Fórmula inesperada (Pasión en el Paddock 1) 34
72%

34

Alcanzar el paraíso

Alessio

Monza, Italia

Autódromo Nacional de Monza

Siento cómo la euforia me recorre todo el cuerpo. Quizá sea que, por primera vez en muchos años, la vida me sonríe y tengo miedo de que todo se esfume de un plumazo. Algo en mi intuición me dice que mi felicidad pende de un hilo y que no merezco sonreír más de un día seguido.

Así que, de momento aquí estoy, alzándome en el tercer puesto.

Es el primer podio que logro desde que he subido a la categoría reina y no podría estar más emocionado de hacerlo junto a mis dos mejores amigos, en casa.

Porque Monza siempre ha sido mi hogar y el lugar que anhelé conquistar desde que era un crío.

Desde lo más alto, nos embadurnamos con champán y, bajo la euforia de los asistentes, la prensa y el equipo técnico, me doy cuenta de que, por un momento, he alcanzado el paraíso.

La escudería de Markus, Morrison, acostumbrada siempre a ocupar la primera fila, ha tenido el bonito detalle de dejar un hueco a todo el equipo de Rosa Nera que, por primera vez, después de más de cuarenta años, celebra un podio desde que volvió a resurgir de sus cenizas en su nueva etapa.

Allí están todos celebrando el título: Andrea, Lakowe, el resto de mecánicos.

.. Estoy orgulloso de todo lo que hemos conseguido juntos.

Aunque, sin duda alguna, echo de menos la presencia de Daniela, que es quien ha estado ahí desde el principio y ahora ocupa la mayor parte de mis pensamientos a lo largo del día.

Asher y yo bajamos del podio para dejar a Markus celebrar su octava victoria del año. Estoy muy orgulloso de él, pero tengo ganas de llevar a mi chica a la habitación del hotel y celebrarlo con ella en el jacuzzi , sin la mirada indiscreta de la prensa.

La vuelta a la rutina ha sido más complicada de lo que esperaba y, aunque no nos hemos visto en tantas ocasiones como hubiese querido, solo estoy deseando verla en el box y besarla delante de todos para confesarle al mundo entero que no hay palabras suficientes para demostrar lo que siento por esa mujer.

Aunque, por ahora, me conformo con llevarla a un rincón apartado del motorhome , porque sé que todavía tenemos que llevar las cosas con calma y ella necesita que vayamos poco a poco para sortear el agobio de la prensa ante una nueva relación.

Sin embargo, mis ánimos se desinflan cuando en vez de verla a ella, me encuentro con otra mujer a la que llevo meses evitando. Sí, esa persona que, a pesar de que me dio la vida, se desentendió de mí en cuanto tuvo la menor oportunidad.

—Hola, hijo. Enhorabuena por tu victoria .

—Ivana, ¿qué haces aquí? —Esquivo el abrazo que intenta darme, me sacudo el pelo y dejo el casco en una repisa cercana.

Siempre he llamado a mis padres por su nombre.

Jamás les dije «mamá» y «papá», como hacían el resto de mis compañeros en el colegio.

Para mí siempre fueron Massimo e Ivana: un expiloto de carreras y una afamada modelo de pasarelas de origen esloveno que se quedó embarazada de rebote, tal y como han confesado en repetidas ocasiones sin ningún tipo de pudor.

—Te echaba de menos. No veía el momento de verte otra vez. Qué ilusión que haya sido en casa. —Esboza una sonrisa tímida, como si con ella pretendiera que la perdonara por todo lo que me ha hecho pasar.

—¿Casa? Hace mucho que te mudaste a Estados Unidos. Podrías haber venido al Gran Premio de Miami, pero seguro que tenías algo mejor que hacer.

—Era el cumpleaños de Charles. No podía perderme su día especial. Celebramos una fiesta en los Hampton y te mandé una invitación —exclama como si su agenda me importara una mierda.

Resoplo, hastiado de tener siempre la misma conversación con ella. Menos mal que se limita solo a un par de veces al año.

