Fórmula inesperada (Pasión en el Paddock 1) 41 #2
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Mi respiración se vuelve irregular y una punzada de ansiedad me atraviesa el pecho. Que revele su nombre o su cara no es algo tan relevante como el hecho de que anuncie el final de toda esta pesadilla.

Aun así, los acontecimientos vividos en las últimas semanas desfilan por mi mente como fotogramas en una vieja sala de cine: secretos desvelados en el peor momento, titulares incendiarios, silencios impuestos…

En la pantalla, una cuenta atrás comienza a descender.

Cuatro, tres, dos…

Un fundido a negro incrementa la tensión del ambiente. La euforia de las gradas se ha apagado por completo, como si estuviera en casa un domingo cualquiera viendo las carreras y bajara el volumen del televisor.

La pantalla parpadea y, acto seguido, enfoca la retransmisión en directo del circuito: las gradas repletas de espectadores ojipláticos, los boxes abarrotados, el podio vacío, la humedad que aún emana del asfalto…

La cámara realiza un barrido lento por todo el complejo hasta detenerse en nuestro grupo.

Reconozco a Alessio, a Markus, a Asher, a Leo en silla de ruedas. Will permanece a mi lado, con el rostro desencajado. Yo ni siquiera soy capaz de sostener el reflejo de la pantalla, porque no doy crédito a lo que está ocurriendo.

—Supongo que ya no tiene sentido seguir escondiéndome —continúa la voz en off .

La cámara hace un leve zoom sobre nosotros tres y el plano se cierra todavía más, hasta dejarnos fuera a todos, excepto a dos.

—Lady Paddock siempre ha estado más cerca de lo que creíais —continúa—. Observando. Escuchando. Esperando el momento adecuado.

Y entonces mi corazón se detiene cuando la veo.

Veo a mi amiga en carne y hueso, a mi lado. No es una imagen de archivo, ni una captura de sus redes sociales. Lleva la misma ropa, el mismo gesto tenso, la misma respiración contenida.

—Jo-der —masculla Asher.

Los chicos se giran al unísono para mirarla. Yo me he quedado congelada, incapaz de alzar la vista, pero sé que ella recorre con los ojos al grupo de pilotos que la observan con una mezcla de desconcierto y horror.

Cuando al fin se detiene en nosotros, puedo ver su rostro aterrorizado: los labios temblorosos, las manos agitadas y las piernas a punto de fallarle. Amaga con decir algo, pero las palabras se le quedan atrapadas en la garganta.

Camila, mi única amiga, la que me ha tratado casi como una hermana…

No puede ser. Ella no.

—Chicos… —balbucea con un hilo de voz—. Dejad que me explique, por favor.

El silencio es tan espeso que duele.

—Esto tiene que ser un montaje —exclama Leo—. Camila Isabela García, dinos ahora mismo que todo lo que están diciendo es mentira.

Ella agacha la cabeza, sin confirmar ni desmentir nada. El mundo se para unos segundos que se antojan eternos.

—Yo… —susurra—. Yo empecé la cuenta de Lady Paddock, sí .

Siento cómo algo se rompe dentro de mí con un crujido silencioso. Pero no se trata de rabia, ni de miedo, es traición.

—No me lo puedo creer —grita Markus, apretando los dientes.

—Al principio fue algo inocente, para animar el ambiente —continúa Camila—. Pero hace unas semanas me robaron el bolso. Tenía todo dentro, incluido el móvil y el ordenador.

Reconozco la historia. Es la misma que nos contó en el hospital. Y ya no sé qué creer.

—Quise cerrar la cuenta cuando alguien filtró lo vuestro —añade, señalando a su hermano y a Will—, pero ya era demasiado tarde. Alguien había hackeado mi perfil y empezaron a publicar cosas horribles sobre todos vosotros. Intenté contároslo varias veces, pero luego ocurrió el accidente y…

Los latidos de mi corazón ya no son un mero aleteo; se han transformado en mazazos que me martillean todo el pecho. Ya no distingo entre realidad y ficción, entre amistad y traición. Todo esto me queda demasiado grande. Yo no pertenezco a este mundo. Nunca debí salir del taller de mi padre.

Camila me mira con arrepentimiento, pero yo solo puedo fijar la vista en la puerta de salida del garaje. Solo pienso en huir, en correr lejos y largarme de aquí.

—¡Daniela! —me grita alguien por detrás.

Yo ya no escucho. No sé en qué momento mis pies han obedecido a mis propios impulsos y me han sacado del garaje, cruzando el paddock , rodeando el motorhome de McKenzie hasta llegar al aparcamiento exterior.

Me detengo unos segundos para coger aire, para asimilar lo ocurrido, pero alguien me intercepta. Al girarme, me encuentro con un micrófono a escasos centímetros del rostro y una cámara demasiado cerca .

—Daniela Serra —me acorrala una periodista con ganas de carnaza—, ¿te sientes traicionada tras revelarse la identidad de Lady Paddock? ¿Qué opinas de que alguien cercano haya hecho pública tu relación con el piloto Alessio Santoro?

—No… —niego con la cabeza—. No tengo nada que decir. Dejadme en paz.

Echo a correr, pero la periodista y el cámara me pisan los talones, insistiendo.

—¿Crees que Santoro ha iniciado esta relación contigo por despecho tras su ruptura con la modelo Irina Sokolova?

Las lágrimas me nublan la vista. Ya no sé dónde esconderme. Veo de reojo cómo otra pareja de reporteros se aproxima corriendo, lanzando preguntas que apenas consigo procesar.

No puedo más. No aguanto este acoso. Me falta el aire. Creo que estoy a punto de desmayarme.

—¡Daniela, sube! —me grita alguien que detiene su coche de manera brusca frente a mí.

Reconozco a Andrea al volante. Durante unos segundos, no soy capaz de pensar con claridad. Ya no sé de quién fiarme y de quién no.

—¡Corre! ¡Sube ya! —insiste, con el rostro desencajado.

No sé en qué momento obedezco. Lo último que recuerdo es desplomarme en el asiento del copiloto mientras Andrea acelera y sale del aparcamiento.

Después, todo se vuelve negro.