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Una victoria agridulce
Daniela
Bérgamo, Italia
Sede central de la escudería Rosa Nera
Llevo un buen rato en el servicio, escondida en uno de los cubículos, evitando a cualquier persona que quiera venir a hablarme de la última noticia que Lady Paddock acaba de soltar para hacer estallar cualquier remanso de paz que pudiera existir en este deporte.
Y debería estar ahí fuera celebrando la victoria de Alessio, de un modo discreto, puesto que ahora lo que menos nos apetece es que lo que sea que esté pasando entre nosotros acabe siendo la comidilla de la opinión pública.
En cuanto el comisario ha bajado la bandera a cuadros para dictar el final de la carrera, una notificación de un mensaje privado ha llegado a mi móvil para avisarme de la próxima noticia que estaba a punto de publicarse .
Desconozco por qué me han avisado antes a mí, pero un fogonazo con los recuerdos de la fiesta en mi cumpleaños o la conversación con Emily Olsen en Mónaco han despertado todas mis alarmas.
¿Será ella la persona que esté detrás de la cuenta? Podría tener una coartada perfecta al haber estado dentro del monoplaza en ese momento, aunque todo el mundo sabe que esos mensajes se pueden programar. Incluso puede haber tenido un cómplice ayudándola.
Visto de otra manera, puede que, después de la revelación, su carrera se vea dañada, aun siendo la víctima de todo esto.
Me pregunto cómo estará ella gestionando el tema.
Además de Alessio, de quien me consta, por los comentarios en redes sociales, que se ha enterado de ello en la rueda de prensa poscarrera.
Necesito encontrarlo y preguntarle cómo está.
O simplemente estar a su lado. Pero lo que más pánico me da es su reacción al saber que fui testigo de cómo su padre mantenía relaciones con chicas menores el día que me encontró aturdida en la fiesta; que lo he sabido todo este tiempo y no he dicho nada.
Espero que todo esto no sea el fin de nuestra relación o de lo que sea que hayamos empezado.
Tras el pánico inicial, salgo del cubículo y me aplico un poco de agua en la nuca para comenzar a reaccionar.
Según abro la puerta, me doy de bruces con Will, que me pregunta si me encuentro bien.
Creo que la cara de fantasma que he visto reflejada en el espejo le habrá dado alguna pista de mi estado.
Me avisa de que Santoro me está buscando y de que ha ido al motorhome a ducharse antes de emprender la vuelta a la sede de Bérgamo, donde se ha convocado una reunión de urgencia.
Golpeo con suavidad la puerta de la pequeña habitación y esta se abre de inmediato, descubriendo a Alessio con el pelo húmedo y recién duchado .
—Joder, Dani, ¿dónde estabas? Estaba preocupado por ti.
Cierra la puerta tras de mí y me envuelve en un reconfortante abrazo. No nos movemos en un par de minutos y ninguno de los dos es capaz de decir nada, hasta que me separo y me penetra con la mirada.
—Lo… Lo siento —murmuro, y las lágrimas comienzan a desbordarse por mis mejillas.
—Ey, pequeña. ¿Qué te pasa?
—Lo siento… de verdad. Debería estar yo consolándote a ti y, en cambio, eres tú el que…
Me aprieta más fuerte contra su cuerpo y deposita un beso en mi cabeza.
—Dani, por favor. Dime que… Dime que, pase lo que pase con mi padre, no perderás la confianza en mí —me ruega con un gesto de preocupación—. Yo no soy como él. Me parecen repugnantes las acusaciones y, si todo eso es verdad, solo espero que pague por lo que ha hecho.
Me aparto de golpe, sin dar crédito a lo que está diciendo. Yo pensaba que se tomaría a mal lo que pasó en la fiesta y, sin embargo, piensa que soy yo la que va a juzgarlo por lo que ha hecho su padre.
—Ale, no, por favor. Para nada. Está claro que tú no tienes nada que ver con él ni con su comportamiento. Olvídate de eso. No vuelvas a pensar así jamás.
—¿Entonces…? ¿Por qué estás así?
Agacho la cabeza y suelto todo el oxígeno que llevo un buen rato conteniendo por dentro. No sé cómo se tomará lo que le voy a decir, pero creo que ha llegado el momento de confesar:
—¿Te acuerdas de la noche de mi cumpleaños?
—Claro, como para no …
—Esa noche no recordaba nada de lo que había pasado… Más o menos desde que fui al baño hasta que tú me encontraste y me llevaste a tu casa —explico, frotándome la nuca.
Alessio se tensa en cuanto oye mis palabras. Desde ese día me ha preguntado en varias ocasiones, de manera poco sutil, si había recordado algo. Y hasta ahora he estado evitando contarlo por miedo a su reacción.
—Daniela, ¿qué pasó esa noche? —pregunta visiblemente alterado—. Y ¿qué tiene que ver con la mierda que ha salido en internet hoy?