—Ivana, este es mi trabajo, y ganar carreras es más importante que acudir a una fiesta de multimillonarios a enseñar quién la tiene más gorda..., la cartera —matizo con doble sentido.

—Cariño, sé que no he sido la madre perfecta, pero he estado ahí siempre que lo has necesitado y nunca te ha faltado de nada.

«Excepto una madre y un padre que se comportaran como tal».

—No me hagas reír, por favor .

Doy un manotazo al aire y me dispongo a salir para buscar a Daniela, que no sé dónde se ha metido, pero mi madre me agarra por el brazo para evitar que me marche.

—No entiendo por qué a tu padre se lo perdonas todo y hasta le dejas ser tu mánager, pero a mí me castigas por los dos —protesta, con un gesto de irritación en la cara—. Lo siento, te he pedido disculpas mil veces. Apenas era una niña cuando te tuve y todo me vino demasiado grande.

Yo también era un niño sin culpa de nada, y aquí estamos. Aunque, si hay algo a lo que no le quito razón, es en su afirmación sobre mi padre. A pesar de cómo me trató él, de las humillaciones, de las malas palabras, al menos él nunca se mudó de país.

—A lo mejor porque, cuando yo nací, Massimo dejó de competir por mí para criarme —manifiesto, levantando la voz. No sé ni por qué intento excusarlo—. A su manera, lo sé, pero al menos me educó para que hoy fuera quien soy. Y no huyó como hiciste tú para priorizar tu carrera.

Según lo digo en voz alta, me arrepiento al instante, porque ni siquiera eso justifica los castigos físicos y psicológicos a los que me sometió durante mi infancia y adolescencia.

—¡Ja! ¿Que tu padre sacrificó su carrera por ti? —pregunta, y sus pupilas se dilatan al instante.

Me sorprende su reacción; aunque nunca hayamos formado un núcleo familiar entre los tres y ni siquiera ellos hayan sido pareja, creía que al menos había cosas que pensábamos conocer los unos de los otros.

—Sí, claro. Cuando yo nací, él dijo que dejó la Fórmula 1 por mí.

Mi madre permanece ojiplática, pero enseguida estalla en una carcajada.

—¿En serio te dijo eso? ¡Será mamonazo! —Se lleva la mano a la cara, pero la retira enseguida.

Aunque sea una modelo retirada, su vestuario y su maquillaje siempre están impecables y seguro que le da miedo estropear la máscara de pestañas—.

Tu padre tuvo una lesión de rodilla cuando yo estaba embarazada de ti y era tan paquete en el circuito que lo obligaron a retirarse.

Solo estaba ahí por apellidarse Santoro, que no te venga con milongas.

Mi respiración se entrecorta unos segundos al asimilar sus palabras. No me puedo creer que el muy capullo me haya tenido toda la vida viviendo bajo una mentira. Amenazándome con que tenía que llegar lejos, que él había sacrificado su carrera y su vida para que yo tuviera la mía.

De verdad que no doy crédito a lo que mi madre me está diciendo. Aunque, pensándolo bien, suena a otro burdo engaño de Massimo Santoro. Otra manipulación más para ir de víctima y culparme a mí por todos los errores de su vida.

—Necesito unos segundos —levanto la mano pidiendo espacio.

Me aparto hacia un lateral y paseo la mirada por el box ante los cuchicheos indiscretos de algunos compañeros que han levantado la vista por nuestra acalorada discusión.

Los veo a todos menos a ella. Solo necesito abrazarla unos segundos, pero no está delante de su ordenador. No sé dónde se ha metido.

—Hijo, tú no eres él. Tú eres un Santoro de verdad, como tu abuelo.

Yo tampoco llegué a conocerlo, pero, cuando la gente habla de él, siempre me recuerda a ti, con tu talento y siendo buena persona —me dice con una voz dulce que eché demasiado de menos durante mi infancia—.

