BIENES MUEBLES FUNGIBLES
Mirtylo se encontraba en un recibidor de lo más sombrío. En su cabeza flotaban imágenes de grandes descubrimientos arqueológicos mientras su corazón latía con la fuerza de una cita a ciegas. Al tratarse de una subasta judicial, no había tenido la oportunidad de visitar la casa. Hasta ahora.
Quedándose inmóvil, aguzó sus sentidos: escuchó, olió y miró. Por ese orden.
Ningún sonido delator, ningún olor especialmente peligroso que arruinara los planes, como podía ser a humedad, aunque en el ambiente había un matiz acre que indicaba que no solo olía a cerrado.
Percibía una espesa penumbra gris. Probó el interruptor; no respondía.
Abrió el cuadro de fusibles: todos arriba.
La compañía había cortado el suministro por impago. Bueno, una deuda menos que asumir.
El pequeño distribuidor de la entrada tenía tres puertas. Las dos laterales eran puertas macizas de madera, mientras que la del centro era acristalada y filtraba algo de claridad polvorienta:
—¿Cuál de las tres revelará algún secreto?
Empujando con un pie la puerta izquierda encontró una pequeña cocina pasillera con todo en su sitio, incluido unos platos sucios fosilizados en la pila.
Horno, placa de gas, encimera de madera envuelta en linóleo, y una de esas neveras antiguas grandes de color beige, con congelador en la parte superior y muy poco respeto por la capa de ozono. «Mejor no abrirla ahora mismo», pensó .
Pero sí abrió la ventana de la cocina para ventilar.
De paso, aprovechó para mirar el correo que había rescatado del buzón.
Entre la habitual publicidad, los esperados apremios de deudas y notificaciones de la Administración a nombre de una S.
L. quebrada, encontró lo que buscaba: un recibo de luz.
Poniéndolo a su nombre, tendría suficiente para legalizar la autoocupación.
Regresó al distribuidor y probó con la otra puerta de madera. Estaba un poco atascada, pero después de un sutil empujón, se abrió. Esta reveló un aseo con lavabo de cerámica rosa, el suelo sucio y un espejo roto. Probablemente lo habían golpeado, dejando una violenta telaraña en el cristal.
—Otro dueño agobiado por las deudas —teorizó Mirtylo, y fue directo a la tercera puerta, la acristalada, que abrió de par en par.
El salón era rectangular, con un pegajoso suelo de terrazo y decorado con mobiliario desfasado de la época A.
I. (antes de Ikea). Componía la pieza central una mesa circular rodeada de sillas, una de ellas caída, y restos de un bodegón moderno hábilmente desplegados.
Tres botellas de whisky Johnny Walker, dos de ellas vacías y otra empezada, actuaban como foco de aquella composición, que combinaba a la perfección con unas bolsas de plástico de «Hielo Sahy» y multitud de latas vacías de Heineken esparcidas cual confeti por todo el salón.
Mirtylo se acercó a la mesa y ojeó el festín en detalle: entre las botellas distinguió restos de polvo blanco con olor a acetona, un billete de veinte euros y una tarjeta de crédito. Cogió el billete y se lo metió en el bolsillo. La inversión daba sus primeros dividendos.
Su atención pasó a la tarjeta, donde leyó un nombre.
—Encantado, querido Cordero. Se ve que le diste una despedida vikinga a la casa. ¿Tenías prisa por irte o qué? Te entiendo, hay circunstancias en las que es mejor desaparecer .
Con aversión, apartó otra bolsa de plástico y asomó por debajo un manojo de llaves, un recibo de compra y lo que parecía ser una mezcla de chatarra oxidada y piedras.
—Esta casa no hace más que producir. —Guardó el manojo de llaves junto al billete y se acercó a los ventanales del salón.
La luz se filtraba por los resquicios de las persianas, tras las cuales se ocultaba la calle.
Abrió y dejó que entrara luz y frescor, mientras prestaba atención a los detalles del descolorido recibo:
—Diciembre del año pasado… ¿Sería esto tu fiesta de Navidad, Cordero?
Sólo quedaba una última zona: la otra esquina del salón, en la pared opuesta al recibidor. Revisó rápidamente los dos dormitorios sin encontrar nada de interés y claudicó en su esfuerzo de abrir la puerta que supuestamente daba al baño; la falta de uso y el clima húmedo de Palma la habían atascado.
—Guárdate tus secretos. Total, sé que necesita reforma.
Volvió al salón y fue directo al ventanal para cerrarlo.
El aire cálido del mediodía había aireado un poco el ambiente.
Repasó el entorno. Entonces su mirada se posó en el sofá, de un sucio color mostaza que olía a acre, como todo allí.
Intentó luchar contra los pensamientos intrusivos, pero terminó dándoles rienda suelta.
En una vida llena de viajes y mudanzas, había desarrollado un juego que mantenía vivo a su niño interior: siempre rebuscaba entre los cojines de sofás desatendidos, encontrando muchas veces tesoros cotidianos, tipo libros, mecheros…
y por supuesto dinero. La ensoñación infantil superó la aprensión a la higiene del tejido y los sacó, dejándolos caer sin excesiva ceremoniosidad.
Aparte de la suciedad habitual, observó una pequeña esfera del tamaño de un botón de abrigo.
Se acercó: estaba sucia y cubierta por una capa parduzca, pero emitía un brillo apagado que le llamó la atención.
La rescató y se la llevó a la cocina. Con cuidado, la frotó con un mugriento paño, entornó los ojos y con sorpresa comprobó que la limpieza daba paso a una moneda brillante de bordes irregulares del tamaño de una de cincuenta céntimos.
La acercó a la luz: no reflectaba el sol con esa pobre aleación de aluminio y latón, pero tenía un brillo suntuoso, profundo; parecía absorber luz en mayor medida de la que la reflejaba.
Y además estaba el peso: mucho mayor de lo que le correspondía por tamaño.
—¿Es oro? ¡Una moneda de oro! Y hay algo grabado: magus , procos … ¿Latín? —Haciendo bailar la moneda entre los nudillos, salió de la casa—: Buen día de trabajo. Ahora vamos a ver si esta cosa vale algo.