Aprieto los dientes y desvió la mirada hacia la ventana.
—Me costó unos cuantos días atar cabos, pero recuerdo que me perdí por los pasillos del club y di con un despacho vacío donde había un baño.
—Vale, ¿y… qué ocurrió después? —me urge, cogiéndome de los brazos.
—Cuando llegaron los flases de esa noche a mi memoria, recordé que, mientras estaba dentro del servicio, entraron dos hombres con tres chicas jóvenes al despacho.
Alessio se lleva las manos a la cara y echa la cabeza hacia atrás. Compone un gesto de angustia que evidencia que no necesita que le cuente más para descubrir la identidad de ambos. Sin embargo, sigo hablando:
—Domenico era uno de ellos, el que me reconoció enseguida y me llevó fuera del despacho —explico, tragando el nudo que se me ha creado en la garganta—. Allí…
—¿Allí qué, Daniela? Dime lo que pasó, por favor. ¿Te hicieron daño? ¿Se propasaron contigo? —Sus pupilas están tan dilatadas que creo que van a salirse de las cuencas en este instante—. Te juro que, como te haya hecho algo, lo mato ahora mismo .
Sacudo la cabeza, intentando restarle importancia al asunto, más como una manera de no enfadar tanto a Alessio que para confesar lo que ocurrió de verdad.
—Recuerdo que… Domenico me arrinconó, me levantó el vestido y me tocó la pierna. Después me amenazó con no contar nada o no volvería a trabajar en ninguna escudería.
Mis piernas tiemblan como un flan y, sin darme cuenta, llevo un buen rato llorando a lágrima viva.
Alessio está absorto, observando algún punto fijo de la habitación.
Me gustaría poder abrazarlo, refugiarme en su pecho para consolarme, pero temo que él me sugiera no contárselo a nadie o incluso me deje de hablar por lo que acabo de revelar.
—¿Quién era el otro hombre? —habla al fin con la voz temblorosa—. Dime que no era mi padre, por favor —suplica como un último halo de esperanza.
No respondo. No puedo. Porque una punzada de ansiedad me ha atravesado el cuerpo entero y soy incapaz de pronunciar una palabra más. Sin embargo, me limito a asentir con la cabeza y veo cómo una furia interior se desata dentro de él.
Toma todo el aire que puede en su cuerpo y lo expulsa de una sentada. Una chispa se refleja en sus ojos que está a punto de convulsionar en un incendio sin control.
Sin decir nada, Alessio me coge de la mano con firmeza, abre la puerta y me arrastra hasta el aparcamiento, donde se encuentra su coche. Abre la puerta del copiloto, me ordena entrar y rodea el capó para montarse y arrancar el motor.
No sé qué está pasando por su cabeza en estos momentos. No logro comprender si está furioso, decepcionado, lleno de ira… Tal vez esté percibiendo todas las emociones a la vez o, tal vez, no se crea lo que nadie está diciendo sobre su padre.
Cuando logro tranquilizarme, le pregunto:
—Ale… ¿estás bien ?
Me dedica una mirada impasible, pero no dice nada. Se limita a cogerme la mano y a mirarme con lástima.
La notificación de una llamada entrante hace que los dos peguemos un respingo. Él activa el manos libres sin demora y contesta:
—Alessio, ¿cuándo vas a venir? Ya están todos aquí —es la voz de Aurora, la jefa de Relaciones Públicas de Rosa Nera.
—En diez minutos —contesta firme y corta la llamada.
Miro por la ventana y reconozco el camino de vuelta a la sede de Bérgamo. Si el trayecto dura casi una hora desde el circuito, Alessio ha tardado la mitad, aunque a mí se me ha hecho una eternidad.
No hemos intercambiado ninguna palabra durante el trayecto. Ninguno de los dos ha abierto siquiera la boca. Aun así, yo necesito que me diga que está bien, que se enfade conmigo, que me diga que no quiere volver a verme más. Que diga algo, porque este maldito silencio me está matando.
Cuando aparcamos, apaga el motor y se queda unos segundos mirando al edificio. Después, se desabrocha el cinturón y, al final, dice:
—Lo siento… —su voz quebrada evidencia que está viviendo un infierno por dentro—. Lo siento de verdad. Sé que lo que te han hecho mi padre y Domenico hará que no me quieras hablar nunca más, pero solo quiero decirte que…
—No… No es culpa tuya —lo interrumpo antes de que siga hablando.
—¡Sí! Sí lo es. ¡Es mi padre, joder! —exclama en un tono de voz irritado—. Jamás les perdonaré en la vida lo que te han hecho.
Quiero dejar claro que él no tiene que pagar los platos rotos de su padre y que jamás se me ocurriría dejar de hablarle por ello.
Pero no llego a abrir la boca; se ha acercado al asiento del copiloto para abrazarme con su cuerpo, en un gesto que me hace sentir que, mientras esté entre sus brazos, todo irá bien.
