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Con el corazón en un puño
Daniela
Lieja, Bélgica
Hospital Universitario de Lieja
Llevamos más de dos horas en la sala de espera del hospital al que han trasladado a Alessio y Leo. Mi estado de ánimo ha pasado por todas las fases: desde el shock inicial mientras veía el accidente por los monitores del box hasta la inquietud y la congoja que nos ha acompañado todo el camino.
Camila recorre los pasillos de este inhóspito centro médico, donde la peste a antiséptico se cuela por todos los rincones hasta provocarme ganas de vomitar.
Pero no es solo el hedor el que me provoca este mareo, sino la falta de noticias que hace que los presentes estemos más agitados que de costumbre.
Giorgio lleva un buen rato pegado al móvil, tratando de lidiar con los patrocinadores mientras Andrea, que ha asumido de forma temporal las funciones de t eam principal desde que detuvieron a Ferrara, hace lo propio con los comisarios de la FIA para tratar de esclarecer los sucesos del accidente y sus posibles consecuencias.
Mi amiga por fin se sienta a mi lado y resopla varias veces antes de sacar el móvil del bolso.
Ver el nombre de cada uno de los cincuenta y tres miembros de su familia reflejado en la pantalla la está sacando, más aún si cabe, de quicio.
El clan de los García no deja de crecer cada día, y todos esperan recibir noticias de primera mano sobre el estado de Leo desde distintos puntos del continente americano.
—No puedo más, os juro que no puedo coger una llamada más de cada una de mis tías —se queja, tratando de inspirar y respirar como si se dispusiera a controlar el estado de sus chacras en una clase de yoga—.
Somos una familia latina a la que, ya de por sí, le mueve bastante el drama.
Y, cuando pasa algo tan grave como lo de hoy, no aceptan que aún no tenga noticias. ¡Ojj! Otra vez Guadalupe no, por Dios.
—Todo irá bien —intento tranquilizarla, cogiéndola de la mano, aunque ni yo misma sé de dónde saco tanta serenidad—. Seguro que en breve nos dirán algo.
—Oye, Cami, ¿qué ha pasado con tu móvil? —pregunta Will, señalando el anticuado teléfono que lanza nuestra amiga encima de una mesita auxiliar.
Camila bufa de nuevo y sacude la cabeza.
—Me robaron el bolso hace unas semanas. Llevaba dentro el móvil y el portátil. La policía no ha podido dar aún con el ladrón.
—¡¿Qué dices?! ¿Y por qué no nos habías dicho nada?
Un gesto de disgusto se dibuja en su cara. Abre la boca para decir algo, pero parece que se arrepiente, pues la cierra de inmediato. Gime entre sollozos antes de balbucear:
—Han pasado… Han pasado demasiadas cosas estas semanas .
Will y yo nos miramos con preocupación. La realidad es que lleva unos días más triste de lo normal, con un semblante alicaído, como si algo le carcomiera por dentro. Algo atípico en ella, teniendo en cuenta que ilumina con su sola presencia la estancia cuando llega a algún lugar.
—Chicos, llevo unos días intentando contaros algo que ha pasado. —Agacha la cabeza y nos mira de reojo, como si le fuéramos a echar la bronca por todo con lo que está lidiando.
Tras unos segundos, alza el mentón de nuevo para continuar, pero sus ojos cristalinos evidencian que está a punto de romper a llorar.
—Ey, Cami. No pasa nada —la consuelo, pasando el brazo por sus hombros para atraerla hacia mí—. Leo se va a poner bien, ya lo verás…
—No es solo eso, es que… —se desgañita sobre mi hombro—. He hecho algo horrible y me vais a odiar. Soy lo peor…
—Ni se te ocurra decir eso —le interrumpe Will, uniéndose a nuestro abrazo—. Hemos formado una pequeña familia y aquí estamos para apoyarnos los unos a los otros cuando haga falta.
