ERMITAÑO SOCIAL
Mirtylo se internó en el corazón comercial de Palma.
Andaba rápido y respiraba profundamente, buscando que la sangre abandonase su cartera y retornara a su cabeza.
Había mostrado una ansiedad demasiado avara con el numismático y no podía repetir esos errores con un potencial comprador.
Saltándose pasos de peatones y esquivando a viandantes perezosos, recorrió los soportales de la calle Jaume III y entró en El Corte Inglés.
A su espalda había algo de follón, pero lo ignoró y recorrió los laberínticos grandes almacenes hasta la cafetería .
Con una copa fresca de espumoso Brut Nature de la vecina Cataluña y un café, recuperó el control de sus células grises.
Así pues, organizó ideas, hizo números en una servilleta y se sintió preparado para el siguiente envite, dejando en la barra el billete de veinte euros de Cordero sin esperar el cambio.
—Lo que llega fácil, se va fácil.
Recordando sus tiernos años de formación, decidió salir por una puerta diferente a la que había usado para entrar, y a unas pocas manzanas se encontró contemplando el recargado escaparate de la tienda de antigüedades, adonde le había enviado el numismático.
En el cartel ponía que abrían a las cuatro, aún era temprano, pero percibir movimiento tras el escaparate atrajo su atención.
Una chica morena le daba la espalda. La observó con interés.
Lucía un pelo oscuro con toques rojizos arreglado en una melena sutilmente rizada que le llegaba a los hombros.
La chica cambió de postura y Mirtylo pudo observar que los ojos castaños de la desconocida estaban absortos colocando una tosca figura de arcilla, cómicamente voluptuosa, que transmitía esencia femenina.
«Parece una de esas raperas norteamericanas que se están poniendo de moda», pensó.
Se notaba que la estatua, y probablemente su modelo, no estaban acostumbradas a pasar hambre, pero no se podía decir lo mismo de la anticuaria, a la cual se le marcaban los pómulos.
En su gesto concentrado había algo de galgo, similitud que se extendía a las piernas y esbelta figura, que destacaba en unos ajustados vaqueros claros y un jersey blanco con rayas azules horizontales.
—Suficiente de hacer el voyeur —se dijo Mirtylo.
Golpeó el cristal con los nudillos y dibujó una gran sonrisa en el rostro, sonrisa que buscaba una reacción espejo en la joven .
Ella, prestándole atención, apoyó la figura sobre un pedestal, y a la indicación de Mirtylo de que la puerta estaba cerrada, la joven respondió con señas que pasara.
Las palabras del cartel no concordaban con la realidad, porque la puerta se abrió ante un suave empujón de Mirtylo, que se adentró en la recargada tienda.