Fórmula inesperada (Pasión en el Paddock 1) 45
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Resurgir de las cenizas

Alessio

Abu Dabi, Emiratos Árabes Unidos

Circuito de Yas Marina

«Se comenta entre las habladurías del paddock que, cuando un piloto tiene mujer e hijos, se lo piensa dos veces antes de lanzarse a un adelantamiento arriesgado», pienso mientras afronto las últimas vueltas del circuito en la glamurosa isla de Yas.

Ruedo en segunda posición, tras haber hecho un overtake a Asher en la curva seis al activar el DRS por última vez.

Intuyo que Miller estará enfadado por haberle arrebatado el segundo puesto, aunque ha firmado una temporada magnífica y, pase lo que pase hoy, ya tiene asegurado el tercer puesto en la clasificación final.

Tendré que invitarlo a una ronda de chupitos para que se le pase la pataleta.

Un par de minutos después, cruzo la línea de meta con el puño derecho en alto y la adrenalina en su punto máximo .

—¡¡Vamos!! —reprimo un grito dentro del casco.

—Excelente trabajo, Alessio —celebra Andrea eufórico por la radio—. Felicitaciones de todo el equipo.

—¡Sois unos grandes! —contesto entre lágrimas—. Mi abuelo estaría muy orgulloso de todo lo que hemos conseguido con Rosa Nera.

Y aunque hayamos sido carne de escándalos esta temporada —con la detención del t eam principal y de mi padre, el accidente de Leo, entre otros rumores que han corrido por la prensa—, sé que los resultados conseguidos han sido fruto de una suma de esfuerzos entre todos los miembros del equipo.

Pase lo que pase la siguiente temporada, estaremos más preparados para afrontar un año en el que hemos aprendido de nuestros errores y hemos reforzado las pequeñas cualidades que nos han llevado tan lejos.

Dejo el monoplaza en el parque cerrado, me desprendo del arnés y, cuando ya estoy fuera, beso el número 27, el mismo que llevó a mi abuelo a cosechar sus primeros éxitos.

Antes de pesarme en la báscula, como manda el reglamento de la FIA, alzo la mirada hacia el cielo para celebrar en silencio mi pequeña victoria con él.

Markus se aproxima y me tiende la mano con una sonrisa amplia. Lo atraigo hacia mí y me fundo en un abrazo cálido con el nuevo campeón del mundo.

—Enhorabuena, Münster. Has clavado la temporada, amigo.

—Enhorabuena a ti por ese último movimiento —dice, inclinando la cabeza—. Pensé que no te ibas a atrever. Cuando venga tu colega, te va a colgar de los huevos.

—Me lo va a recordar toda la vida, ¿verdad?

Su media sonrisa es suficiente para contestar a mi pregunta y, de pronto, noto cómo Asher se monta en mi espalda y me sacude el pelo, con una mezcla de celebración y la pequeña bronca que me toca recibir por ese último adelantamiento.

—¡Eres un cabronazo, Santoro! —espeta Miller, refunfuñando—. Si no te quisiera tanto como persona, te haría picadillo en este momento.

—Anda, calla, que todavía tenemos mucho que celebrar —les digo a mis amigos, abrazándolos, mientras los comisarios nos indican que pasemos por la zona de enfriamiento antes de subir al podio.

Los tres nos reímos y la tensión de los noventa minutos en el asfalto se disuelve en segundos cuando ya no hay nada en juego.

Ya en el escenario, los altavoces reproducen el himno suizo en honor a Mark, vencedor de la carrera, para después hacer lo propio con el himno británico, celebrando que Morrison ha sido la escudería ganadora de la temporada.

Desde arriba, recorro con la mirada la escena en busca de Daniela. Tras las vallas —entre la prensa, ingenieros y mecánicos vestidos de todos los colores—, se encuentran Andrea, Lakowe y el resto del equipo.

Entonces, la veo. Viste el polo rojo corporativo con el número 27 en el pecho, la acreditación colgando del cuello y el pelo recogido deprisa, como siempre que está concentrada.

Pero esta vez no está mirando las pantallas ni focalizada en analizar los resultados.

Esta vez me está mirando a mí, exultante, eufórica; y solo puedo pensar que su sonrisa es el mejor trofeo que podría llevarme hoy a casa.

Levanta dos dedos en señal de victoria, en un pequeño gesto que solo conocemos los dos.

Y entonces lo entiendo. Lo entiendo con una claridad brutal.

«Cuando un piloto tiene mujer e hijos, se lo piensa dos veces…» .

Ahora no corro sin pensar en las consecuencias, porque por fin tengo demasiada gente que me importa en la vida.

Tampoco corro más lento, sino que lo hago con más cabeza, dejándome asesorar por mi equipo y, sobre todo, por los incalculables consejos de mi chica.

