PUB UNIVERSAL
La dirección que Victoria dio a Mirtylo era del Arenal, una de las localidades que se extienden a lo largo de la interminable playa de arena blanca bordeando la bahía de Palma hacia el este.
El progreso había convertido los pueblecitos de pescadores en kilómetros y kilómetros de hoteles, pisos, bares y turistas bermellones.
No era un área que él frecuentara. Prefería zonas más glamurosas de la isla, pero hoy era una excepción.
Movido por un ímpetu que en ocasiones le dominaba, cogió un taxi que le dejó en el paseo marítimo del Arenal, donde se encontró de frente con un pub.
Volvió a comprobar la nota escrita con la artística caligrafía de Victoria: el número coincidía con ese, lo cual no tenía mucho sentido.
¿Un bar? Decidió dar una vuelta a la manzana.
El pub, que parecía próspero, estaba flanqueado por un estudio de tatuajes, un estanco y un pequeño local de suvenires y camisetas, todos ubicados en el frontal de cara al mar.
No se veía ningún otro portal que pudiese dar acceso a una zona de pisos u oficinas.
Mirtylo se adentró en la calle que le quedaba a la derecha, donde una tienda de CBD, un cannabinoide no psicotrópico, sobrevivía en la franja gris de la legalidad española.
Tras la tienda para los amantes de la relajación vegetal había un diminuto locutorio y otro bar, más viejo que el anterior.
El siguiente local por la calle lateral era un grasiento taller que se estaba preparando para cerrar, con un par de motos grandes aparcadas en el vado: dos Harley-Davidson serigrafiadas con motivos mortuorios, y una Honda, que al lado del pesado y brillante cromo de las Harleys parecía un juguete infantil de plástico.
«Deben de ser especialistas», pensó Mirtylo, «seguro que el salitre ayuda a que los clientes necesiten repetir a menudo. Creo que al final la dirección será el antro de delante».
Aun así, decidió acabar la vuelta de reconocimiento; era bueno saber si existían posibles escapatorias a su cita, en especial cuando se preparaba para salir con un jugoso cheque.
Doblando la esquina y encontrándose en la calle paralela al paseo marítimo, llamada carrer Salut, se topó con un poco hospitalario muro de unos cuatro metros de altura en el que la única abertura era una puerta de garaje a cielo abierto.
El muro estaba coronado con el arcaico método de trocitos variopintos de cristal de botellas rotas.
Un par de modernas cámaras apuntaban a su perímetro.
Vio un cartel de alarma colgado cerca de la entrada; tenía que acordarse de pasar de nuevo por aquí una vez cerrara el trato.
Se lo podría llevar de propina para completar el día y colgarlo en el piso nuevo.
Otro giro: un hotelito, discreto y anticuado, pintado de blanco y azul marino, le recibió con ventanales opacos.
El hotel, más alto que los otros edificios de la manzana, contaba con seis plantas.
De aspecto deshabitado, no pertenecía a ninguna de las grandes cadenas que se extendían por la isla.
Mirtylo volvió al paseo y entró en el pub, pensando que aquella manzana era un pequeño y ordenado microcosmos de todo lo que se necesita para unas buenas vacaciones: alcohol, tabaco, drogas, y si eres lo suficientemente afortunado para enganchar a un alma afín, podías incluir a la lista sexo en aquel hotelito tan convenientemente ubicado.
La puerta del local estaba rotulada con un búho de alas extendidas, una llave en las garras y un casco de moto.
Una vez dentro, el ambiente era pesado: madera oscura, eterna penumbra, pantallas de televisión retransmitiendo deportes, y la variada parafernalia de cualquier pub de inspiración irlandesa.
El olor característico de los antros de ese tipo también estaba presente, lo cual no dejó de sorprender a Mirtylo, ya que se encontraban en medio de una ventilada playa.
Pese a su lúgubre aspecto, el local estaba lleno de turistas corrientes y molientes que buscan cerveza barata y mar.
Un movimiento llamó su atención: una siniestra calavera que le miraba directamente a los ojos.
No era una persona delgada, ni una cara desfigurada; era literalmente un engendro del averno que se sentaba en una mesa del fondo.
Al mudarse a la isla, Mirtylo leyó en una guía que el diablo había hecho su aparición en Palma un par de veces, y ahora sus propios ojos confirmaban el folclore local .