Fórmula inesperada (Pasión en el Paddock 1) 44
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Volver a empezar

Daniela

Barcelona, España

Taller mecánico Serra, Mataró

No son ni las ocho de la mañana. Apenas he pegado ojo en toda la noche y llevo en el taller un par de horas arreglando este viejo Autobianchi A112 Abarth, de principios de los ochenta.

Como todo hierro italiano, sufre sus fallos electrónicos complejos, pero también cuenta con esa solera y belleza que me recuerdan a mi segunda casa, Rosa Nera.

Y, con ello, no puedo dejar de pensar en Alessio.

El otro día me resistí a ver la carrera de Catar, aunque mi padre y mi hermano me engañaron cuando me aseguraron que íbamos a ver una película.

Habían pedido pizza , además de plantar frente a mí un bol de palomitas y una bolsa de cacahuetes con chocolate para la ocasión. Con eso ya no podía decir que no.

Cuando el semáforo apagó la quinta luz, ya no despegué los ojos de la pantalla.

No pude dejar de darle vueltas a la estrategia que mi equipo había utilizado.

Alessio estaba despistado —más de la cuenta— y eso le jugó una mala pasada cuando acabó con un DNF en medio de la carrera.

Sentí una mezcla de rabia y arrepentimiento, porque sé que él estaba mejorando conforme avanzaba la temporada y puede que mi marcha haya tenido que ver con su derrota.

—Buenos días, Ratita. ¡Qué madrugadora!

—Hola, papá. No he podido dormir mucho esta noche.

Mi padre deja un termo de café sobre la mesa y se apoya en el taburete de un asiento de tractor modificado.

—Daniela, tenemos que hablar —capta mi atención y coge aire en sus pulmones.

—¿Qué pasa? —pregunto, preocupada—. ¿Es por mamá? ¿Está bien?

—Tu madre está bien, dentro de lo que cabe —matiza, pasándose la mano por el poco pelo que le queda—. Eres tú la que me preocupa. Desde que has vuelto no eres la misma.

—Papá, estoy bien. Solo necesito tiempo y digerir algunas cosas.

—No eres feliz aquí.

—Sí, lo soy. ¿Por qué dices eso? Me encanta trabajar contigo en el garaje —protesto, haciendo aspavientos con las manos.

Mi padre hace un mohín de incredulidad.

—¿Sabes dónde te he visto feliz como nunca?

—levanta las cejas—. Trabajando para los italianos.

Y soy consciente de que uno de ellos, en especial, es el que ha conseguido que irradies esa preciosa sonrisa que has tenido durante toda la temporada.

Esta experiencia te ha hecho madurar como persona y como profesional.

No me gustaría que tomaras una decisión en caliente de la que luego te arrepientas.

—Son un gran equipo, no te voy a mentir .

—No me refiero a eso, y lo sabes… —compone una mueca burlona—.

Me encantaría que te quedaras aquí, pero me encantaría aún más que pelees por tu futuro y por tus sueños —me dice, posando la mano sobre mi hombro—.

He visto que Andrea Rossi te ha enviado el contrato de renovación para la temporada que viene. Lo vas a aceptar, ¿no?

Me encojo de hombros y pienso en todo lo que he conseguido aprender este año. La temporada que viene pasaría a ser ingeniera júnior y el salario que me han ofrecido es muy jugoso. Con eso podría ayudar a mi padre con las facturas de la residencia de mi madre.

—No sé, ya veremos.

Una llamada entrante al móvil de mi padre me provoca un respingo. Aprieta el botón de aceptar y, tras escuchar algo al otro lado de la línea, contesta con un escueto «ahora voy».

—Ratita, tengo que hacer un recado urgente, pero estoy esperando un paquete que está a punto de llegar. ¿Me podrías hacer el favor de recibirlo en la puerta principal? El repartidor no tardará en llamar —anuncia, dándome un beso en la frente.

—Sí, claro.

Apenas transcurren un par de minutos cuando el timbre del garaje suena. Me acerco a la puerta, limpiándome las manos de grasa en el peto. Cuando abro, mi cara de sorpresa debe de ser un poema, porque quien tengo delante es la última persona que esperaba encontrarme hoy.

—¡Alessio!

—Hola, Cerebrito —me saluda esbozando una sonrisa de esperanza.

—Pero tú…, ¿no estabas en Catar? —contesto, perpleja.

—Lo estaba, pero no sé si voy a volver.

—¿Cómo que no? ¿Estás loco? Es el final de temporada. No lo eches todo por tierra —le ruego con un nudo en el pecho .

Alessio da un paso más para quedarse frente a mí. Estudio su cara, sus ojos hinchados y esas pequeñas ojeras que delatan semanas enteras sin dormir.

—No eches tú por tierra nuestra relación —susurra muy cerca de mí.

Abro los ojos de par en par, asimilando lo que acaba de decir. Me agarro el cuello para masajearlo, como si así pudiera aliviar la presión que me oprime la garganta.

—Ale…

—Solo participaré en la última carrera si tú me acompañas.

