LEGIONES MODERNAS
Cordero observaba con cierto cariño a su escuadrón mientras ponía otra ronda sobre la mesa.
—Pronto nos toca ir de misión. Después de años de entrenamiento hay ganas, ¿eh? Sólo espero no pasar tanto frío.
Quien hablaba era el colombiano Stalin, un bisnieto de gallegos, al menos eso decían sus papeles, que había regresado de su patria huyendo de unos padres ausentes y una abuela ultrarreligiosa.
Tras congelarse sirviendo con los zapadores en Burgos, había pedido el traslado al primer destino cálido disponible.
—Piensa que vamos a sacar una buena paga —dijo Buzo, el benjamín del grupo y único oriundo de la isla.
—Poco favor os hago si pasáis frío. Prometo que os tendré a doble ración de entrenamientos. No pienso dejar que os relajéis .
—Además, el Líbano es un país mediterráneo.
Será más o menos lo de aquí, ¿no? ¿No prestaste atención en la presentación?
También lo pone en la guía de campo —siguió Buzo, apurando la botella de cerveza semivacía; esperaba que algún compañero apoquinara otra ronda—.
Por fin creo que me llegará para la entrada de un piso.
—Esas guías de campo las escriben los planchasillas.
El único campo que han pisado es de golf.
Estuve hablando con un amiguete de la legión que ya ha hecho la ruta y no tenéis que preocuparos.
Comparado con otros lugares, tendremos un destino tranquilo.
Nada como Herat, ahí sí que ibas con el culo prieto.
—Hablando del frío… —No soltaba su hilo Stalin—: me hacen volver a meterme en el hielo, y me voy a casa. La última vez os juro que acabé con pulmonía. Desde entonces no se me va el moquillo. Y los malditos esquís, ampollas como mandarinas. ¿Cómo puede elegir la gente vivir en el ártico?
—El Cold Response de la OTAN tampoco fue para tanto.
Me llevé gratis esas gafas tácticas que cuestan una pasta, ¿os acordáis?
Fue durante las copas con los yankis. Me fijé en el Rolex que llevaba el gafotas, el que luego me las dio, y le pregunté cuánto tenía que cobrar uno para sacar un peluco así.
Y el cabrón se ríe, vale, y me pregunta dónde estaba yo destinado.
—¿Por qué no nos mandarán a la selva? Ahí os enseñaría cómo se usa un machete.
—Yo le dije que en ningún lado —Buzo seguía con lo suyo—, pero que tenía pinta de que íbamos a sacar boleto para las arenas, y el guiri coge, se pone todo serio… ¿Me escucháis? —Buzo bajó la voz para hacerse notar—: Se pone todo serio y me dice…
—Cuando era un chaval solía escaparme y pasar el día por ahí. La abuela se ponía de los nervios, decía que eso me venía de mi madre y su comuna de izquierdistas. Y yo en camisa, ni un abrigo a la vista, la misma temperatura veinticuatro horas. ¡Aaaahh! Me tocas otra vez y te reviento.
Buzo le había propinado un amigable puñetazo a Stalin en el costado, buscaba afianzar su autoridad en la manada y que le dejaran hablar.
«Cachorros», observó Cordero mientras aportaba su resabida opinión:
—No te fíes de lo que larga la gente. Yo no les perdono lo de Filipinas. Los muy cabrones…, que de esas solo nos queda el nombre del batallón.
—¿Y qué iba, sacando los empastes a los locales o qué? —intervino Stalin, abandonando la conversación sobre el clima—. A mí, cosas extrañas no.
—A ti sí que te voy a sacar las muelas de una torta. No. ¡Escuchadme! Me dijo que la zona estaba plagada de reliquias. Que él y su patrulla se llevaron unas vasijas y les dieron cincuenta mil pavos por ellas.
—Mentira. Seguro que el Rolex era chino. En el mercado de Palmira te consigo uno bacano por unos pesitos.
Callando a Stalin con un gesto, Cordero se inclinó sobre la mesa: el chaval había captado su interés.
—Sigue, sigue.
Buzo dio unos golpecitos con la uña a su botella vacía, y sorprendentemente consiguió el efecto que buscaba:
—Por fin me escucháis: voy y le digo «una leche», eso es lo que le dije.
Y el tipo, ya sabéis cómo son, hincha el pecho palomo con la palabra marine y empieza a enseñarme fotos.
Todos los tópicos al completo: una rubia maciza, los niños gordos, el jardín con la camioneta, la bandera ondeando en la puerta de casa…
Y luego va y me enseña la página de una casa de subastas donde vendió el cuenco.
Así que me tocó fregar todo el cuartel, que vi los pantallazos con mis propios ojos.
—Pues vaya. Quien vea un cuenco sin dueño, ya sabéis: al petate. Mientras, yo pido los Rolex a mi nana .
—Pues es un tema. Vosotros terrícolas no os preocupéis, dejad que papá Cordero se ocupe de todo. Voy a por otra ronda y me exfiltro, que tengo planes.