MERCADO DE ARTE
—Curiosa figura. Muy femenina. —Mirtylo señaló la estatua que había apreciado desde la calle.
—¿La conoce? Es una de las llamadas Venus paleolíticas. Esta en particular viene del área del mar Negro. Tiene unos quince mil años. Una jovencita. —La chica admiraba la pieza con genuino aprecio mientras recorría las curvas con los dedos, sin tocarla.
—Le pega el nombre. Desde luego, las formas generosas destacan. El caso es que de alguna manera me hace pensar en ofrecerle una buena comida, en vez de llevarla a la cama.
—Es curioso que lo diga. Canónicamente se han considerado símbolos de fertilidad, pero las últimas teorías sugieren que eran amuletos contra la hambruna: cuanto más cerca estaba el escultor de una glaciación, más obesas las hacía.
-—La experta añadió con una sonrisa—: Es solo una teoría, pero a mí me parece verídica.
Me gusta pensar que sería una buena compañía en una noche fría de invierno.
Pero dígame, ¿en qué puedo ayudarle? ¿Busca algo en concreto?
—Al contrario: buscaba vender. Me han dado su referencia para una moneda.
—Ah. —El tono y la pose de la joven cambiaron, pasando del coqueteo profesional con un posible comprador adinerado, a una desenfadada cercanía—: ¿Entonces, eres el neófito que ha hablado con papá? No tienes el aspecto de pardillo que me ha descrito por teléfono.
—Vaya, no he reconocido el parentesco, supongo que por la ausencia de barba.
—Suficiente charleta. Enséñame ese áureo, confío en mi padre cuando dice que algo es digno de ver.
Mirtylo extendió la moneda que el numismático había protegido con un sobre transparente, y se alegró de que el hombre hubiese encontrado tiempo para actividades más mundanas que no fuera el coleccionismo obsesivo de medios de pago.
—Un ejemplar fabuloso y extremadamente raro, como ya te habrá dicho papá. Eso sí, será complicada de mover. Aunque, si alguien puede, esa soy yo. ¿Seguro que la quieres dejar marchar?
—Totalmente. No tengo genes de ardilla, y no hago acopio de nueces de ningún tipo.
—¡Oh, un minimalista! Qué aburrido, aunque hay cosas peores. Alguna tara tendrás. Supongo que no hay papeles, ¿verdad? ¿Algo sobre una herencia de tu tía abuela…? ¿Has intentado mover esto antes, o soy la primera afortunada? Oye, esa tía abuela ya estará enterrada, ¿no? No quiero problemas legales.
—La primera primerísima. Y mi tío está tan momia que podrías venderlo. —La risa clara y fresca de la joven sonó disonante entre aquellas antigüedades, y Mirtylo se esforzó en centrarse en su objetivo—: No nos hemos presentado. Mirtylo Pons, coleccionista fugaz. Encantado.
—Victoria —extendió una mano—. No te preocupes, Mirty.
Te ayudaré a volver a tu aburrido mundo moderno.
Respecto a nuestro áureo, un precio de seis cifras debería ser razonable.
Todo depende de la prisa que tengas. Ah, y nosotros nos quedamos un veinte por ciento del valor de la venta, descontando el IVA .
Mirtylo se relajó al notar que entraban en lo comercial, aunque captó el tratamiento de pardillo . Aun así, decidió hacer de su debilidad una virtud, cumplir sus propios objetivos y no tentar a los dioses de la fortuna patrimonial:
—De acuerdo, tendré que confiar en los profesionales.
Estoy dispuesto a partir con la moneda, pese a todo el valor sentimental que le tengo por ser de mi tío favorito.
Creo que debe tenerla alguien que la aprecie de verdad.
No pienso negociar vuestra comisión, no sé del tema.
—Ella no pudo evitar sonreír al escuchar que el negocio iba a ser igual de rápido que lucrativo—.
