Fórmula inesperada (Pasión en el Paddock 1) 36
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Calmar las aguas

Alessio

Milán, Italia

Apartamento de Alessio

Hace más de cuatro días que detuvieron a mi padre y a Domenico, y se puede decir que está siendo la semana más turbulenta de toda la temporada.

Los titulares de los principales medios deportivos se han hecho eco del FerraraGate y, aunque de momento las directrices oficiales de la escudería nos ordenan mantener silencio, es imposible no pensar que cada noticia publicada supone una palada más con la que cavar nuestra propia tumba.

Anoche me acosté después de leer la última publicación de Lady Paddock, en la que relataba la bronca monumental que sacudió el domingo la sede de Rosa Nera y que terminó en las manos.

Si los rumores no habían causado suficiente revuelo, añadía que yo había golpeado a mi padre y a mi jefe para defender el honor de una damisela en apuros.

Alabó mi actuación, asegurando que había sido un castigo bien merecido para quien abusa de su poder sobre los más débiles.

Los usuarios no perdieron tiempo en comentar que podría haber un romance entre la piloto Emily Olsen y yo, y defendieron mi actuación ensalzando mi figura.

Aurora ha tratado de sacar algo positivo de todo esto y el equipo de social media no ha tardado en lanzar memes anónimos presentándome como un héroe.

El pobre Giorgio Salvatore lleva unos días demasiado callado.

Con su edad pensaba ya retirarse viendo renacer a Rosa Nera, y ha resultado ser un total fiasco.

Siento una lástima tremenda por él y por mi abuelo, si es que nos está viendo desde algún lugar.

¡Qué bochorno, por favor! Recuerdo el espectáculo que dimos hace unos días y no me reconozco.

Soy consciente de que siempre he sido una persona muy impulsiva.

A veces me muevo más por estímulos viscerales que por actos racionales.

Pero, cuando se trataba de proteger a Daniela, habría hecho lo imposible por defenderla del mínimo daño que le pudieran ocasionar.

Así que anoche vinimos a mi apartamento de Milán. Aunque está en pleno centro de la ciudad, nos ofrece más privacidad que haberla llevado a Mónaco. He comprado comida para los próximos días. Necesito tiempo a solas con ella, una conversación pausada que nos devuelva la calma a ambos por igual.

Sigue martilleándome la cabeza mi confesión delante de la sede de Rosa Nera. Le dije que la quería en el momento más inapropiado. Y no porque no lo sienta —es más, me sorprendió a mí mismo la facilidad con la que salió de mis labios—, porque ese era realmente el sentimiento que profeso hacia ella.

Pero no quería asustarla, más si cabe después de todo lo que está pasando.

No quería forzarla a contestarme con lo mismo si no estaba preparada para confesarlo en aquel momento.

Quiero que nos demos tiempo, que vayamos poco a poco, sin prisa.

Saboreando cada momento a solas como lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.

—Buenos días —me dice mientras se despereza entre mis brazos, abriendo los ojillos poco a poco.

Llevo más de tres horas despierto, dándole vueltas a la cabeza y observándola mientras duerme de manera plácida.

—¿Has dormido algo? —me pregunta, dándome un beso en los labios.

—Algo, se podría decir.

Me acaricia la mejilla y se queda unos segundos contemplando mi gesto. Sonrío y ella me devuelve la sonrisa. Ojalá pudiéramos quedarnos debajo de las sábanas hasta el final de la temporada.

—Anoche te moviste mucho. No te quise despertar para no asustarte, pero parecía que estabas teniendo unas pesadillas horribles.

Las mismas que me persiguen desde que era un crío.

—Puede ser… —aclaro escueto. No quiero preocuparla más de lo que ya está—. La verdad es que es la primera noche que duermo algo desde lo del otro día. Gracias a ti.

Le doy un beso en el pelo y ella se acurruca un poco más dentro de mi regazo.

—Alessio…

—Dime, Cerebrito.

—Creo que tenemos que hablar de lo que pasó el domingo.

—Ajá —gesticulo intuyendo que ha llegado el momento de hablar del «te quiero» que se perdió en el aire entre todos los sucesos.

—¿Cómo estás?

—Ahora que estoy contigo, perfectamente.

—Ale, en serio. Lo que ha pasado con tu padre y Domenico es algo… muy grave .

