NO METAS LA NARIZ EN EL NEGOCI DE OTRO
El golpe sonó apagado. El motero uniformado que lo recibió en pleno hígado, se dobló sobre sí mismo. Notó que le faltaba el aire, pero no protestó: el jefe estaba siendo amable, se mantenía de pie; en la escala de correctivos, este golpe era de los livianos.
—¿Habéis encontrado ya al soldier boy ?
—No hay ni rastro, presidente. Se ha esfumado. —Hablaba el compañero del motero; sus fríos ojos azules miraban al frente mientras tensaba abdominales. Sabía que si hacía cualquier amago de protegerse o apartarse, él también recibiría un correctivo.
Una cerveza, con jarra incluida, voló hacia el joven uniformado que acababa de responder. Pasó a pocos centímetros de la cabeza y estalló con violencia a sus espaldas. El dolorido se incorporó como un resorte; ya recuperaría la respiración más tarde.
—¡Malditos inútiles! ¿Para qué os pago?
—Seguro que no ha abandonado la isla. Pongo… ponemos la mano en el fuego.
—Ese comentario me inspira. Os cortaré los pulgares como hacen los japs y luego, los que queden, a la brasa .
No sois ni capaces de localizar a un borracho sin dos dedos de frente.
¡Ve a lavarme la moto, encérala, y mirad que esté bien de aceite!
Y tú, trae una fregona. Al menos sacaré algo de provecho de mi generosidad.
Los dos abrumados acólitos salieron del despacho del patrón. Pagaba bien y las fiestas que organizaba eran legendarias, pero había que aguantar su peculiar humor. Al igual que en todos los trabajos.
— For fuck’s sake , ¿soy la única persona con imaginación en esta maldita isla?
—protestó la figura de autoridad mientras alargaba su manaza al teléfono y empezaba a tender redes por los distribuidores habituales.
«Lo bueno de una isla», pensaba mientras la línea comunicaba, «es que tarde o temprano acabas conociendo a todo el mundo que merece la pena».