32
Saltar al vacío
Alessi o
Ibiza, España
En una recóndita cala de la isla
Aviso a Markus de que me marcho con Daniela a casa, mientras él observa enfurruñado cómo Camila y Asher bromean divertidos por alguna chorrada que estoy seguro de que acaba de soltar el inglés.
Se gira y asiente, guiñándome un ojo, y con ese simple gesto me transmite que está orgulloso de que haya saltado al vacío.
Salgo al exterior y ella me espera allí apoyada en la carrocería del coche. Preciosa, con ese vestido nuevo que le hace un cuerpo impresionante, con los labios hinchados y el pelo algo alborotado. Desde lejos solo puedo admirar su belleza. La belleza que la rodea por dentro y por fuera.
Cuando me acerco, la abrazo con desesperación y me lanzo a buscar su boca de nuevo. Rodeo su cintura y ella me devuelve el beso incrustando sus dedos entre los mechones de mi pelo.
Dios, esto es demasiado bueno para ser verdad. Si esto termina siendo una ilusión, prefiero no saberlo.
Ella se aparta de repente y mete la mano en mi bolsillo.
Miro hacia todos lados, luego me vuelvo hacia ella y después deslizo la mirada hacia mi bragueta.
Un calor se asienta en mi entrepierna y pienso que Daniela no puede ser tan lanzada como para hacer eso rodeados de tanta gente.
Pero, cuando saca la llave del coche y la balancea delante de mi cara, sacudo la cabeza de incredulidad.
—No he bebido casi nada, así que yo te llevo esta noche.
—Vaaale, te lo has ganado. Te dejo conducir.
Esboza una sonrisa victoriosa que me calienta el alma. En este momento, le dejaría mi coche, mi corazón y mi mundo entero solo por verla así de feliz.
Cuando nos acomodamos, ella busca una dirección en el navegador.
La villa está a poco más de trescientos metros en línea recta, así que dudo por un momento si no sabe llegar hasta allí.
Sin embargo, cuando veo que la pantalla señala una pequeña playa a quince kilómetros, me dejo llevar por una vez y suelto el control.
—Cuando le conté a mi padre que venía a Ibiza, me dijo que no podía dejar de visitar esta cala. Estuvieron aquí en su luna de miel y guarda muy buenos recuerdos de aquel viaje.
Aunque Daniela está muy concentrada conduciendo entre las curvas, veo cómo el brillo se le ha borrado de la mirada, así que poso la mano en su pierna para reconfortarla.
—Tu padre es estupendo y tu hermano tiene demasiada energía, pero es un chaval increíble. Se nota que tus padres han hecho un buen trabajo con vosotros —trato de animarla con unas palabras que me confieren una cierta envidia sana. Hubiera matado por haber crecido en un hogar así .
—Lo son —apunta con una media sonrisa—. Oye, quiero darte las gracias de nuevo. Mi padre me contó que le habías enviado la información sobre unas becas para que el enano pueda correr.
—No es nada. Creo que el chaval tiene mucho futuro. Y, si su sueño es pilotar, haré lo que esté en mi mano para que así sea.
—Sí, pero no quiero que se haga ilusiones —manifiesta con un mohín de decepción—. Mi padre ha estado echando cuentas e, incluso con el dinero de la beca, no nos llegaría para poder llevarlo a Italia el próximo año.
—Daniela…
—No, Alessio —niega con rotundidad—. Entiendo que tú has nacido con dinero, pero en mi familia apenas llegamos a fin de mes para cubrir los gastos y… luego está la residencia de mi madre.
El aire se vuelve denso de golpe. Ella sigue centrada en la carretera con el ceño fruncido. Yo intento buscar las palabras precisas para no herirla de nuevo. No he querido incomodarla y me duele verla así por unos simples billetes.
Sí, es cierto, yo he sido un afortunado en ese sentido, pero no he tenido una familia que me apoyara como lo ha hecho la suya. Los seres humanos somos así: anhelamos lo que tienen los demás y apreciamos muy poco los privilegios con los que hemos crecido.
—¿Te puedo preguntar qué le ocurre a tu madre?
Dani resopla y se acerca a un aparcamiento improvisado frente a la playa. Nos apeamos del coche, sumidos en un tenso silencio. Ella esquiva mi pregunta y yo la sigo detrás, respetando su espacio.
Soy un auténtico imbécil. Solo quería preguntarle por su madre para conocerla un poco más. Se nota que es un tema del que le cuesta hablar. Se tensa cada vez que lo menciona y no quiero herirla por segunda vez esta noche .
La agarro de la mano y, para mi sorpresa, ella no solo no la suelta, sino que además entrelaza los dedos con los míos y me dedica una sonrisa sincera.
Nos sentamos en la arena, con la luz de la luna llena guiándonos en esta madrugada y el cielo repleto de estrellas, tan perfecto que parece el decorado de una película.