—Lo sé, pero no podemos hacer más. Me han dicho que se encuentran a disposición judicial, a la espera de juicio.

Daniela se recuesta sobre la almohada, intentando buscar las palabras precisas.

—Me refiero a… los jueces harán su trabajo, claro está, pero tú… ¿cómo estás tú? Han detenido a tu padre y a nuestro jefe. ¡Es algo muy fuerte! Y te está salpicando a todos los niveles.

Resoplo y me llevo la mano a la cabeza para sacudirme el pelo. Alzo el mentón para mirarla y descubro un atisbo de dolor en sus ojos. Daría mi vida para que desapareciera y solo pudiera ver esa preciosa sonrisa dibujada en las comisuras de su boca.

—Estoy bien, no te preocupes —sentencio, dándole un beso en la mejilla—. Voy a preparar café.

Cuando me dispongo a levantarme, me agarra del brazo, me tira de nuevo sobre la cama y se sienta a horcajadas sobre mí.

—Oye, nena, no sabía que tenías ganas de marcha tan pronto por la mañana.

Un rubor asciende hasta sus mejillas y titubea antes de aclarar:

—No. Esto no tiene ningún tipo de connotación sexual —gruñe, señalando cómo mi erección nos da los buenos días por la mañana—.

Ale, para. Deja de esquivarme y háblame.

Quiero saber cómo te sientes, qué te preocupa.

Necesito que me digas qué pasa por esta cabecita para poder ayudarte.

Sé que… no tienes mucha gente con la que hablar de este tema y quiero estar aquí para ti cuando sientas la necesidad de abrirte con alguien.

No estoy muy acostumbrado a que me pregunten cómo me siento ni si necesito hablar de lo que pasa por mi mente.

Siempre he pensado que mi cabeza estaba rota, que mis padres habían contribuido a que ya no fuera capaz de sentir emociones positivas ni de comprender lo que significa que alguien esté a tu lado para caminar juntos, en los buenos y en los malos momentos.

Todas mis relaciones anteriores han sido superficiales. Sin embargo, con Dani estoy descubriendo una faceta totalmente desconocida para mí. Una que me llena de felicidad y me asusta a un nivel acojonante.

Si hoy me dicen que este año gano el campeonato mundial de pilotos, no me sentiría tan afortunado como al saber que esta mujer ha llegado a mi vida para sanarme.

—Si te digo la verdad, necesitaría el día entero para contarte todo lo que pasa en mi cabeza.

—Perfecto, tenemos tiempo.

—Lo sé, es solo que hay demasiadas cosas —explico, hundiendo los ojos en los recuerdos de toda una vida—. Tantas que sería imposible contártelas sin asustarte y que salieras corriendo.

—No me da miedo lo que tengas que decir.

Suelto todo el aire que tengo comprimido en el cuerpo y retiro las manos de sus muslos para envolver las suyas, que descansan sobre mi pecho.

—Dani, yo no he tenido una familia convencional como la tuya.

—Te recuerdo que mi situación familiar está lejos de ser perfecta.

—Lo sé, perdona —me disculpo sin querer ofenderla—.

Me refiero a que has nacido en una familia que te ha dado todo el amor y el cariño que una niña podría necesitar.

Cuando hablé en Barcelona con tu padre, sentí una profunda envidia sana de lo orgulloso que estaba de vosotros y del sentimiento de ternura que se reflejaba en sus ojos.

—Sí, mi padre es el mejor. Hemos vivido demasiadas cosas y, aun así, siempre ha estado ahí para darnos a mi hermano y a mí el poco tiempo libre que le sobraba.

Dibuja una media sonrisa y me llevo su mano a los labios para besarla.

—A eso me refiero —explico, tratando de empezar por el principio—. Yo fui un accidente al nacer. La consecuencia de una noche de desfase, alcohol y un condón caducado. Y mi vida no ha sido mucho mejor desde entonces.

Daniela abre mucho los ojos, como si lo que acabara de contarle fuera la mayor revelación de su vida.

—Lo dices como si no fueras un deportista de éxito internacional, un piloto con mucho futuro. Guapo a rabiar, aunque eso sí, un arrogante de manual —bromea, poniendo los ojos en blanco.

Suelto una carcajada por la manera en la que se expresa, pero sé que solo ella me ve así, mi chica.

«¿Mi chica? Qué bien suena».

—No te creas todo lo que ves por la tele, Cerebrito.

