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Lo que pasa en Ibiza…
Daniela
Ibiza, España
Casa de vacaciones Münster
Los días en la isla están llegando a su fin y, mientras Camila disfruta de las fiestas nocturnas con Markus y Asher, Alessio y yo estamos aprovechando el día para visitar diferentes atractivos de la isla: desde la fortaleza anclada en el casco antiguo de la capital hasta el parque natural de las salinas, pasando por el mercado de las Dalias, donde Alessio me regaló un precioso colgante con una rosa negra que no me pienso quitar ni para dormir.
Hemos recorrido buena parte de la isla, nadado en las aguas más cristalinas, navegado hasta la pequeña isla de Conejera o tomado un cóctel mientras contemplábamos el atardecer desde cala Comte.
Eso sí, donde mejor nos encontramos es en la cala privada de la casa de Markus.
Tiene tanta privacidad que es el único lugar donde dejarnos ver sin que Alessio tenga que ir en modo incógnito, con gorra y gafas de sol, para que nadie lo reconozca.
Porque, cuando hablamos de tener una cita normal, lo único que yo no tuve en cuenta es que es imposible hablar de normalidad cuando estás con un deportista de élite que cada vez va adquiriendo más relevancia en la prensa internacional.
Y, a pesar de que él ya esté acostumbrado a lidiar con cámaras indiscretas, para mí es un mundo nuevo que me está costando normalizar.
Así que hoy hemos decidido darnos un chapuzón en la pequeña cala privada y volvemos a casa para cenar con nuestros amigos, que llevan varios días desaparecidos entre fiestas y resaca.
—Voy a ver si Camila y los chicos se han despertado —le digo a Alessio, alejándome de la inmensa cocina, mientras él se queda preparando pasta a la milanesa, su plato estrella—. No sé cómo tienen tanto aguante. Esta mañana a las nueve todavía no habían aparecido por casa.
—Sí, mamá. Vete a despertarlos. Seguro que estarán encantados —bromea, y se acerca por detrás para robarme un beso en el cuello.
Me giro y le doy un manotazo en el brazo. Él me agarra de la cintura, me levanta para sentarme sobre la encimera y se lanza a devorarme sin pudor, como si no existiera la posibilidad de que alguien aparezca de repente y nos vea así.
—Serás idiota. ¡Para, que nos van a descubrir! —le regaño, apartándolo unos centímetros de mi cuerpo.
Aunque la realidad es que llevamos varios días pasando todo el día y toda la noche juntos. Es una sensación tan extraña como placentera, y ya siento tristeza porque mañana tengamos que irnos.
—¿Y tienes miedo a que alguien nos vea, Cerebrito? ¿Qué pensarán? ¿Tú crees que querrán unirse ?
Me muerdo el labio, imaginando esa escena en mi cabeza. Él me baja de la isla despacio, depositando un reguero de besos en mi cuello que me provocan un escalofrío.
Me suelto de su amarre y me da un cachetazo en el culo. Kaiser ladra a su lado, reclamando su cuota de atención, así que Alessio lo coge en brazos para bailar con él. Se nota que está de muy buen humor.
Sonrío ya desde la distancia, viendo la imagen de ellos dos, y me dirijo al piso superior.
Estoy como en una nube. Como si estuviera flotando. Creo que todo lo que estamos viviendo estos días es tan irreal que, en cualquier momento, despertaré en la cama de mi infancia y descubriré que todo ha sido producto de mi imaginación.
Camila y los chicos intuyen algo, porque saben que hemos puesto demasiadas excusas para no salir de fiesta con ellos, pero casi no hemos hablado y me gustaría estar un rato a solas con ella para confesarle todo lo que ha pasado, incluidos mis más profundos miedos e inseguridades, porque estos me acompañan adonde vaya.
Entro a la habitación que comparto con ella y veo las dos camas hechas. Qué extraño. Espero que no le haya pasado nada.
Según avanzo por el pasillo, contemplo la habitación de Asher impecable, como si nadie hubiera dormido estos días en ella.
Giro la cabeza hasta dar con la habitación del fondo, la más grande de toda la casa y en la que ha dormido Markus estos días. Desde aquí se ve cerrada, aunque un sutil resquicio de luz se cuela entre las bisagras.
Dudo unos segundos entre marcharme o acercarme un poco más para comprobar que no haya nadie, pero tampoco quiero invadir la privacidad si alguien está dentro. Cuando me dispongo a volver sobre mis pasos, escucho unas risitas de fondo y la curiosidad me alienta a acercarme un poco más .
Un paso, dos, tres… y llego al umbral de la puerta, donde los sonidos de quienes están ahí dentro se hacen más perceptibles, si cabe.
Me acerco con timidez y la imagen que se presenta ante mí me choca a todos los niveles. No me lo puedo creer. ¿Qué hacen ellos ahí? Tengo ganas de largarme de inmediato, de correr escaleras abajo sin mirar atrás, sin pensar en la imagen que ya se ha quedado grabada en mi retina para siempre.
