Fortuna en Mallorca CURSO INTENSIVO DE NUMISMÁTICA
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CURSO INTENSIVO DE NUMISMÁTICA

La moneda reflejaba los rayos del sol que se colaba entre las frondosas copas de los plátanos de la vía Roma, mientras Mirtylo se dirigía con paso rápido hacia la Rambla.

Allí, entre puestecitos de flores y terrazas de bar, encontró la caseta prefabricada que buscaba.

¿Su destino? Un quiosco de toda la vida dedicado a la numismática.

Estaba abierto, pero no vio a nadie atendiendo.

Mirtylo observó a ambos lados del bulevar sin detectar nada sospechoso, escuchó algo en el interior de la caseta y lanzó al aire:

—¿Hola? ¡Se busca experto! ¡Tengo una urgencia!

—Si tiene cuatro agujeros, es un botón —anunció un hombre de gafas gruesas, barba de chivo y una ancianidad indefinida, que surgió detrás del mostrador con una pipa entre los dientes.

Mirtylo le lanzó su adquisición.

Tras mirarla unos segundos, el numismático soltó una bocanada de humo y respondió tajante:

—Es falsa. —Devolvió con disgusto el brillante círculo al visitante.

Mirtylo, acostumbrado a las particularidades del personal técnico de toda clase, resistió estoicamente el primer envite de ceguera profesional e insistió con delicadeza, confiando en que el sustancial peso de la moneda no podía ser mera casualidad.

—Muy bien, muy bien… Miremos en detalle —refunfuñó el viejo—, pero es falsa.

Un áureo con aspecto de estar recién acuñado aquí en la calle Roma, y en manos de un, con todos los respetos, neófito como usted…

—La actitud del barba de chivo iba cambiando: primero observó, luego palpó, se subió las gafas a la frente, las volvió a bajar, las volvió a levantar, cogió una lupa, todo mientras la pipa danzaba de un lado a otro en la boca.

Acompañaba las manipulaciones con un murmullo de frases sueltas que parecía dirigir a un espacio entre la pipa y la barba.

Mirtylo distinguió algunos retazos—: Solo si no se hubiese usado después de su acuñación…

Mmm… Dibujo perfecto. El peso, en norma.

El canto, bien. La variación, la variación…

No es una copia exacta de la versión inglesa.

Sí. Imitación formidable, producto de un genio, pero se ha dejado llevar: ha mejorado la original.

¡Qué carruaje! —El viejo levantó los ojos, y con una intensa miopía enfocó hacia quien le había traído tan única pieza, que esperaba atentamente—: ¡No querrá usted hacerme creer que tengo en mis manos el áureo de Pompeyo original!

¿En Palma? No puede ser. El desgaste no es el típico, es decir, tiene un par de semanas de uso.

Algo de transporte… Pero eso es todo. —Con un movimiento automático acercó un encendedor a la cazoleta de la pipa y se acercó a Mirtylo impregnándolo de perfumado humo—.

Fíjese en el dibujo. Venga, venga, acérquese.

Fíjese: ¿ve que el detalle de la piel de elefante que lleva puesta África es la representación del continente?

¡Es perfecta! Pura y llanamente perfecta.

No se ha gastado para nada. Y la figura de Pompeyo en la cuadriga, porque se asume que es él, y esta figura que lo guía es su hijo.

Pretende ser Hércules, ¿sabe usted? En el reverso, la diosa…

Mirtylo asentía mientras su mente vagaba entre una copia de poco valor y un objeto de museo. Lo segundo le sonaba mucho más atractivo que lo primero. Buscó claridad:

—Entonces, ¿es buena? ¿Vale algo?

A la simple pregunta le siguió otro torrente de explicaciones, que incluía el origen del oro, la globalización del Mediterráneo durante la república romana tardía y la acuñación de la moneda como arte.

—Interesantísimo todo, pero ¿la moneda cuánto vale? —interrumpió Mirtylo, incapaz de aguantar el suspense .

—Vendrá con algún tipo de documentación —contestó evasivamente el tendero—, supongo. ¿Dónde la ha adquirido usted?

—Una herencia de mi tío. La encontré limpiando, y aquí estamos. ¿Sabe? Se hizo rico con una fábrica de futones, mi tío, y luego se enamoró del whisky. Una historia muy triste. —Ocultó el rostro en una mano durante varios y dramáticos segundos—: ¿Cuánto decía que vale?

—Siento su pérdida. ¿Conocería yo a ese tío suyo? Tengo una reputación en el gremio. He tratado con coleccionistas de renombre.

—Lo dudo. Mi tío fue muy huraño en vida. ¿La moneda?

El numismático se dio por vencido y volcó toda su atención en el objeto, que dejó de manosear y colocó con cuidado en un tapete de terciopelo.

—Ay, todo sería más fácil si esta chiquitina pudiese hablar.

La de cosas fascinantes que habrá visto en su milenaria historia.

Es una pieza singular y en excelentes condiciones —proclamó enfundándose unos guantes de algodón blancos, ajeno a la decepción de su cliente—.

Verá, el valor del oro sería de unos… setecientos euros.

—¿Cuánto? ¿Toda esta charla de museos…? No tiene sentido. ¿Eso es lo que vale?

—No me ha entendido usted. Eso es el precio del oro del que está hecha; la valoración de una pieza como esta es complicada. Dándola por buena, le puedo decir que se movería entre… setenta y cinco mil euros, y medio millón. En subasta.

—¡Vendida! —remató impulsivamente Mirtylo, clavándose ligeramente las uñas en la cara antes de procesar lo que estaba escuchando.

—Cáspita. Por san Eligio bendito, ese es un olimpo al que yo no puedo acceder. Pero le puedo recomendar a una grandísima experta que tiene mercado para este tipo de piezas .

El hombre anotó algo en un papel y Mirtylo puso rumbo en la dirección que le acababa de proporcionar. Mientras lo veía alejarse, el viejo se peleó miopemente con el teléfono móvil y realizó una llamada:

—Te envío algo extraordinario. Puede ser justo lo que estabas buscando.

Eso sí, cuidado con el tipo, es un especulador.

Por cierto, te espero para comer el domingo, ¿verdad?

—El viejo alejó un segundo el aparato del oído—: ¡Largo de aquí!

—gritó hacia la puerta—. ¿Qué? Nada, hija, nada.

Un tipo que se ha puesto a husmear. ¿Por dónde iba?

Entonces, ¿traes tú una liebre y yo preparo un arroz?