Daniela se detiene a trazar círculos en la arena y me sorprendo cuando empieza a hablar:
—Todo comenzó cuando nació mi hermano. Yo tenía doce años y, aunque todavía era una cría, ya me daba cuenta de que el comportamiento de mi madre se había vuelto algo diferente.
Alzo la cabeza y, al darme cuenta de que no había esquivado mi pregunta, le paso el brazo por la cintura para alentarla a continuar.
—Mi madre era profesora de matemáticas en un instituto y siempre había tenido una cierta obsesión por los números, pero después del parto todo comenzó a volverse más extraño.
Contaba las baldosas de la casa en voz alta según iba caminando, las matrículas de los coches, los pañales que había en casa…
Todo estaba más o menos dentro de lo común hasta que algo le descuadraba y se alteraba a la mínima que no tuviera todo bajo control.
»De ahí vinieron los lapsus temporales. A veces se olvidaba de las conversaciones que habíamos tenido el mismo día y, hasta en el instituto, perdía el hilo de la lección y se pasaba media clase tratando de resolver en voz alta un teorema, ante la incredulidad de sus alumnos, que veían cómo no avanzaba.
—Vaya, siento que hayáis tenido que pasar por todo eso. Y ¿qué decían los médicos?
—Al inicio, lo achacaron al síndrome postparto —explica cabizbaja—, pero en cuanto pasaron los años y sus episodios se volvieron más graves, le diagnosticaron una especie de alzhéimer temprano.
—Pero ella debe de ser muy joven. Pensaba que esto solo ocurría en la tercera edad.
—Mayormente, aunque cada vez se dan casos en personas más jóvenes.
Ella todavía no ha cumplido los cincuenta.
—Daniela se encoge, como si quisiera hacerse más pequeñita.
Se abraza las piernas y se queda inmersa en un punto fijo del horizonte—.
Al principio dejó de trabajar, aunque podía hacer una vida más o menos normal bajo nuestra supervisión.
Pero un día pasó algo muy gordo y tuvimos que buscar una solución.
—¿Qué ocurrió? —pregunto con curiosidad a la vez que preocupación.
Se pasa la mano por el pelo y vuelve a jugar con la arena. Se la ve inquieta, así que la atraigo más hacia mi cuerpo para demostrarle que puede confiar en mí y, pase lo que pase, estaré aquí para ella.
—Mi hermano se puso enfermo un mes de septiembre, después de las vacaciones de verano.
Una otitis, algo habitual cuando creces al lado de la playa y pasas los días dentro del agua.
Le recetaron echarse unas gotas y, entre mi padre y yo, nos encargamos de ello —hace una pausa—.
Pero un día llegué a casa y mi hermano tenía toda la oreja inflamada. Ahí entré en pánico.
»Le llevé al hospital de urgencia y los médicos nos preguntaron si habíamos respetado la cantidad de antibiótico recomendada.
Al decirle que sí, mi hermano confesó con temor que mamá había estado echándole más gotas de las que le tocaba.
Parece que, cuando llegaba al final, se olvidaba del número de veces que se las había suministrado y, como si de una obsesión se tratara, comenzaba de nuevo una y otra vez .
—Joder, Dani. Pero eso es muy grave —exclamo con la respiración entrecortada—. No puedo imaginar el miedo que tuvisteis que pasar.
—Sí, ahí es donde nos dimos cuenta de que mi madre podría suponer un peligro, tanto para nosotros como para ella misma —murmura con un hilo de voz—.
Así que, tras consultarlo con algunos médicos, nos recomendaron internarla en una residencia para que estuviera vigilada las veinticuatro horas del día.
—¿Por eso aceptaste esta beca? Porque necesitabas el dinero.
—En parte sí —responde, levantando los hombros—. De todos los trabajos que me habían ofrecido, o bien pagaban una miseria y estaban lejos de casa o bien no pagaban nada, así que los fui rechazando por quedarme cerca de mi familia y poder ayudar en el taller de mi padre.
—Pero no pudiste resistirte al mejor deporte del mundo —fanfarroneo, y con ese comentario puedo ver una tímida sonrisa que me llena de felicidad.
—Para mí este deporte es pasión, es mi afición, mi vida desde que era pequeña. Ya rechacé trabajar para Airbus en Francia, pero, en esta ocasión, mi padre me convenció para que no dijera que no.
—¿Airbus? Cerebrito, tienes un coco privilegiado —le doy un beso en el pelo, orgulloso de lo brillante que es—. Estoy seguro de que te rifarían entre las mejores multinacionales del mundo. Pero ya les digo a todos que no. Que esta chica es mía. Quiero decir… de Rosa Nera.
Daniela se ríe y, por un momento, me alegro de que se distraiga de todos los problemas que le esperan en casa.
—Eso está por ver, Casanova. No sé si Rosa Nera me querrá el año que viene en el equipo. O, quién sabe, tal vez fiche por otra escudería como Heston Race —bromea mientras se levanta y comienza a correr por la orilla del mar .