Markus está tumbado bocarriba, al borde de la cama, sudoroso y gimiendo mientras murmura algo imperceptible.
Camila, sentada a horcajadas sobre él y con las manos apoyadas en su pecho, se mueve con un ritmo constante de arriba abajo.
El suizo la sujeta por la cintura para acompasar el vaivén de sus cuerpos.
A un lado de la cama, Asher observa la escena con el bóxer bajado hasta las rodillas. Sin detener su movimiento, mi amiga se inclina hacia él y se introduce su miembro en la boca. El inglés contiene un gemido de excitación mientras echa la cabeza hacia atrás apenas un instante.
¡Mierda!
¿Qué están viendo mis ojos? Ojalá no me hubiera asomado. Esta imagen me va a perseguir hasta el fin de mis días. Será imposible que los vuelva a mirar a la cara con normalidad.
Debería correr, volver a la cocina con Alessio y aparentar como que no ha pasado nada. Pero hay algo que… no sé, me invita a quedarme, me alienta a seguir mirando.
No tengo una gran experiencia en el terreno sexual. Al contrario que ellos, que cada día están con una mujer diferente en cada cama. O dos, o tres, tal y como me estoy imaginando después de lo que he visto.
Y Alessio… Oh, Dios. Él seguro que también participa en este tipo de fiestas privadas y quizá quiera que yo también …
Me estoy poniendo nerviosa, demasiado nerviosa. ¿Cómo voy a hacer algo con más personas si ni siquiera tengo práctica con más de una en la cama?
Me muerdo el labio otra vez y me llevo la uña del pulgar a la boca, presa del pánico.
Estoy a punto de darme la vuelta y salir corriendo cuando una mano me agarra por la cintura y me aprieta contra su cuerpo, como si quisiera calmar el desbocado latido de mi corazón, o quizá acelerarlo hasta el límite.
—Alessio —murmuro con un hilo de voz, todavía tan aturdida que apenas logro contener la exclamación.
—Shhh, pequeña, ya está. —Me rodea con los brazos y me besa la frente—. Vamos a darles un poco de intimidad.
Su parsimonia me sorprende, lo que me hace entrever que para él eso es algo normal. Un detalle que me asusta. Me asusta de una manera que mi cabeza no puede concebir.
Nos alejamos unos pasos. Alessio me rodea con su cuerpo y me acompaña a bajar por las escaleras, pero freno de golpe delante de su habitación.
Miro hacia dentro, a esa cama que hemos estado compartiendo durante tres noches, pero en la que no hemos hecho nada más que besarnos y dormir.
—¿Vamos a cenar? —me pregunta con una voz dulce.
—¿Y si…? —carraspeo, inquieta—. ¿Y si dejamos la cena para después?
Alessio curva una media sonrisa en su cara, sabiendo a qué me refiero, pero me coge de la mano para tranquilizarme.
—Oye, no tenemos que hacer nada que no nos apetezca.
—¿Y si nos apetece…? —ladeo la cabeza hacia su habitación—. Ya sabes…
—¿Nos apetece?
—Nos apetece mucho —contesto con una cierta seguridad que desconozco de dónde ha salido .
—Entonces…, supongo que podemos dejar la pasta para más tarde.
Sin decirnos nada más, nos miramos a los ojos en un gesto que lo dice todo.
Trepo con los dedos por su pecho hasta su cara. Él toma mi mano y besa la palma antes de recorrerla con la lengua, en un movimiento que me provoca una sacudida por todo el cuerpo.
Entramos en la habitación. Él cierra la puerta y echa el pestillo. Agradezco el detalle, porque no me gustaría que nadie fuera testigo de nuestra primera vez juntos, a pesar de que yo sí lo he sido del resto.
Alessio incrusta sus dedos en mi pelo y me atrae hacia él para darme un beso húmedo que me estremece por completo.
—Cerebrito, vayamos poco a poco, ¿de acuerdo? —me sugiere mientras me tumba en la cama con una delicadeza que me hace enamorarme un poquito más cada segundo.
—¿Y si no quiero que vayamos poco a poco?
Se ríe y me contagia la risa. No me he dado cuenta de lo desesperada que ha sonado mi voz.
—Créeme, tengo tantas ganas o más que tú. Llevo queriendo hacerlo desde el momento exacto en el que me ganaste en el simulador. No sabes lo cachondo que me pusiste ese día —susurra contra mi pecho.
—¿En serio?
—Nunca he hablado más en serio. Pero quiero que te sientas cómoda. Despacio o rápido, como tú quieras. Tú marcas el ritmo.
—Oye, no te creerás que soy…
—¿Virgen? —Se incorpora, desconcertado.
—No, quería decir… una mojigata .
Me dedica una mirada tierna, calmada, como si tuviera todo bajo control. Aunque un resquicio de vulnerabilidad asoma en sus ojos cuando confiesa:
—Eres… Eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.
