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ESPECULACIÓN INMOBILIARIA CON TOQUE ISLEÑO

La subasta se cerró de madrugada, y la puja de Mirtylo fue la ganadora.

Quitando pequeñas formalidades como el papeleo y minucias legales, la adquisición era definitiva.

Mirtylo, satisfecho, terminaba la noche en su terraza disfrutando de un martini y del frescor del mar.

El insomnio, sufrido por la emoción que acompaña cerrar una transacción, era un precio razonable a pagar; ya recuperaría el sueño perdido la noche siguiente.

Bajó a la playa para mantener su rutina habitual de empezar la mañana con un chapuzón de agua fría, y se dirigió a revisar sus recién adquiridos dominios:

—Es el momento de ocuparme de mí mismo.

La estrenada propiedad se ubicaba en una amodorrada calle detrás de la plaza del Tubo. Una zona fronteriza entre la Palma normal y la turística. Mirtylo se sentó en la terraza de una cafetería y examinó el nuevo escenario:

—Poco tráfico, barrio consolidado… El anuncio se escribe solo —se dijo, limpiándose los dedos de aceite del churro mientras su aguda vista de propietario observaba el entorno y sorbía el café.

Frunció el ceño. Al final de la calle, a unos metros del supermercado de barrio, descansaba un lanudo mendigo, abrigado y con botas, pese al buen tiempo.

Mirtylo lo escudriñó un instante—. ¿Los ponen como parte de la decoración?

En fin, parece que si son pacíficos, no dan problemas .

En cuanto el señor Pons se acostumbró al ritmo del barrio, se dirigió al portal.

El piso estaba en la entreplanta de un pequeño bloque, con ventanas cerradas y oscuras a cuatro metros del suelo, y solo dos viviendas por planta.

Su nuevo vecino era una clínica dental que no abría los miércoles por la mañana.

Mirtylo llamó al telefonillo de un número alto cualquiera y murmuró:

—Mensajero. —Pausa, silencio.

La puerta vibró, dándole entrada.

Era un portal espacioso, con mármol blanco, frescor y penumbra.

Sin perder el tiempo, fue a su buzón y sacó un fajo excesivo de correo y folletos promocionales que ya asomaban por la ranura.

Subió los dos tramos de escaleras que lo separaban de la entreplanta, esperó unos segundos…

Silencio sepulcral, tanto tras su puerta como la del dentista, marcada por una placa de latón.

No hubo reacción. El edificio se encontraba envuelto en el sopor residencial típico de una mañana laboral.

—Plan A.

Varias macetas con plantas de todo tipo adornaban el rellano. Las revisó rápidamente; ninguna llave en los platos. Palpó la tierra hasta que en el tercer tiesto encontró un portatarjetas de plástico con una llave dentro.

—Empezamos bien. Aunque esto todavía no está hecho. —Probó la llave en la cerradura: entraba, pero no giraba—. Será del dentista. Bueno saberlo.

Devolvió la llave a su lugar y miró si había alguna baldosa o rodapié suelto. Nada.

—Plan B.

Sacó del bolsillo interior de la chaqueta una libretita normal y corriente, de plástico duro, y deslizó una tapa por el resquicio del marco cerca de la cerradura.

Las probabilidades de éxito no eran muy grandes.

El plan B dependía de que nadie hubiese pasado la llave.

Sí había un plan C, pero era la opción intrusiva, y además le costaría un dinero que prefería no gastar.

Tras quince segundos de manipulación, escuchó un clic.

—Ha ganado la B.

Sintiéndose como un arqueólogo ante una cripta virgen, entró cuidadosamente en la oscuridad y cerró la puerta.