Fórmula inesperada (Pasión en el Paddock 1) 42
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Cerrando cicatrices

Alessio

São Paulo, Brasil

Circuito de Interlagos

Llevo más de una semana con un humor de perros desde que no sé nada de Daniela.

Después del Gran Premio de Texas, donde se destapó el escándalo en el que se identificó a Camila como Lady Paddock, ella salió huyendo, probablemente al verse traicionada por la que ya consideraba como una hermana.

Esa noche no hubo cena con los García. Ni con nadie.

Todos estábamos devastados. Los mellizos volvieron a casa y puede que no los volvamos a ver en una buena temporada.

Markus dice que hay algo en sus ojos que le indica que no mentía, pero yo no la conozco lo suficiente como para poner la mano en el fuego.

Parece que la hermana de Leo García ha despertado más que un sentimiento de amistad en mi amigo Mark, algo que he intuido mientras tomábamos unas copas en un reservado del bar del hotel.

Este país es tan inseguro que ni siquiera nos dejan salir del complejo si no es con un buen ejército de guardaespaldas que nos escolten a todas partes.

Llevo desde aquel domingo intentando contactar con Daniela, hasta el punto de que temo que acabe denunciándome por acosador.

Pero no me importa, solo quiero hablar con ella y saber que está bien.

No me quiero imaginar lo que tiene que estar pasando por su cabecita en estos momentos, y me duele pensar que no haya recurrido a mí para protegerla como he hecho siempre.

Tan solo recibí un mensaje de ella, al cabo de dos días, pidiéndome espacio.

Andrea me aseguró que se había tomado unas semanas de descanso para volver a casa.

Él dice que le gustaría volver a contar con ella la siguiente temporada y que incluso sigue trabajando desde España en el proyecto final que ya le ha entregado.

Temo que con esto cierre su aventura en Rosa Nera y que no quiera volver a formar parte de la Fórmula 1, porque eso significa que tampoco querrá saber nada de mí ni de este mundo de mierda que me rodea.

Detesto que haya renunciado a nosotros, a nuestra relación y al amor infinito que no sabía que podía llegar a sentir por ella.

No he pegado ojo desde entonces y esta noche me propongo dormir diez horas seguidas. Pulso el botón de subida en el hall del hotel, ese que me llevará a mi habitación. No tengo apenas fuerzas ni para ponerme el pijama. Estoy completamente devastado y se me han quitado hasta las ganas de comer.

Las puertas del ascensor se abren y, frente a mí, aparece Emily Olsen.

No he vuelto a hablar con ella desde que salió a la luz su denuncia y la detención de mi padre y del t eam principal por presuntos abusos sexuales hacia varias menores, entre ellas Olsen, cuando tan solo contaba con diecisiete años.

—Hola, Emily.

—Hola —susurra entre dientes, con un atisbo de timidez .

Sé que no es el mejor momento para hablar con ella, cuando llevo varias copas encima, pero soy consciente de que tendría que haberlo hecho mucho antes. Cuanto más tiempo lo posponga, peor será.

Un silencio espeso inunda la cabina metálica. Abro la boca para hablar, pero las palabras se enroscan en un nudo en mi pecho. Trago saliva y me humedezco los labios antes de lanzarme:

—Oye, Emily —digo al fin.

—Alessio, quería… —habla al mismo tiempo.

Ambos sonreímos.

Hace un ademán con la mano para que empiece yo cuando las puertas del ascensor se abren y salimos en la misma planta.

—Quería pedirte disculpas por todo lo que has pasado —afirmo, intentando encontrar las palabras adecuadas—. No solo por todo lo que sufriste con mi padre y con Ferrara, sino también por no haberme acercado a hablar contigo antes. Eres una compañera y…

—¿Me crees? —balbucea, con un cariz de desconcierto en su cara.

Su pregunta me desarma, pues no sé qué significa.

Doy por hecho que todas las acusaciones son reales, incluso sin haberse celebrado todavía el juicio que está programado para dentro de unas semanas.

No solo la creo por mis recuerdos de la infancia —aquellos de la fiesta y de otros que van surgiendo con el tiempo—, sino por la confesión de Daniela el día de su cumpleaños y por el comportamiento misógino que ambos hombres han mantenido durante años con respecto a las mujeres.