—Joder, Ale, no me estarás diciendo esto para llevarme a la cama —bromeo—. Míranos, ya estamos aquí. No hace falta más palabrería.
Suelta una carcajada y junta sus labios con los míos como única respuesta. Sin embargo, se aparta unos centímetros y frunce el ceño.
—Estás nerviosa, ¿verdad? —me pregunta. Asiento con la cabeza, sin poder decir nada más—. Yo también lo estoy, no te creas.
—¿De verdad? Cualquiera lo diría con esa seguridad.
—Pues, créeme. No he estado más nervioso en toda mi vida. Puede que sea porque… esta es la primera vez que siento algo tan fuerte por la chica con la que estoy compartiendo cama.
Su mirada no miente. Sus ojos son tan cristalinos como el agua de la cala donde nos hemos bañado hoy.
Ya lo voy conociendo lo suficiente como para saber que no necesita soltar ninguna fanfarronería más conmigo.
He conocido su ternura, su humanidad, esa parte sensible que se niega a compartir con el mundo, pero que no ha dudado en hacerlo conmigo.
Ya ha hecho todo lo que necesitaba para conquistarme.
Ha demostrado un mundo para hacer que me enamore de este hombre, que pensaba que era un niñato mimado desde el principio, y ahora tengo que comerme mis propias palabras.
Así que me dejo llevar, con los ojos de una mujer que ya no es una adolescente, pero que está igual de embobada por él, y nos hundimos en una intimidad inesperada .
—Me muero por conocer cada centímetro de ti… de tu cuerpo —susurra, recorriéndome con los labios mientras se deshace de la ropa con movimientos lentos, pero decididos.
Su lengua explora mis pechos mientras trata de desabrocharme el bikini. Cuando por fin lo libera, lo arroja hacia la otra punta de la habitación y sus manos vuelven a rozar mi piel, trazando la silueta de mi cintura con delicadeza.
Un escalofrío me recorre cuando desciende por mi cuerpo.
Sus labios se deslizan despacio, deteniéndose en cada rincón.
Cada roce me hace temblar, me provoca estremecerme por completo.
Cuando sus dientes entran en contacto con la parte interna de mis muslos, un fuego intenso se enciende dentro de mí y tengo que contener un gemido de excitación.
Me abre las piernas con parsimonia para jugar con mis pliegues, y me estremezco cuando sus dedos se deslizan dentro de mí. Primero, con movimientos lentos, luego acelerando, encontrando el ritmo que me hace erizar el vello y gemir.
—Ale —susurro, arqueando la espalda—, ven aquí. Bésame. Necesito que estés dentro de mí.
Alza la cabeza y me dedica una mirada canalla a través de mis piernas.
—Calma, pequeña, no te aceleres. Tenemos toda la noche. Merecerá la pena cenar la pasta fría.
—Por favor…
—Vale, vale, si insistes… —bromea y se lanza a devorar uno de mis pezones.
Se detiene un instante, se levanta y entra un momento en el baño para coger una caja de preservativos. Me recuesto, apoyándome en los codos, para ver cómo se coloca la goma en la erección.
Me mira con deseo y vuelve a tumbarse sobre mí, guiando su pene hacia mi interior. Con un ritmo suave, pausado, pero firme y continuado, se entierra dentro de mí y nos movemos en un baile sincronizado, como los engranajes de un motor que ascienden hasta los miles de revoluciones por minuto.
—Qué gusto, por Dios —murmura, con la voz rota—. No quiero salir de aquí en toda la noche.
—No lo hagamos. Nadie nos lo impide.
Mis manos se aferran a sus hombros y descienden con lentitud hacia su trasero, que aprieto con ambas manos para sentirlo cada vez más dentro.
Se reincorpora un segundo, tratando de posponer el momento que ambos esperamos. Me acaricia el pelo y pasea la mano por mi mejilla hasta que llega a mi boca, donde saboreo sus dedos mientras sigue balanceándose en mi interior.
Siento que cada centímetro de mi piel está a punto de arder bajo el calor de sus ojos, bajo el susurro de sus besos, bajo las embestidas que sueltan una descarga que me sacude todo el cuerpo.
Y ya no hay vuelta atrás. Sus gruñidos ya no son contenidos, se liberan, llenando la habitación, y nos dejamos arrastrar por la tensión de la burbuja que nos rodea.
Jadeamos, temblamos y, casi al unísono, explotamos en un orgasmo que nos deja sin aliento, consumidos por el fuego de nuestros cuerpos.
Recuperamos el aliento en silencio, durante unos instantes que parecen dilatarse en el tiempo.
Y siento que quiero quedarme en esa eternidad.
Él y yo, solos, sin nadie más alrededor.
En esta casa, en esta isla, donde todo este paraíso ha comenzado y donde toda la tranquilidad está a punto de acabar.
Porque llevar lo que hemos tenido estos días ha sido fácil. Pero pronto volveremos a los circuitos, a la rutina, a la despiadada realidad.
Y me pregunto cómo vamos a sobrellevar todo esto sin que nos explote en la cara.