Ni te imaginarías la de actores, cantantes, empresarios, políticos…

gente de éxito que esconde sus miserias dentro de casa —alego, frunciendo el morro—.

Sin ir más lejos, mi propio padre. ¿Quién iba a decir que me despreció tanto de niño y ahora lo que más le gusta es intimar con menores?

¡Puaj, qué vergüenza! Me arrepiento tanto de llevar su apellido que me lo quitaría si no fuera por mi abuelo.

Me llevo las manos a la cabeza para masajearme las sienes. Daniela me escucha en silencio, paciente, sin juzgarme.

—Toda la vida estuve siguiendo sus estúpidas normas.

Todas sus reglas, los entrenamientos que me enfermaban del agotamiento.

Siempre quise buscar su aprobación. Pensaba que, haciendo todo lo que él me pedía, conseguiría que me prestara un mínimo de atención —aprieto los dientes, exasperado—.

Y al final resulta que era un mierda que no se merecía ni que le dirigiera la palabra .

—¿Y tú madre? ¿Dónde estaba? Nunca hablas de ella.

La miro en silencio, entrelazando nuestros dedos, tratando de buscar la manera de expresar mis sentimientos. Es la primera vez en mi vida que me abro con alguien de esta manera. Y me alegro de que sea ella.

—Crecí con el personal de servicio. Iba de una casa a otra cada semana, pero ellos ni siquiera estaban allí.

Cuando yo tenía cinco años, Ivana se mudó a Estados Unidos; después conoció a su marido y, desde entonces, vive allí —explico, y veo cómo el gesto de Daniela se va ensombreciendo—.

Solemos vernos una vez al año, como máximo.

—Ale, ¡eso es terrible! —exclama, llevándose las manos a la boca.

—Bueno, con el tiempo te acabas acostumbrando. La verdad es que siempre la culpé de todo, porque al menos mi padre se había quedado aquí, pero… hace un par de noches cené con ella. Tuvimos una conversación que se alargó hasta las tantas de la madrugada y lo vomitamos todo. Absolutamente todo.

»Me contó que intentó llevarme con ella varias veces, pero que mi padre la amenazó con no volver a verme nunca más.

Entonces ella tenía poco más de veintitrés años, no tenía familia que pudiera ayudarla y, antes de casarse, trabajó a destajo con la esperanza de recuperarme algún día.

Con los años, mi padre la convenció de que en Italia yo tendría una estabilidad y una carrera que ella no podría ofrecerme allí.

Y ahora que soy adulto, comprendo mejor por qué actuó así —razono, pasándome una mano por el pelo—.

Sé que nuestra relación nunca podrá recuperarse del todo, el daño ya está hecho, pero ya iba siendo hora de que tuviéramos la conversación que deberíamos haber tenido hace mucho tiempo.

—Joder, cariño, estás soportando demasiado sobre tus hombros —me dice, tumbándose sobre mí y rodeándome con sus diminutos brazos.

—Mmmm, cariño, me gusta que me llames así.

La rodeo con mi cuerpo y nos quedamos en esa posición durante varios minutos, reflexionando sobre la conversación que acabamos de tener. De manera inesperada, he soltado un lastre que llevaba demasiado tiempo sosteniendo y, poco a poco, voy sintiendo un alivio paulatino.

—Pase lo que pase, siempre estaré aquí para ti —manifiesta con unas palabras que me ablandan todo el cuerpo.

—Gracias, pequeña —le digo, apretándola más fuerte contra mí—. Creo que ya hemos hablado demasiado por hoy. Ahora toca…

—Sí, ya sé lo que toca —ríe, divertida, señalando a mi entrepierna—. Tu cosa de ahí no ha dejado de reclamar atención desde que estoy encima.

—Me refería a que toca tomarnos el café —sonrío, travieso, y le doy un cachetazo en el culo.

—Ya, seguro… —refunfuña.

—Pero que no te quepa duda de que hoy no salimos de la cama en todo el día.

Me pongo un pantalón de pijama para ir a preparar el desayuno a la cocina, pero, antes de salir por la puerta, Daniela me detiene con sus palabras:

—Oye, Casanova.

—¿Sí, Cerebrito?

Se queda unos segundos pensativa y abre la boca para decir algo, pero parece que en el último momento se arrepiente y, al final, dice:

—Te… Te… Te agradezco que te hayas abierto así conmigo.