—No os merezco. A ninguno de los dos. Leo también me va a odiar cuando despierte. Si es que a estas alturas lo hace…
—¡Familiares de Leonardo García! —advierte una voz grave que entra a la sala de espera.
Los tres nos levantamos de golpe. Giorgio y Andrea también se unen a nosotros.
—Soy su hermana melliza. ¿Cómo está, doctor? ¿Se va a poner bien?
—Leo ha sufrido algunas complicaciones, pero en estos momentos se encuentra estable.
Hemos tenido que operarlo de urgencia. Tiene el fémur derecho fracturado y alguna lesión interna —informa con una voz serena—.
No le voy a mentir, señorita García. Le llevará un tiempo recuperarse, pero saldrá de esta.
Nadie dice una palabra, nadie respira. Aunque todos sentimos un cierto alivio cuando el médico no pronuncia las palabras malditas. Esas que hubieran presagiado lo peor.
—Gracias —se limita a decir Camila, que se coge a mi brazo y la noto temblar.
Will también lanza una bocanada de oxígeno, soltando el lastre que lleva en su espalda desde que todo explotó por los aires.
—En cuanto a Alessio Santoro —continúa el médico—, ya está fuera de peligro. Ha tenido una pequeña conmoción al golpearse la cabeza contra el asfalto, pero no ha sido nada grave. Ya podéis pasar a verlo. No hacía más que repetir que quería ver a Daniela, su novia.
Una lágrima se desliza por mi mejilla y los latidos de mi corazón vuelven a palpitar a su cadencia habitual. Doy gracias al sentir a Will sujetarme por detrás para evitar perder el equilibrio tras horas de incertidumbre.
Alzo la cabeza para encontrarme con Giorgio y Andrea, que asienten con la cabeza para que pase a verlo primero. Su «novia». Me ha llamado así delante de todos, en un apelativo que me enternece y me aterra a partes iguales.
Sigo al doctor con paso firme y, al entrar en la habitación, oigo a Alessio hablando por teléfono con su madre. Le asegura que se encuentra en perfecto estado y, al verme, se excusa y cuelga con la llegada del médico para examinarlo.
Intento sonreír al verlo despierto, pero las lágrimas no me dejan mostrar un ápice de felicidad. He estado a punto de perderlo. He estado a punto de perder a alguien que, hasta hace unos meses, no sabía que necesitaba tanto en mi vida.
Me lanzo a abrazarlo sobre la cama y deja escapar un ligero gruñido de dolor .
—Cerebrito, yo también me alegro mucho de verte, pero ve con cuidado, no sea que tenga que quedarme más tiempo en el hospital.
—Te quiero. Te quiero muchísimo, Ale —expreso al fin las palabras que llevaba días guardando mientras le beso en cada rincón de la cara.
Esta vez no hay dudas, no hay temor a manifestar lo que siento, porque las palabras fluyen solas, motivadas por un temor irrefrenable a perderlo. No hay mejor manera de confesar lo que uno siente que cuando la vida te da un ultimátum.
—Yo también te quiero, pequeña.
—Pensé que te perdía, que algo malo te había pasado y que no volvería a verte.
—¿Tú crees que me voy a ir de aquí sin darte esto?
Envuelve mi cara con sus manos y se acerca para besar mis labios.
Saboreo hasta el último rincón de su lengua, como si fuera lo último que fuéramos a hacer en la vida.
En este momento solo pienso en cuidarlo y protegerlo de cualquier amenaza exterior, como sé que él haría conmigo.
Entre nosotros existe un vínculo único e indestructible, imposible de romper por nada ni nadie.
Una voz a nuestra espalda carraspea y salto del respingo.
—Parejita, comportaos, que estamos en un hospital, no en el jacuzzi de su casa en Ibiza —se mofa Asher, señalando con el dedo a Markus, que viene detrás.
—¡Qué idiotas sois! —apunta Alessio, sacudiendo la cabeza.
