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La peor pesadilla
Alessio
Spa, Bélgica
Circuito de Spa-Francorchamps
Los ánimos están caldeados desde que la presunta relación entre Leo y Lakowe salió a la luz.
La prensa no deja de acecharnos y nos hemos recluido unos días más en Italia, hasta que no nos ha quedado más remedio que viajar a Spa el viernes para disputar los entrenamientos libres de la carrera de este fin de semana.
El equipo de Relaciones Públicas nos ha pedido silencio en caso de que algún periodista nos contacte para recoger testimonios de los últimos escándalos y, mientras tanto, seguimos trabajando para mantener los resultados de cara al final de la temporada.
El himno nacional belga suena por los altavoces de la mano de un excéntrico cantante que lleva una infinita capa en la espalda con los colores de la bandera del país .
No hay domingo en el que el espectáculo no esté servido en este deporte.
Estudio a mis rivales mientras suena la melodía, y todos ellos agachan la cabeza como respeto al país que nos acoge.
Asher bromea de extranjis con Emily, a la que llevo sin ver desde que su caso salió a la luz.
Creo que debería ir a hablar con ella. En cierta manera, me siento responsable de la actitud y el comportamiento de mi padre y creo que tengo que pedirle disculpas o, al menos, tenderle una mano amiga que la apoye en estos momentos tan duros.
El único que levanta la cabeza es Vladislav Sokolov, que desvía la mirada desde el cielo hasta posarse en mis ojos y fulminarme.
Puede que sea el tío más ególatra y prepotente del paddock .
Me la tiene jurada desde que tuvimos un grave accidente en la final de karting con catorce años y, desde que se enteró de que salía con su prima, ese odio se extrapoló también al ámbito personal.
Al menos, eso es lo que me contaba Irina, que se encargó de hacer de mensajera cuando me dijo que su primo tenía pensado devolvérmela algún día.
No le tengo miedo, la verdad. Ni a él ni a su familia.
Aunque se rumorea que sus conexiones con la mafia rusa son las que le han llevado a estar donde está hoy.
Sacudo la cabeza de pensamientos intrusivos y trato de concentrarme en la carrera mientras la incesante lluvia nos cala hasta los huesos.
El himno nacional termina y deshacemos filas, como si fuéramos un tropel de soldados a punto de salir de las trincheras para declararle la guerra al enemigo.
Y no hay falta de verdad en ello. Cada carrera es una pequeña batalla para alcanzar la victoria en la contienda final, aunque, por suerte, algunos somos capaces de dejar la rivalidad en el asfalto y limar asperezas cuando la bandera a cuadros se agita al final de cada sesión .
En eso estoy pensando cuando tropiezo sin querer con Leo.
Le toco el hombro en señal de disculpa y lo observo con cara de lástima cuando da un manotazo al aire para restarle importancia.
He de reconocer que me porté como un capullo al principio y siento de verdad que su vida personal esté trascendiendo a los medios, sobre todo si se trata de una relación homosexual, tan mal vista en el deporte masculino de alta competición.
Varios patrocinadores han decidido retirarse y dejarán de financiar a Rosa Nera las últimas carreras. Al fin y al cabo, esta escudería es italiana y todavía vivimos en un país donde amar a alguien del mismo sexo sigue estando socialmente penalizado.
—Oye, Leo —vacilo, sin saber muy bien qué palabras escoger—. Solo quería decirte que siento mucho por lo que estás pasando en estos momentos.
—Ya… —contesta escueto sin comprender, porque es la primera vez que tenemos una conversación en estos términos.
—De verdad, nadie debería trataros así y mucho menos hacer escarnio público de una simple relación.
—Para ti es fácil decirlo, ¿verdad? —afirma, frustrado—. Incluso con todo lo que ha pasado con tu padre, al final siempre caes de pie, Santoro.
—Joder, García, no seas tan injusto —le reprocho, harto de tener que escuchar siempre las mismas mierdas. Como si mi vida fuera mucho más fácil a ojos de la prensa.
Quisiera seguir hablando con él para aclarar nuestros malentendidos y decirle que puede contar conmigo para lo que necesite. Pero los comisarios avisan de que faltan escasos minutos para el comienzo de la carrera y ninguno de los dos puede permitirse una distracción más.
Nos colocamos en la parrilla de salida y, en cuanto las luces del semáforo se apagan, piso el acelerador y gano un puesto tras la primera curva. La lluvia arrecia a medida que avanzan las vueltas y la visibilidad se vuelve prácticamente nula en cada curva y en cada piano.
La meteorología siempre da sorpresas en Spa, y esta no iba a ser la excepción. Observo por el retrovisor cómo dos monoplazas chocan y pierden parte de sus alerones traseros. Espero la previsible salida del safety car , que nunca llega.
Los coches entran y salen de boxes en una coreografía caótica, buscando el neumático adecuado para combatir una lluvia perniciosa que no da tregua.
Llego a la vuelta treinta con la respiración entrecortada y el corazón en la garganta.
Esta es una de las carreras más peligrosas del calendario, más aún cuando una cortina de agua se instala sobre la pista, dificultando avanzar posiciones, pero aun así no desisto.
Todavía no he pasado por boxes y he adelantado a casi todos mis rivales hasta colocarme en cabeza.
