41
La gota que colma el vaso
Daniela
Austin, Texas, Estados Unidos
Circuito de las Américas
Mi estado de ánimo va mejorando por momentos, gracias, en parte, a la escapada que Alessio preparó para nosotros dos solos esta última semana. Hemos cruzado tres estados —Nevada, Arizona y Nuevo México— hasta llegar a Texas, donde este fin de semana está teniendo lugar el Circuito de las Américas.
Una de las ventajas de este trabajo es poder viajar alrededor del mundo y, aunque a veces solo visitamos los hoteles y los circuitos de cada país, siempre sacamos un huequecito para poder hacer este tipo de escapadas.
Echo de menos a Will y a Camila, con los que he descubierto nuevos destinos, pero, sin duda, hacerlo con Alessio y poder pasar más tiempo juntos era algo que necesitábamos después de la eclosión de noticias que amenazaban nuestra relación .
Además, en Estados Unidos, los pilotos de Fórmula 1 no son tan conocidos como en Europa, por lo que hemos podido dejar de lado el modo incógnito y perdernos por las infinitas carreteras del país.
Hoy es domingo de carrera y esta ya está llegando a su fin.
Desde que Alessio ha realizado un undercut a Sokolov cuando ha entrado en boxes para cambiar las gomas, el ambiente de las gradas se ha desatado, porque mi chico puede acabar esta carrera en el podio.
Solo quedan un par de vueltas para el final en una emocionante carrera en la que, si todo sale según lo previsto, Von Amsberg, el príncipe holandés, se hará con la primera posición, seguido de Markus y Alessio en tercer lugar.
Cuando el comisario agita la bandera a cuadros, la euforia se desata en el garaje de Rosa Nera.
A pesar de los últimos escándalos, el equipo está ahora más unido que nunca y se desvive por sobrevivir en el campeonato.
El ambiente en el paddock no se queda atrás, porque la crème de la crème de la alta sociedad texana y estadounidense se da cita para ver el espectáculo.
Incluso el actor Matthew McConaughey no se ha querido perder la carrera en su estado natal.
Estamos acabando de recabar los últimos datos cuando dos rostros familiares se asoman por el garaje. Al principio no los he reconocido, pues todos los mecánicos y el equipo técnico han saltado a saludar al todavía piloto de nuestra escudería.
La cara de mi amiga Camila se hace un hueco entre ellos y corre hacia mí para saludarme, como si lleváramos años sin vernos.
—¡Dani! Cómo te he echado de menos, por favor —me susurra al oído mientras nos damos un caluroso abrazo.
—Y yo, amiga. Esto no es lo mismo sin ti.
—Oye, dejad un poco también para el resto —interviene Will, que lleva unas semanas medio deprimido y sé que la presencia de los García levantará un poco su ánimo .
—¿Cómo estáis? —pregunto mientras le tomo la mano y entrelazo nuestros dedos para sentirla más cerca.
Durante todo este tiempo ha sido casi como una hermana para mí, y perderla ha supuesto un golpe emocional difícil de encajar.
—Espero que Leo se esté recuperando poco a poco. Un tiempo en casa os irá bien.
—Pfff —resopla con hastío—. La casa de mis padres parece el camarote de los hermanos Marx.
Mi tía Guadalupe ha montado una tienda de campaña en el jardín de casa y cada día cocinan para un regimiento entero.
Si fuera por los vecinos, nos hubieran echado ya del barrio, pero mi hermano es una gran estrella del automovilismo y todos esperan poder sacarse fotos con él.
Will y yo nos reímos, y veo cómo este aprieta los dientes antes de preguntar:
—Cami, siento mucho que te enteraras por Lady Paddock de nuestra relación. Te lo quería haber contado, pero no era mi lugar. Tu hermano no me dejó y yo no quería interferir en vuestra relación.
Camila lo mira con los ojos bien abiertos y abre la boca para contestar, pero parece que prefiere cambiar sus palabras y se limita a contestar:
—Te ha echado mucho de menos. Sales mucho en nuestras conversaciones.
—¿En serio? ¿Ha estado hablando de mí?
Ella asiente y los tres nos giramos para contemplar a Leo, que se encuentra en una silla de ruedas en mitad del box.
—Vamos a saludarlo —lo animo a que me siga, pues lleva un buen rato dudando y necesita un empujoncito que lo lleve hasta él.
—Hola, Leo —me inclino para abrazarlo—. Me alegro de verte; te hemos echado en falta por aquí .
—Gracias, Dani —dice con una cierta timidez.
Es bastante hermético e imagino que está sobrepasado por la situación. Esta debería haber sido su carrera, la que corriera en casa. Y, sin embargo, ahí está postrado, con una pierna rota, sin poder competir durante un tiempo.
—Hola, Will.
Ambos se saludan con un choque de manos, más propio de dos colegas que de dos amantes que han estado escondiéndose en la intimidad.
Me da lástima verlos así y espero que, en algún momento, tengan la oportunidad de verse en privado y aclarar sus sentimientos.