Nos quedamos varios minutos en silencio, con su respiración entrecortada luchando por recuperar un ritmo normal, mientras mis lágrimas dejan de brotar, porque ya no queda ninguna más.
De pronto, afloja su agarre, me coge la cara y me da un beso en los labios. Un beso que suena a despedida. Un beso que temía que llegara. Por eso me sorprende cuanto dice:
—Te quiero, Dani. Te quiero más que a mi vida misma en este momento. Y te juro que acabaré con esos dos, aunque me cueste mi carrera deportiva.
No me puedo creer que esas dos palabras hayan salido de su boca cuando más lo necesito y, a la vez, en el momento más inapropiado.
Quiero contestarle que todo irá bien, que no tiene que emprender ninguna vendetta contra nadie, que el tiempo y la justicia se encargarán de ellos si llega el caso, pero la furia que contienen sus ojos se ha descontrolado hasta un nivel inesperado.
—Ale, no… —le ordeno mientras lo observo salir del coche, alterado.
—Dani, quédate aquí. No quiero verte cerca de ellos nunca más —me suplica—. No tardaré mucho en volver.
Mi instinto dice que algo malo va a ocurrir allí dentro, algo de lo que no habrá marcha atrás.
No puedo borrar el pasado, pero sí evitar que las cosas se tuerzan más en el futuro.
Aquella noche estaba él allí para sacarme del infierno y ahora quiero ser yo la que frustre su intento de acabar con su carrera como piloto.
Trato de alcanzarlo corriendo por el aparcamiento, pero es más ágil que yo y, en pocas zancadas, ya ha llegado hasta la puerta del edificio .
—Alessio, no, por favor —grito desde la entrada y agradezco que el vestíbulo esté desierto para no levantar más rumores en este momento.
Sigue corriendo por los pasillos hasta llegar a la entrada de la sala de conferencias, donde hay un reducido grupo de personas reunidas.
—¡Eres un hijo de la gran puta! —exclama Alessio, encolerizado, y le asesta un puñetazo en la cara a Domenico Ferrara, que no se espera la reacción del piloto y cae al suelo—. Te juro que te voy a hacer pagar por todo lo que le has hecho.
—¡Ay, Dios! —chilla Aurora a su lado, llevándose las manos a la boca.
Dos hombres se acercan hasta ellos para intentar separarlos. Con la conmoción del momento, no me he percatado de que uno de ellos es Massimo, el padre de Alessio, que ahora lo tiene cogido por los brazos para evitar que le pegue otra vez.
—¿Qué cojones te pasa en la cabeza, niñato? —le suelta Ferrara desde el suelo, tocándose el labio, que no deja de sangrar.
—¡Basta ya! —añade Massimo, interponiéndose entre ambos—. Alessio, ¿se puede saber por qué coño has hecho eso?
Observo a cámara lenta el momento en el que reconoce a su padre de frente y se abalanza sobre él para coserlo a puñetazos.
—Que alguien llame a la policía —clama una voz al fondo.
—¡No, por Dios! Es lo último que necesitamos ahora —contesta Aurora que, si ya tenía poco trabajo, este escándalo se sumará para acabar con la recién estrenada escudería.
Yo permanezco en un segundo plano, en un rincón de la sala, aturdida. No sé cómo reaccionar, no sé qué hacer para evitar que la escena vaya a peor, si es que todavía puede ir a más .
Miro a todos los presentes, pero nadie se fija en mí. Me siento pequeña, diminuta. Y, en este momento, solo quiero salir corriendo con Alessio para refugiarnos en nuestra pequeña cala de Ibiza, donde todo era un remanso de risas, caricias y tranquilidad.
Cuando pienso que las cosas no podían empeorar, siento un ligero empujón en la espalda. Al girarme y ver quiénes son, comprendo que, en efecto, las aguas pueden volverse mucho más turbulentas.
—¡Alto, Carabinieri!
Una decena de policías uniformados irrumpe en la sala de conferencias y temo, por un instante, que se lleven a Alessio esposado por el altercado que ha montado.
No puede ser. Lo van a arrestar por mi culpa. Va a tirar su carrera y su reputación por la borda. No me lo perdonaré jamás.
Alessio me mira. Yo lo miro a él y articula un «lo siento» con los labios.
Sin embargo, el hombre que se identifica como capitán alza la voz y exclama por fin:
—Domenico Ferrara, Massimo Santoro, quedan detenidos por la acusación de varios delitos de abusos sexuales y trata de menores.
Los Carabinieri comienzan a esposarlos y se los llevan detenidos sin dejarles margen de reacción.
En la sala, todos se quedan boquiabiertos, incapaces de asimilar lo que está ocurriendo. Si alguien en Rosa Nera creyó que esta iba a ser nuestra temporada, quizá no se equivocó, aunque fuera por motivos diversos.