Sigo sin tener miedo a la muerte, pero sí a vivir una vida solitaria, sin gente de la que rodearse y dejarse querer.

El champán brota a raudales, mientras los fuegos artificiales amenizan el espectáculo de luces y sonido que tiene lugar en el lujoso complejo de Yas Marina. Embadurno a mis amigos y al t eam principal de Morrison y, en estos momentos, no podría pedir nada más a la vida.

Cuando bajamos al paddock , Daniela corre hacia mí para saltar y rodearme con sus piernas.

Observo por el rabillo del ojo cómo algunos flases saltan a nuestro alrededor.

Creo que Daniela no ha tenido en cuenta que quizá mañana salgamos en alguna que otra portada de la prensa sensacionalista, aunque ahora mismo lo único que nos importa es celebrar esta pequeña victoria entre ella y yo.

La sujeto con fuerza por los muslos para que no pierda el equilibrio, y ella se aferra con firmeza a mis hombros para besarme en los labios.

Sabe a champán, a goma caliente y a esa colonia de sandía que me recuerda que por fin estoy en casa.

Apoya la frente sobre la mía y su risa, dulce y honesta, me atraviesa como la mejor de las victorias.

—Has estado increíble, señor Santoro —murmura con la respiración aún agitada—. Ese último adelantamiento me ha puesto muy… —carraspea— contenta.

—Mmmm, y todo gracias a la ingeniera júnior más prometedora de toda la Fórmula 1 —contesto rozando su nariz con la mía.

—Todavía no lo soy de manera oficial.

—Lo serás. Y estoy seguro de que algún día llegarás a ser ingeniera jefa .

Daniela se suelta y la dejo en el suelo, consciente ahora de las decenas de cámaras y micrófonos que nos rodean.

—Alessio… —advierte con temor.

—Que hablen —me encojo de hombros—. Siempre lo hacen. ¿Qué más da cuando la realidad solo la sabemos tú y yo?

Durante meses mantuvimos lo nuestro en secreto, escondiéndonos en calas recónditas, en infinitas rutas americanas y hasta en el simulador una vez, donde nos empeñamos en recordar viejos tiempos. Fingimos distancia ante la prensa y, aun así, inventaron las historias más rocambolescas.

Así que ahora no. Ya no me escondo. Ya no la suelto nunca más.

—Estoy muy orgulloso de ti —exclamo de manera enérgica, sin importarme quién escuche—. De todo tu trabajo, de todo lo que has hecho por el equipo.

—Entonces tendrás que acostumbrarte, Casanova —responde, esbozando esa sonrisa que me desmonta y confirmándome que ya ha firmado el contrato—, porque no pienso moverme de aquí la siguiente temporada.

La acerco aún más, cubriéndola con mi cuerpo, y la beso. A nuestro alrededor, los fuegos artificiales iluminan Yas Marina y se reflejan sobre el agua del puerto, como si la noche quisiera celebrarlo con nosotros.

—Vale, tortolitos —bromea Andrea, que se acerca con una botella de champán en la mano—. Mañana os quiero a las ocho en la reunión de balance. El romanticismo no entra en el presupuesto del año que viene.

—Tendremos que recalcular costos, entonces —añade Daniela.

Andrea sacude la cabeza, riéndose. Nos da un abrazo rápido a ambos y se aleja junto al equipo en la distancia .

Cuando alzo la cabeza, distingo una cabellera rubia familiar en uno de los palcos VIP.

Después de tantos años de anhelo, reconocería la presencia de mi madre en cualquier lugar.

Está posando junto a su marido cuando nuestros ojos se encuentran.

Se separa de los micrófonos, camina hasta la barandilla y, desde la distancia, leo en sus labios:

«Estoy muy orgullosa de ti, hijo».

Y, con esas simples palabras, se cierra una grieta más en mi corazón.

No me da tiempo a reaccionar. El resto del equipo me rodea y me alza sobre sus hombros, celebrando los escasos puntos que hemos sumado este año como si hubiéramos conquistado el campeonato. Y quizá, para nosotros, lo sea.

Porque solo quienes sabemos de dónde veníamos con Donato Moda entendemos que esto es un triunfo en toda regla. La temporada ha sido un torbellino de emociones entre detenciones, rumores, lesiones y dudas. Pero también ha sido una temporada de aprendizaje, unión y resiliencia.

Mientras las luces se apagan poco a poco y el paddock empieza a vaciarse, comprendo que el verdadero triunfo no está en el trofeo que sostengo bajo el brazo, sino en saber que, pase lo que pase cuando se apaguen las cinco luces la próxima temporada, ya no corro solo.

Ahora sí, tengo una familia que me sostiene y un hogar al que regresar.

Y, por primera vez, eso lo cambia todo.