Estoy orgullosa del adulto en el que te has convertido y siento que ni tu padre ni yo hayamos sido responsables de eso.

Se acerca a darme un beso, pero le retiro la cara. Es demasiado pronto para una muestra de cariño que ya he decidido que no se merece.

—Ivana, ahora no, por favor .

—¿Podemos ir a cenar uno de estos días y hablamos con más tranquilidad?

Asiento, sin concertar día ni hora, como una manera de postergar el incómodo momento. Después, me marcho sin mirar atrás.

Salgo del box y avanzo con paso firme hacia el paddock. Subo las escaleras del motorhome , con Aurora siguiéndome de cerca.

—Alessio, tienes cinco minutos para ir a la sala de conferencias. La prensa está esperando.

—¡Que le den a la prensa! —grito en un tono de voz más alto del que pretendía.

Aurora se detiene en seco y me mira con ojos de cachorrillo.

No quiero tomarla con ella ahora, siempre ha sido muy amable conmigo, pero estoy perdiendo los nervios y no es el mejor momento para enfrentarme a las preguntas de los periodistas—. Perdona. Perdóname, Aurora, no quería…

—Lo sé. He visto a tu madre —muestra una sutil mueca de incomodidad.

La dejo al pie de la escalera y subo hasta la habitación de descanso, pero no encuentro a Daniela por ningún lado. Me enjuago la cara con agua fría y bajo las escaleras para encontrarme de nuevo con Aurora y acompañarme hasta la sala de la FIA.

En la mesa frontal me encuentro con Markus y Asher y, por un momento, me destenso al comprobar que, pase lo que pase, tendré a mis dos mejores amigos al lado para tranquilizarme.

Los periodistas nos dan la enhorabuena y nos formulan preguntas relacionadas con la carrera y el campeonato, sobre todo a Rosa Nera, ya que es la primera vez que sube al podio.

Tampoco faltan las preguntas de nuestras vacaciones en Ibiza, aunque Asher se emplea a fondo con sus bromas para quitar hierro al asunto y dejar nuestra vida personal al margen .

La rueda de prensa va a tocando a su fin, pero, cuando veo que le toca el turno a Timothy Blackford, el periodista más veterano y, a la vez, controvertido de este deporte, mi cuerpo se endurece.

El británico mira su móvil y luego se vuelve hacia mí. Una sonrisa traviesa asoma en sus labios y entonces intuyo que ha sucedido algo.

—Santoro, enhorabuena por el primer podio. He de reconocer que estás haciendo una gran temporada.

—Gracias —contesto, escueto, a la espera de que llene las balas de la recámara.

—Es una pena que esto se convierta en una victoria agridulce después de las noticias que se acaban de publicar.

Abro los ojos de par en par. Miro a Markus y a Asher, que también lo estudian con el ceño fruncido.

Giro la cabeza hacia un lateral de la sala, donde Aurora lee algo en su teléfono móvil, y puedo comprobar por su gesto que algo no va bien. Nada bien.

Blackford carraspea y se acerca al micrófono para leer desde la pantalla del móvil:

—Lady Paddock acaba de publicar en su perfil que la piloto Emily Olsen fue víctima de abusos sexuales cuando tenía diecisiete años.

La sala estalla en murmullos ante una noticia de tal magnitud.

Si lo que acaba de decir es cierto, siento una mezcla de rabia y tristeza por una compañera que, aunque sea mi rival y no hayamos tenido mucho contacto personal, no puedo ni imaginar lo que debió de ser para ella atravesar esa experiencia.

Olsen es la segunda piloto de Morrison, por lo que los periodistas se afanan en recopilar algún comentario de Markus, su compañero de escudería, y del equipo de prensa.

Sin embargo, lo que no nos damos cuenta es de que Blackford ha retomado su turno de palabra y se dirige de nuevo a mí con la siguiente confesión:

—Parece que los autores de tales abusos fueron Massimo Santoro, tu padre, y Domenico Ferrara, team principal de Rosa Nera. ¿Algún comentario al respecto, Santoro?