—Oye, a mí no me insultes, que estábamos muy preocupados por ti —lo abronca el suizo—. He tenido que dejar a la prensa colgada por venir corriendo a verte.
Me aparto para que los chicos abracen a Alessio y le den una palmadita en la espalda, ese gesto tan sencillo con el que el género masculino se conforma para demostrar que todo va bien.
—No es que eso te suponga un problema, colega. Son una panda de buitres. Están deseosos de buscar carroña —apunta mi chico—. Desde que esa loca chismosa del paddock está en activo, no han dejado de echar mierda por todas partes.
—Pues no sabes la última que acaba de soltar —exclama Miller, mirando la pantalla del móvil. Abre mucho la boca para luego estallar en una carcajada—. ¡Vaya, vaya! Qué calladito se lo tenían los rusos.
Los tres nos quedamos en silencio, a la espera de que Asher siga hablando, pero él sigue haciendo scroll en la pantalla para leer los comentarios.
—¿Quieres soltarlo ya, capullo? —le riñe Markus, dándole un capón en la cabeza.
—Vale, vale, no te pongas así —refunfuña el inglés, acariciándose el cogote del dolor—.
Lady Paddock dice, y cito textualmente: «Cuando más primo, más me arrimo, dice el refrán.
Parece que el piloto Vladislav Sokolov y la modelo Irina Sokolova no comparten sangre, pero sí cama.
Al parecer Irina es adoptada y solo cuando han sido mayores han reconocido su amor.
Esto deja a Alessio Santoro, con el que la rusa había anunciado un compromiso, soltero.
¿O tal vez no? ¿Y el piloto italiano ha encontrado un nuevo amor? Seguiremos informando».
Mis piernas comienzan a temblar ante sus palabras.
Tal y como lo dice, estoy segura de que nuestra relación está a punto de hacerse pública.
El accidente de hoy no ha dejado lugar a dudas, sobre todo en el box, donde he entrado en estado de pánico ante la atenta mirada de todos los mecánicos e ingenieros del equipo.
Ya no hay ningún secreto, ya no hay vuelta atrás. No sé si estoy preparada para soportar todo lo que se me viene encima.
Alessio me lee el pensamiento, me agarra de la mano y tira de mí hasta tumbarme a su lado para envolverme entre sus brazos.
—Todo irá bien mientras estemos juntos —me susurra al oído con una voz dulce—. No tienes nada a lo que temer, pequeña.
Estudio a los tres hombres que se encuentran en la habitación bromeando, como si no estuvieran preocupados por lo que esta persona está provocando en todos nosotros. Quizá sea que estén más acostumbrados a ello, o puede que no den tanta importancia a los rumores.
Aun así, son muchos los secretos que está desvelando y temo que, si no le paran los pies a tiempo, podría provocar mucho daño a las personas que acusa directamente.
En la última semana, el tipo de publicaciones ha traspasado de puros cotilleos de instituto a la revelación de información privada que ha perjudicado la vida personal y profesional de algunos de mis amigos y compañeros de equipo.
Sigo inmersa en mis cavilaciones cuando el móvil vibra en mi bolsillo. Lo saco para consultar la notificación mientras Asher está retransmitiendo el momento en el que Alessio ha salido del coche para lanzarse a socorrer a su compañero. Dice que será su héroe a partir de ahora.
Reprimo una sonrisa, porque si alguien puede desviarnos de nuestros pensamientos es él. Pero mi intento por ver un resquicio de luz se elimina de un plumazo cuando leo la siguiente publicación:
Lady Paddock ♥️
En efecto, Alessio Santoro ya no llora más la pérdida de su amada Irina, de la que me consta que sigue locamente enamorado.
Por el contrario, ha preferido bajar varios escalones en su estatus social para conformarse con la becaria de Rosa Nera, una joven tan insulsa como aburrida, como despecho.
Mis queridos paddockers , hagan sus apuestas.
Yo no les doy más de un mes. Después, Santoro volverá a ser el Casanova de siempre.