El ruido de un coche lejano pasando a toda velocidad parece amplificarse ante el silencio que se instala entre nosotros. Lo observo de cerca para saber si está bromeando, pero no veo ningún atisbo de duda en su expresión. Está serio. Agotado. Vulnerable.

—No me puedes poner esa condición —protesto—. Es un chantaje.

—No es ningún chantaje, Daniela. Es la manera que tengo de decirte que tú estás por encima de la última carrera. Que sin ti no es lo mismo —replica sin titubear—. ¡Joder! Mira lo que pasó el otro día. No fui capaz ni de acabarla.

—Alessio, eres bueno. Un DNF no significa nada. En cada carrera te superas y tienes un gran futuro en el automovilismo.

—Yo no quiero tener ese futuro si tú no estás en él.

Sus palabras me golpean como un mazazo en el pecho.

—¿Y qué pasa si no quiero ir? —pregunto, ladeando la cabeza.

Alessio compone un mohín y se remanga el jersey.

—Pues me quedo aquí contigo, ayudándote en el taller.

Vamos a ver qué le pasa a este Autobianchi —dice mientras da dos golpecitos a la carrocería de la pequeña joya clásica—.

Mi padre me hizo cambiar mil piezas a cada coche cuando era pequeño y, si me confundía, me obligaba a empezar de cero.

Créeme, tu padre me querría contratar. Soy un gran trabajador.

Una media sonrisa se me escapa.

—Él cree que debería volver —confieso en voz baja.

Una chispa se enciende en sus ojos.

—Lo sé, pero quiero saber qué quieres tú.

Ahí está la pregunta que llevo semanas evitando.

Miro a mi alrededor. El suelo está manchado de aceite. Las herramientas, colgadas en sus respectivos ganchos. El viejo Autobianchi, abierto en canal. El termo de café aún humeando. Y el resto… calma. Calma y hogar.

Pero sé que esto no me llena del todo. Lo sé desde el momento en el que he salido ahí fuera para vivir la experiencia más increíble de mi vida.

Y nada podría haber sido posible sin él, la persona que ha hecho que todo esto sea más que un trabajo, sino una forma de vida.

Y no quiero vivirlo si no es junto a él.

—Creo que me fui por miedo —admito al fin—. Miedo a que todo fuera demasiado deprisa. Miedo a no estar a la altura. Miedo a que te cansaras de mí.

Alessio me dedica una mirada llena de ternura. Después, se acerca hasta mí para agarrarme las manos.

—Pequeña, te lo dije en su día. Cuando se trata de ti, me da igual la velocidad, me da igual ir más lento o más deprisa.

Tú llevas el control. Lo quiero todo contigo y nunca…

jamás me podría cansar de ti. ¿Me has oído?

—pregunta, depositando un beso en mi pelo—.

Cuando te llamo «Cerebrito» no es por burlarme de ti.

Es porque tienes una cabeza privilegiada.

Porque iluminas todo a cada paso que das.

Y eso lo sabemos todos. Todo el equipo, también Giorgio y Andrea.

Incluso Benoit, que el otro día me preguntó por ti, dice que se te echa de menos en el box.

Me aparto unos segundos con cara de perplejidad .

—¿En serio ha dicho eso?

—Sí, pero, si por mi fuera, seguiría quedándose a limpiar la grasa de las herramientas después de cada carrera.

Suelto una risotada, inclinando la cabeza hacia atrás.

—La verdad es que yo también he echado de menos a los chicos. No puedo dejar de acordarme de los buenos momentos que pasé con Will y… Camila —admito, y todos los recuerdos de Lady Paddock vuelven a mí para sumirme en un sentimiento que ha pasado de un simple enfado a pura decepción.

Alessio resopla.

—Creo que tienes una conversación pendiente con ella.

—Me ha llamado varias veces para intentar contarme su versión, pero no sé... No sé si seré capaz de perdonarla por todo lo que ha hecho.

—¿Y si te digo que todo lo que te ha contado es verdad?

Levanto una ceja, desconcertada.

—¿A qué te refieres?

—El otro día descubrí que quien robó y hackeó el portátil de Camila fue Irina —revela, y mis ojos se abren como platos ante su confesión—.

Bueno, no ella en sí. Es demasiado marquesa como para hacer el trabajo sucio.

Habrá sido alguno de los mercenarios que su empresa familiar de ciberseguridad tiene a sueldo.

Aprieto los labios, pensativa. Esa versión cuadra con cada detalle que me ha contado Camila. Demasiado esfuerzo en relatarme cada paso que dio bajo el seudónimo como para que no sea real.

—Así que… ¿todo lo que dijo en los últimos meses no fue ella?

—Parece que no —contesta, sacudiendo la cabeza—.

Aunque Markus todavía no le perdona que insinuara que la tenía pequeña.

Y yo tampoco, cuando insistió hasta la saciedad en que cada día estaba con una mujer distinta, justo cuando te invité a cenar a mi ático de Mónaco.

Por entonces…, ya estaba sintiendo algo demasiado fuerte por ti.

—¿En serio?

—Creo que desde que me retaste en el simulador. Aquello hirió demasiado mi orgullo de piloto profesional.

