PRESENTACIÓN EN SOCIEDAD
Mirtylo Pons era conocido y sabía moverse entre los círculos de Palma. Además, su nuevo nombre funcionaba bien:
—Mirtylo… —comentó un lugareño—. ¿No te suena a planta?
—Al menos es fácil de recordar, y el caso es que le pega. Los Pons son de aquí, conozco a muchos en la isla.
De estatura media, piel morena, ojos vivos algo entornados y cara amigable, Mirtylo era un ejemplo de vagabundo global, de esos que Mallorca importa del resto del mundo.
—¿A qué se dedica?
—Creo que se ha metido en los pisos de subasta. Aquí todos quieren vivir del ladrillo.
—No es un negoci fácil ese. Si no puedes visitar la casa antes de comprarla, a saber qué te encuentras dentro.
Además, entre que te llega la adjudicación y tal, se te cuela cualquiera.
Y ahí ya es un horror de tiempo, dinero y juicios.
Yo prefiero el campo. Por cierto, este año va cara la almendra, tengo una finca que…
—Hablando del rey de Roma, mira quién viene.
Mirtylo sonreía embaucador apretando entre los dientes un puro sin encender. Se acercó a la barra, pidió un vino, y discreta pero sonoramente indicó al camarero que apuntara las consumiciones de sus dos conocidos en la cuenta. Tras charlar de nimiedades unos minutos, susurró a uno de ellos al oído:
—En breve te mando unas escrituras. Son para poner en la parte alta de la pila.
El secretario del Registro de la Propiedad n.º 4 asintió con ligereza. ¿Cómo no hacerle aquel favor al bueno de Mirtylo? Era de los de toda la vida.