Si llevar mi relación con Alessio se ha convertido en una auténtica montaña rusa emocional, no me quiero imaginar lo que supone que dos hombres lo hayan llevado tanto tiempo en secreto.
Atisbo a mi chico acercarse a lo lejos, con su pequeño trofeo de titanio, caminando exultante hacia el box.
Viene todo sudoroso, sacudiéndose la cabeza, y me dedica una sonrisa eufórica, sabiendo que solo tiene ojos para mí.
Pero cuando pone un pie en el garaje, se da cuenta de quiénes nos han venido a visitar y, antes de nada, se dirige hacia su compañero:
—¡Hombre! Los mellizos García. Qué alegría veros por aquí.
—Santoro, contigo quería yo hablar—exclama el americano, intentando levantarse de la silla, pero Alessio lo sujeta por los brazos y lo alienta a sentarse de nuevo.
—Eh, no quieras correr. Sé que algún día te gustaría llegar a ser tan buen piloto como yo, pero no con el fémur roto —bromea y provoca una carcajada general en el grupo.
—No tienes remedio, compañero —sacude la cabeza y su semblante se torna más serio—. Oye, tío. No he tenido la oportunidad de darte las gracias por todo lo que hiciste por mí. Me salvaste la vida y no hay palabras suficientes para agradecértelo .
—Palabras no, pero comida de sobra para un país mediano, la que queráis —añade Camila, rompiendo el tono formal que se ha instalado en el ambiente y provocando las risas del grupo—.
Mi tía Guadalupe está preparando un pastel de merengue que está para chuparse los dedos.
Dice que estáis todos invitados a cenar esta noche en casa.
—Dime que también ha hecho tacos —añade Alessio—. Estaba esperando al Gran Premio de México para devorarlos junto a una michelada, pero, viniendo de vuestra familia, seguro que están mucho mejor.
Los mellizos relatan, entre risas, las virtudes de la gastronomía familiar de los García y de esas recetas secretas que pasan de generación en generación como si fueran secretos de Estado.
Basta con que alguien mencione la palabra «comida» para que Asher se acerque, atraído por la conversación, y Markus no tarda en seguirlo para saludar a Leo con una palmada en la espalda y lanzar una mirada cómplice a Camila que soy incapaz de descifrar.
Alessio me guiña un ojo. Es un gesto breve, casi imperceptible que solo noto yo, pero suficiente para transmitirme la promesa silenciosa de que, más tarde, cuando todo esto termine, volveremos al hotel y nos perderemos entre las sábanas para seguir recordando nuestro viaje en carretera.
Mientras las bromas de Asher calientan el ambiente, yo me mantengo en un segundo plano, observándolos a todos. Y, entonces, lo siento: un pellizco en mi interior que me recorre todo el cuerpo.
Por fin puedo decir que hemos creado algo parecido a una familia.
Que, poco a poco, la buena sintonía que se había resquebrajado en las últimas semanas empieza a recomponerse.
Ya no hay tensiones en el ambiente ni silencios incómodos.
Solo risas, miradas cómplices y una sensación de verdadero hogar en mitad del caos que solemos vivir en el paddock .
Pensar que estas personas, que hace menos de un año eran unas completas desconocidas, se han convertido en piezas indispensables de mi vida consigue que el corazón se me ablande por un instante.
Por primera vez desde que empecé esta aventura, siento que todo está bien.
Que el círculo se ha cerrado. Que he encontrado mi sitio.
Y justo entonces, como si el destino tuviera otros planes y no tolerara demasiada calma, un estruendo irrumpe desde las pantallas del circuito.
Las risas se apagan. Las conversaciones se cortan en seco.
Todos nos giramos al unísono para mirar las imágenes que empiezan a retransmitirse, sin saber aún que este instante de paz acaba de llegar a su fin.
Una voz femenina en off , con un impostado deje aristocrático, comienza a leer en voz alta las publicaciones que Lady Paddock ha difundido durante los últimos meses.
En la pantalla se suceden recortes de periódicos, fragmentos de ruedas de prensa, declaraciones sacadas de contexto y un sinfín de titulares relacionados con la persona que ha causado tanto daño a mi grupo de amigos.
Las viejas pesadillas resurgen de nuevo y, en este instante, intuyo que algo catastrófico está a punto de suceder.
—¿Qué coño es todo esto? —exclama Will, incapaz de apartar la mirada de las imágenes parpadeantes.
Camila se tensa a mi lado mientras los chicos adoptan expresiones de fastidio y desconcierto, molestos por lo inoportuno del momento.
—Hoy me despido de todos vosotros, al igual que de la Fórmula 1 —anuncia la narradora con una calma calculada—. Así que, antes de irme, quiero haceros un último regalo: desvelaros mi identidad.
—¿Qué cojones…? —maldice Asher .
—Esto tiene que ser una puta broma —añade Alessio, con la mandíbula apretada.
—Shhh, callaos —ordena Leo, sin apartar los ojos de la pantalla—. Por fin podremos ponerle cara a esa rata de alcantarilla.