Pero como lo de las seis cifras es algo muy abierto, estoy dispuesto a pagar tu comisión si el precio supera el cuarto de millón de euros.
Por debajo de esa cantidad os pagaré un fijo de diez mil, y podréis cobrar el resto al comprador.
Si todo nos va de perlas, como grandes profesionales que sois, y superáis los trescientos mil, me comprometo a gastarme, aparte del veinte, otro diez adicional en objetos de vuestra preciosa tienda.
O como alternativa, estoy dispuesto a venderos la moneda directamente por ciento cincuenta mil en efectivo, y olvidamos completamente el tema de las compensaciones.
—La sonrisa de la joven fue sustituida por un gesto concentrado.
Mirtylo la veía calcular: los detalles, porcentajes, cifras…
mezclados en torrente con la aparente falta de confrontación, surtían su efecto.
Mirtylo prosiguió—: ¿Te suena irrazonable?
Después de hablar con tu padre he hecho un par de llamadas durante la comida, y me dicen que hay un gran interés por la moneda a las orillas del Támesis.
Me esperan el lunes. Hay un pub en Bloomsbury Street, justo en la esquina con el Museo Británico, que me encanta.
¿Te gusta Londres? Hay mercado para todo, desde isótopos radiactivos a ornitorrincos disecados.
Victoria frunció el ceño, apretó los labios y con una sonrisa divertida respondió :
—Eres un fenicio, pero te pasas de listo. El lunes que viene es festivo en Albión, no te atenderá nadie, y además no te recomiendo pasar esta chuchería por la aduana.
Victoria le acababa de pillar una flagrante mentira, pero él no se dio por aludido y decidió dar otro empujón a la negociación:
—Aun a malas, puedo tirar de mis amiguitos de Hacienda y cubrir ciertas deudas que tengo con el fisco. Al fin y al cabo, heredar es más caro de lo que la gente cree.
—Cuidado con eso, Mirty. He ayudado a clientes a gestionar deudas tributarias, y el papeleo es la clave. Deja de marear y hablemos en serio, que aquí estamos por la pasta.
—Vaya, pensaba que por amor al arte. —La pinchó socarronamente, buscando poner tierra por medio a sus mentiras no del todo afortunadas.
Victoria le dedicó una mirada cargada de cinismo, aunque no exenta de diversión:
—Confío en que podamos obtener tus doscientos cincuenta. Más sería complicado, y no se lo recomendaría a la otra parte.
Mirtylo aflojó. Todo le iba de cara, y ella mantenía el tipo. Hablaba con confianza y con el ceño fruncido, gesto que en opinión de Mirtylo no la desmejoraba para nada.
—En tal caso, Victoria, pronto brindaremos a la salud del futuro dueño de esta pieza única. Y repetiremos en unos años cuando salga por millones a subasta.
—¡Eso es, Mirty! Perdóname unos minutos, necesito hacer unas llamadas.
Mirtylo paseó tranquilamente entre antigüedades manteniendo un ojo en la entrada y otro en Victoria, a quien observaba hablando por un antiguo teléfono al fondo de la trastienda.
Ante sus narices se paseaba una ecléctica colección de simpáticas estatuas de Botero, un hierro de aspecto siniestro que su cartel anunciaba como espada íbera, unos cuantos Mirós, Tàpies…
Todos aquellos objetos estaban destinados a ocupar espacio en las casas ricas de la isla buscando hacer más interesantes a sus dueños.
Victoria regresó, pero su cara, sonriente antes de la llamada, se había nublado y los reflejos rojizos de su pelo parecían más encarnados.
—El comprador te verá hoy. Aquí tienes los detalles. Y oye, si Ali te invita a una copa… Bueno, decide tú, eres mayorcito.
—Ali. Ese nombre me lleva al misterioso Oriente. ¿Me lo encontraré con turbante y babuchas?
—Parece que tienes un sexto sentido. Suerte, Mirty.