Pero eso no significa nada, porque, en cuanto escuche por la radio la orden de entrar a cambiar las gomas, volveré a mi posición original.
Aun así, sigo empujando y consigo adelantar a Leo que, para mi sorpresa, está firmando una carrera magistral. Arriesgada, sí, quizá demasiado. Solo espero que esté pilotando con la cabeza y no con la necesidad de callar a los periodistas que ya dan por acabada su carrera.
De pronto, veo cómo un monoplaza negro intenta arrebatarnos la delantera.
Lo identifico enseguida. Es Sokolov, que viene lanzado, decidido a recuperar la primera posición.
Lo noto incluso antes de verlo con claridad.
El rugido de su motor se cuela entre el estruendo de la lluvia y el golpeteo constante del agua contra el casco me aturde la cabeza, descentrándome de mi cometido principal.
En la siguiente curva, el ruso se lanza por el interior en una maniobra agresiva, tan arriesgada como innecesaria con esta tempestad. El asfalto está empapado, se ha formado una auténtica piscina sobre la pista y la visibilidad se reduce casi a cero en todo el trazado.
No hay espacio. Ni un centímetro de margen. Y, aun así, lo intenta.
Y es en este preciso instante cuando sé que ha venido a cobrarse su venganza.
Freno de golpe para evitar un mal mayor. Pero freno tarde. Y él también.
Siento el primer golpe seco en el lateral. El monoplaza pierde estabilidad, la fibra de carbono retiembla y, durante una fracción de segundo, el mundo gira deprisa. Demasiado deprisa.
Intento corregir, pero el agua convierte cualquier movimiento en una ruleta rusa en la que es imposible saber si saldremos ilesos.
Y entonces todo se vuelve borroso. Descontrolado.
El coche de Sokolov rebota y sale despedido hacia el exterior de la pista, pero en su trayectoria arrastra a Leo, que venía justo detrás de nosotros. Veo un fogonazo rojo antes de que el impacto lo envíe directo contra las protecciones y solo puedo gritar:
—¡No! ¡Noooo! —reprimo un gemido dentro del casco.
El volante se bloquea cuando intento virar, y el coche se desliza sin control hasta quedar atravesado en la pista. El motor se cala. El silencio posterior es tan brutal como el estruendo previo.
—¡Bandera roja! ¡Bandera roja! —resuena por la radio en un cúmulo de voces que me llegan ya demasiado lejanas.
El corazón se me acelera, las piernas me tiemblan y solo puedo pensar en Daniela. Ella es la única persona por la que dejaría este deporte de riesgo si me lo pidiera.
Giro la cabeza y veo a Sokolov a lo lejos golpeando el volante. El cabronazo ha conseguido salir casi indemne y airoso de la situación que él mismo ha provocado. Por el contrario, más adelante, distingo un monoplaza destrozado y una idea me atraviesa la mente como un disparo.
—¡Leooo!
Sin pensarlo dos veces, me quito el arnés, el casco y el balaclava con torpeza, mientras la voz de Andrea se pierde por la radio preguntando si estoy bien.
No tengo tiempo de reaccionar. La lluvia me impide ver si los equipos de emergencia han llegado ya al lugar del accidente, así que echo a correr hacia el coche de Leo, que permanece inmóvil, sin el menor signo de movimiento en su interior.
El monoplaza está destrozado, incrustado contra las protecciones en una escena que me devuelve, sin permiso, a las imágenes en blanco y negro del accidente de mi abuelo. Me acerco un poco más y reparo en el halo torcido, en el frontal hundido, en la salvaje violencia del impacto.
—¡Santoro, atrás! ¡Vuelve al coche! ¡Los servicios médicos están de camino! —ordena una voz quebrada proveniente de algún punto indeterminado.
Pero no puedo detenerme. No puedo dejarlo ahí, malherido, inconsciente dentro del vehículo. Me subo al amasijo de hierro y fibra de carbono que hasta hace unos segundos era un coche, tiro de los arneses con desesperación y me introduzco en el reducido habitáculo para sujetarlo por los brazos.
—¡Vamos, Leo! —reprimo un grito contra su mono mientras consigo liberar el último anclaje—. ¡Despierta, joder!
El coche cruje bajo mis pies y, por el rabillo del ojo, distingo una pequeña llama brotando del motor. Maldigo por dentro. Pienso en Daniela, en Lakowe, en cómo deben de estar ahora mismo, y saco fuerzas de donde ya no quedan para dar el último impulso .
—¡Santoro, atrás! ¡Son órdenes directas! —escucho cada vez más cerca, mezclado con el ulular de una ambulancia que se aproxima.
Ignoro las órdenes que sé que me pasarán factura después. Pero no me importa. No cuando la vida de mi compañero está en juego.
Cuando por fin consigo sacarlo del cockpit , pierdo el equilibrio. Resbalamos, su peso cae sobre mí y me aplasta contra el asfalto en un golpe seco.
Siento el impacto en la espalda, en la cabeza, en el cuerpo entero. Las voces se multiplican a mi alrededor. Alguien intenta mantenerme despierto, pero las palabras se diluyen, se alejan.
—¡Santoro! ¿Estás bien?
No puedo responder. Ya no oigo las voces.
Todo se apaga, incluso el sonido de la lluvia al caer.
La pista desaparece.
Y todo se funde en negro. Tan negro como el cielo sobre el circuito de Spa.