, ¿verdad?

Te acompañaré tomando un trago. El día ya no da para más, al menos para la gente decente, como tú y yo.

Oye, ese nombre… Mirtylo, no me suena de aquí.

—Pons sí te sonará. Es que tenía unos padres originales. Ali tampoco es muy habitual. ¿También se metían contigo en el colegio?

—No mucho, al menos nadie lo hacía dos veces —sonrió Alistair frotándose las manos—. Es de ascendencia escocesa, como yo, con un dieciseisavo comanche, mezclado en Texas.

—De Texas a Palma hay un trecho —opinó vacíamente Mirtylo.

—Todo está cerca para la gran marina americana. Ocho años navegando los mares y saltando dientes en el todopoderoso USS George Washington. Dos veces campeón de boxeo amateur, demasiado agresivo para los pros … Justo lo necesario para la Navy . ¿Tú serviste?

—Lo siento, no he tenido ocasión de gozar de la camaradería, las duchas en grupo y todo eso.

—¡ Fuck that shit! Órdenes constantes. Me alisté un par de años antes del 9/11.

Era un sitio cómodo para ver el mundo, pero luego todo se fue a la mierda —se lamentó rascándose donde la gente suele tener el cuello, apuró el vodka de golpe y extendió una manaza a Mirtylo—: Ahora que el aperitivo ha terminado, al negocio. A ver, enséñame lo que traes .

—No me das la impresión de ser un gran aficionado a la numismática. ¿Va a ser un cheque o tienes los trescientos aquí? —indagó Mirtylo, que se mantenía a cierta distancia de su anfitrión.

—Eran doscientos cincuenta mil, listillo. Y sí, los tengo aquí. A ver la moneda y cerramos.

Alistair le rellenó la copa a Mirtylo innecesariamente, el vaso rebosaba. Con un apretón de su zarpa, el motero convirtió un enorme hielo en picadillo acuoso que desbordó el líquido transparente.

Mirtylo captó la poco sutil alternativa a hacer negocios con Ali; era demasiado tarde para retirarse. La mole tatuada continuó hablando:

—Me gustas, Mirtylo, aunque me bebes poco. Y la gente a la que tengo que repetir las cosas deja enseguida de gustarme. C’mon , buddy .

Mirtylo sacó la moneda del bolsillo y la exhibió a cierta distancia. Mientras, con la otra mano buscaba el vaso de vodka por si necesitaba usarlo antes de huir. Alistair observaba con atención, pero no accionó las manazas, sus músculos parecían relajados.

—No me dice nada, pero según Victoria, vale bastante. Confío en esa ratoncita de biblioteca cuando me dice que voy a ganar un buen dinero.

Ali se dobló tras la barra y abrió una nevera de Coca-Cola de color rojo esmaltado; dentro había una caja fuerte. El cráneo tatuado vigilaba con ojos negros al señor Pons mientras Alistair rebuscaba y resoplaba.

El grandullón sacó un fajo de billetes, rompió con los dientes el precinto exterior y extendió a Mirtylo la mitad. Olían a nuevo y llevaban bandas del Banco de España. Ahí estaban: doscientos cincuenta mil euros en billetes de quinientos, en un cómodo bloque que pesaba poco más de medio kilo .

—Conveniente. Creo que los llamáis «Bin Ladens», ¿no? Si me tocas los cojones, terminarás como él, en el fondo del mar. Ahora, la moneda.

Mirtylo contó los billetes rápidamente mientras no apartaba los ojos de ellos, confiando tanto en el tacto como en la vista, y le lanzó la moneda al anfitrión.

—Una grandísima compra, don Alistair, y todo un placer conocerle. Un local precioso, muy bueno todo. Adiós. —Se despidió iniciando una rápida retirada hacia la puerta, pero Alistair, más ágil de lo que se podía esperar, le bloqueó rápido el paso con una mano en el hombro.

—Oh, no, Mirtylo. Ahora somos más que familia. Somos socios, buddy —sonrió de forma idéntica a la calavera tatuada—: una compra así merece que lo celebremos.