Me quedo boquiabierto; le encanta provocarme. Sin pensarlo, me levanto de un salto y corro tras ella.
—Por encima de mi cadáver, nena. No te irás a la escudería de mi mayor enemigo —grito, alcanzándola al momento—. Antes creo una escudería nueva y te pongo como ingeniera jefa o como CEO. Lo que tú me pidas se hará realidad.
Daniela se detiene unos segundos frente a mí y me mira asustada, tras confesarle esas palabras que ahora mismo suenan a exageración, pero que si tuviera todo el dinero del mundo no dudaría en cumplir.
No quiero que se sienta incómoda, así que la agarro de las piernas y me la coloco por encima de los hombros para llevármela al agua.
—Nooo, Santoro. Ni se te ocurra —me desafía mientras trata de reprimir una carcajada—. Estamos vestidos y no tenemos bañador.
—¿Y a quién le importa eso? Aquí no estamos más que tú y yo.
Me adentro con ella en la inmensidad del mar y, cuando ya me cubre por la cintura, la dejo deslizar por mi cuerpo hasta que nos quedamos frente a frente.
Se agarra con firmeza de mis hombros y me rodea el cuerpo con sus piernas.
Me acerco a sus labios para volver a saborearlos y me introduzco con ella poco a poco en las cálidas aguas mediterráneas del mes de julio.
Sin dejar de devorarnos, comienza a desabrocharme la camisa de manera pausada, sin prisa, como si tuviéramos toda la noche para amarnos en secreto.
Se separa unos segundos de mí y, cuando noto cómo toda la sangre de mi cuerpo se ha redirigido a mi entrepierna, la oigo preguntar:
—Ahora que hablas de tu mayor enemigo, Sokolov. Dime que no tienes nada con su prima, que todo lo que dice la prensa es mentira —me interpela muy seria .
—No te voy a negar que tuve algo con ella en el pasado, pero nunca fue más que un rollo pasajero. Jamás tuve sentimientos hacia ella y mucho menos planes de futuro, como dice la prensa.
Le doy un beso rápido en la boca y me aparto para preguntarle.
—¿Y lo tuyo con Lakowe? ¿Habéis tenido algo?
—¿Cómo? —abre los ojos de par en par y temo su respuesta.
—Sí, siempre estáis juntos y fue el que más te defendió aquel día que los mecánicos hablaban de ti en los vestuarios.
—¿Qué estaban hablando de mí los mecánicos? —exclama alarmada.
—Tranquila, Cerebrito. Ese tema está ya zanjado y, si alguien vuelve a hablar de ti, me encargaré de que parezca un accidente.
Daniela ríe por la nariz y su semblante se destensa en segundos.
—Will es un buen amigo. Él ya tiene pareja.
—¿En serio? Qué calladito se lo tiene el tío…
—Demasiado calladito —murmura muy bajito.
Quiero preguntarle a qué se refiere, pero la presencia de otro hombre en su vida me suscita suspicacia, así que me atrevo a preguntar:
—¿Y Orson? El chico que vino el otro día a Montmeló.
—¿Oriol? —pregunta. Hago un mohín con la boca y ella comprende que el cambio de nombre se debe a que ese tipo no me importa lo más mínimo. Entonces me salpica y responde—: Mi ex, lo dejamos en Navidad.
—Así que, señorita Serra, si usted está soltera, ¿podría pedirle una cita formal con este caballero?
—Creo que ya la tuvimos cuando me invitaste a cenar en tu casa. Hasta me invitaste a Moët & Chandon .
—Es lo menos que merecías —contesto con sinceridad.
Porque la realidad es que ella se merece que la miren sin prejuicios, que la elijan sin dudas y que no la escondan detrás de excusas ni silencios incómodos—.
Pero esta vez será sin una apuesta de por medio.
Quiero dártelo todo, deprisa o despacio.
Lo que sea, lo que tú me pidas, pero que sea contigo.
Daniela alza la vista, sorprendida, y por un segundo creo que he dicho demasiado. O quizá justo lo necesario.
—¿Todo? —repite con una media sonrisa que no logra ocultar el temblor en su voz.
—Sí, todo —asiento, acercándome de nuevo a darle un beso en el cuello y le susurro al oído—. Sin apuestas. Sin telemetrías. Sin prensa alrededor. Una cita de verdad, dos, tres, las que tú me pidas. Como dos personas normales que se han encontrado cuando menos lo esperaban.
Sus labios se curvan un poco más y siento esa sensación peligrosa, conocida, tan familiar como la de estar a punto de entrar en otra curva sin margen de error.
—Entonces —dice al fin— supongo que aceptaré… siempre y cuando me dejes conducir.
Sonrío, apartándole un mechón para colocarlo detrás de su oreja.
—No prometo nada —murmuro—. Pero esta vez juro que, si conduzco yo, frenaré a tiempo. Haré caso a todo lo que me digas. En esto y en todo.