Suelto una carcajada y rememoro todo lo vivido en estos últimos meses. Mi amistad con Will y Camila, mi relación con Alessio, viajar por el mundo, formar parte de una escudería… Si hace un año me hubieran dicho que hoy estaría donde estoy, pensaría que todo ha sido fruto de mi imaginación.

—Camila me explicó que esparció más bulos sobre tu faceta de Casanova para desviar la atención sobre mí. Por entonces, yo estaba demasiado preocupada por que nos vieran juntos y ella solo lo hizo para protegerme.

—Daniela Serra, has dejado huella en cada una de las personas con las que te has encontrado este año —admite, rodeándome con sus brazos y acercándose hasta quedarse a apenas unos centímetros de mí—.

Pero sin duda, en mí has completado esa pieza que me faltaba.

Me despierto cada mañana pensando qué he hecho para merecer que hayas llegado a mi vida y sigo sin creerme la suerte que he tenido de que nuestros caminos se hayan cruzado.

—Vale —contesto, curvando los labios en una sonrisa.

—Vale, ¿qué?

—Que vale, Alessio. Que lo quiero todo. Quiero volver a Rosa Nera la siguiente temporada.

Quiero verte alzarte de nuevo en el podio.

Quiero ayudarte a convertirte en un campeón —afirmo, rodeando su cuello con mis brazos y dándole un beso en los labios—.

Pero, sobre todo, quiero volver contigo.

Quiero que volvamos a besarnos en las calas de Ibiza o en cualquier otra punta del mundo.

Quiero espantar tus miedos. Quiero levantarme contigo cada mañana.

Lo quiero todo, cariño, pero que sea contigo .

Alessio se queda unos segundos impasible, sin dar crédito a mi confesión, pero no duda en lanzarse a buscar mis labios, acortando de golpe la mínima distancia que nos separa.

Su beso ya no es pausado ni delicado; ahora es urgente.

Como si estuviera devolviéndome todos los besos que no ha tenido la posibilidad de darme en el último mes.

Sus manos me sujetan por la cintura. Las noto firmes y calientes al rodear mi cuerpo.

Mi espalda choca contra la puerta del garaje, todavía entornada.

El mundo se reduce al calor de su boca, al temblor que me recorre de arriba abajo, al latido acelerado de su corazón, que se ha fusionado con el mío para convertirse en una unidad.

Entonces, se separa unos centímetros de mí, dejando nuestras frentes unidas, para confesar:

—He sido un idiota —susurra, con la respiración entrecortada—. Pensé que dándote espacio te estaba haciendo un favor.

—Y yo pensé que marchándome te estaba ayudando a concentrarte —añado, todavía con los labios rozando los suyos.

Se le escapa una pequeña risa.

—Somos imparables en las estrategias de pista, pero no tenemos ninguna fórmula para el amor.

Sonrío, porque no le falta razón.

Sus dedos recorren la longitud de mi brazo, palpándome, como si no pudiera creer que me tenga frente a él. En sus ojos veo deseo, pero también alivio, esperanza por haber conseguido que vuelva a su lado.

—Ven conmigo a la última carrera —me ruega—. No como ingeniera, sino como mi chica.

—No me la perdería por nada del mundo, pero… ¿cómo vamos a ir? La carrera es en dos días y…

—Frena, Cerebrito, no te me adelantes .

Alessio abre la puerta del garaje y veo a dos caras conocidas charlando con mi padre.

—Parejita, ¿habéis terminado ya de reconciliaros? —pregunta Asher mientras viene a darme un abrazo—. Hola, pequeña Serra. Te hemos echado de menos y necesitábamos tener a nuestro amigo de vuelta. Lleva un mes hecho un alma en pena. Ha gastado la producción anual de clínex de un país como Italia.

—¡Vamos, chicos! No hay tiempo que perder. Nos esperan en el aeropuerto con mi jet privado —añade Markus, que se despide de mi padre con un fuerte apretón de manos.

—Pero ¿qué hacéis todos aquí? Yo no puedo irme ya, no he tenido tiempo de hacer la maleta —protesto.

—Ratita, ya está todo preparado. Tú solo tienes que disfrutar del viaje —concluye mi padre, que se aparta a un lado para descubrir el equipaje.

—Así que… esperando un paquetito, ¿eh, papá? —enarco una ceja divertida, y él se limita a sonreír.

—Cuando acabe el campeonato, podrás volver unos días más a casa —me asegura Alessio—. Y, si me dejas, me gustaría venir contigo y conocer un poquito más la ciudad donde te criaste.

Paseo la mirada desde mi chico hasta mi padre, pasando por ambos pilotos que, de manera inesperada, se han convertido en dos pilares fundamentales de mi vida. Tengo la suerte de contar con gente que me quiere y de haber creado una pequeña familia en el lugar más inesperado.

No lo dudo dos veces y agarro la mano de Alessio, entrelazando nuestros dedos con una seguridad que hace apenas unas horas no tenía. Solo me queda decir:

—Vamos, chicos. Abu Dabi nos espera.