—¿A qué te refieres? Claro que te creo. ¿Por qué no iba a hacerlo?

Emily resopla y se agarra el codo con la mano contraria .

—Es difícil que alguien dé por bueno tu testimonio cuando quienes han causado los hechos son dos hombres con mucha reputación en el mundo del automovilismo y tú eres una mujer.

No conozco lo suficiente a la piloto como para saberlo, pero, por lo que puedo entrever en sus ojos, sé que dice la verdad.

—Mira, Emily... No sé hasta qué punto contarte esto —afirmo, rascándome la cabeza—, pero yo viví un infierno con mi padre cuando era pequeño y sé lo que es que nadie te crea cuando eres solo un crío y él un afamado piloto de Fórmula 1.

Ella abre los ojos de par en par y se pone rígida.

—Lo siento. Lo siento de verdad. No sabía que…

—Además, mi chica sufrió un episodio similar una noche y, gracias a tu testimonio, ella recordó todo lo que le había pasado —explico, temeroso de estar contando más de la cuenta, pero con la intención de quitarle un peso de encima a ella.

—¿Daniela? —pregunta, y un brillo se refleja en sus ojos—. La conocí una mañana en Mónaco. Es una chica estupenda y muy inteligente.

—Lo sé, es la mejor. —Esbozo una media sonrisa con nostalgia—. Aunque, después de todo lo que ha pasado, no sé en qué punto estamos ahora mismo.

Emily tuerce el gesto. Intuyo que está buscando las palabras adecuadas de ánimo, sin interceder demasiado en mi vida privada.

—Sé que todos estáis muy enfadados con lo que ha pasado, pero Lady Paddock recogió varios testimonios de víctimas para crear un caso. Yo tampoco sabía que se trataba de Camila, aunque, gracias a ella, tuve el valor suficiente para dar un paso adelante .

—Me alegro de que la verdad salga a la luz, pero… —carraspeo y me quedo absorto en un punto por encima de su hombro— ella hizo algo más que todo eso y, por su culpa, puede que haya perdido a Daniela para siempre.

—Volverá. Solo tienes que luchar un poquito más.

—Nunca dejaré de hacerlo.

Emily sonríe de manera complaciente. Amaga con girarse para dirigirse a su habitación, pero se da la vuelta en el último instante para decir:

—Eres un buen hombre, Alessio Santoro. Igual que Raffaele.

Mi abuela coincidió con él en alguna carrera y siempre decía que era todo un caballero.

En una ocasión, me llegó a confesar que tuvieron un breve romance antes de que él conociera a tu abuela —susurra esto último, mirando a lado y lado del pasillo, para constatar que no nos haya oído nadie.

—¿En serio? —Suelto una carcajada. Nunca pensé que hoy me iría a dormir con esta noticia bomba—. Vaya, vaya. Necesito saber más de esa historia. Tendrás que contármela algún día tomando un café.

—Trato hecho. Cuando acabe la temporada, un día os venís Daniela y tú a pasar unos días a mi casa de Tromsø. A esas alturas del invierno se podrán ver con claridad las auroras boreales.

Sonrío de manera educada, temiendo lo que nos depare el futuro después de la última carrera. Pero se le ven buenas intenciones, así que le agradezco la invitación.

Nos disponemos a despedirnos para irnos cada uno por lados opuestos del pasillo y, antes de girarme, le digo.

—Oye, Emily.

—Ajá.

—Espero que paguen por todo lo que os han hecho pasar a ti y a las otras chicas.

Emily no dice nada, pero asiente de manera contenida .

—Sé que pronto se celebrará el juicio… —continúo, temiendo decir algo equivocado, pero en este momento solo quiero que se haga justicia con ella y con las otras víctimas— y, aunque no tengo una máquina del tiempo para dar marcha atrás y borrar todo tu sufrimiento, hablaré con mi abogado para ver la manera de ayudarte en el caso.

—¿En serio harías eso por mí?

—Lo que sea por restaurar tu honor y, ya de paso, limpiar el apellido de mi abuelo.

—Él estaría muy orgulloso de ti.

—Eso espero —contesto, pensando en su legado—. Buenas noches, Emily.

—Buenas noches, Alessio.