OSINT
El cabo Cordero, guiado por el lema militar de «¡Adelante, siempre adelante!
», no dejó que la idea de los expolios arqueológicos se evaporara en la barra del bar.
Y recopilando información de fuentes abiertas, se dedicó a navegar, a husmear, a preguntar, y no paró hasta que se encontró de oyente en una ponencia organizada por algo llamado Instituto Bíblico Arqueológico.
Tras aguantar con entereza la soporífera charla, se lanzó a por el ponente octogenario, el cual, feliz de suscitar interés en el público, se volcó con el atento Cordero.
La parte inicial de la conversación con el experto sólo le sirvió al cabo para enterarse de las peleas del anciano con su jefe de departamento, al cual consideraba un viejo corto de miras (Cordero estimaba que debía de ser compañero de pupitre de Matusalén).
Pero con la paciencia y el saber hacer de alguien para quien tratar con mandos alejados de la realidad es el pan nuestro de cada día, Cordero consiguió que el vetusto especialista le hablara de una excavación arqueológica en la zona que a él le interesaba.
Se trataba de un rico yacimiento a los pies del monte Hermón, donde unas fuertes lluvias provocaron hace tiempo un desprendimiento que había cubierto un poblado entero.
La manera en la que el anciano se alegraba de cómo un pueblo en su totalidad se había ahogado en el fango le dio escalofríos al duro de Cordero.
Siguió insistiendo hasta que el truculento conferenciante le relató que después de desenterrar no pocas piezas de valor, la expedición tuvo que poner pies en polvorosa por conflictos locales.
—Algo que ver con un tal ISIS —concluyó con abstraída candidez— no relacionado con la deidad egipcia que influyó en la virgen.
¿Las coordenadas? Claro, se las comparto encantado.
¿Quiere que le dedique el programa de la jornada?
Igualmente. Ha sido un verdadero placer conocer a un apasionado de la arqueología.