Fórmula inesperada (Pasión en el Paddock 1) 31
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Confesiones en la noche

Daniela

Ibiza, España

Aeropuerto Internacional de Ibiza

Si algo bueno tiene viajar todo el año con el equipo es que ya he perdido cualquier miedo que pudiera tener a coger un avión. Así que no me puedo creer que, incluso en las vacaciones de verano, esté volando otra vez para irnos unos días de escapada a Ibiza.

Camila se ha quedado conmigo toda la semana para visitar Barcelona, y mi familia la ha acogido como a una hija más.

Ella, en agradecimiento, ha sacado a pasear a mi madre por la residencia, ha llevado a mi hermano a comprar helado al paseo marítimo y ha cocinado varias recetas familiares de su legado mexicano.

Le estoy muy agradecida de haber pasado estos días conmigo. Puedo decir que esta es la primera vez que traigo una amiga a casa, y hasta mi padre se ha mostrado pletórico al ver que he formado una pequeña familia lejos de aquí, junto a Will.

Él se ha quedado estudiando en Italia para los exámenes de septiembre. Aunque, según me ha confesado, solo quiere pasar más tiempo a solas con Leo, quien ha recomendado a su hermana que disfrute del verano mientras él se queda entrenando en su tiempo libre.

—Mi hermano es un bicho raro, solo piensa en trabajar —se lamenta mientras aterrizamos en la isla—. Y Will otro tanto. No ha querido venir con nosotras. Dice que prefiere quedarse estudiando el idiota de él. ¿Te lo puedes creer?

Me muerdo el labio inferior de manera inconsciente y me paso la mano por el pelo varias veces.

Soy la única confidente de Will en su relación con Leo y no sé cuánto tiempo más podré sostener esta mentira.

Lo único que temo es que, en algún momento, explote por los aires, y Camila se enfade conmigo por no haberle revelado el secreto.

—No sé cómo me has convencido para venir de vacaciones —le digo, tratando de cambiar de tema—. ¿Cómo puede ser que lleves unos meses en Europa y ya tengas amigos con una casa en Ibiza?

No sé por qué lo pregunto. Camila es una buena relaciones públicas y está en su salsa cuando se trata de hacer amistades por el paddock . Todo lo contrario a su hermano. Nadie diría que pudieran estar relacionados.

—Son muy majos. Te van a caer genial —dice con una sonrisita ladeada de la que ya estoy temiendo lo peor.

—No sé si será una buena idea quedarnos allí. ¿Y si son peligrosos?

—Qué va. Son unos amores. Van de malotes los tres, pero en el fondo tienen un corazón de oro…

Me ajusto las gafas, dubitativa, y recorremos los pasillos de la terminal hasta llegar a la zona de salidas, donde un chófer con traje negro sostiene un iPad con el nombre «Señorita Austin».

No me molesto en preguntar a qué se debe ese apelativo cuando enseguida reconoce que es para nosotras.

Eso sí, me quedo a cuadros cuando veo el coche en el que nos montamos, porque su precio debe de rondar casi las seis cifras.

Tras un trayecto de poco más de media hora entre carreteras estrechas, llegamos a una inmensa villa privada que se erige entre las rocas, como fiel testigo de una panorámica impresionante del mar.

—Oye, Cami, pero ¿quién vive aquí? —pregunto anonadada.

—Ahora verás.

Nada más entrar en la casa, el ama de llaves nos da la bienvenida y nos conduce hasta el jardín. A través de la cristalera puedo distinguir a tres hombres que se lanzan a la piscina, entre chapuzones y aguadillas.

Al salir al exterior, reconozco a dos de ellos al instante. Cuando identifico al tercero, aún dentro del agua, mi corazón se detiene un segundo antes de reemprender su marcha a un ritmo frenético.

—Chicas, ¡ya estáis aquí! —saluda Markus Münster y se acerca a darnos un abrazo.

—Pero qué sorpresa. ¿Verdad, Santoro? —Asher Miller eleva las comisuras hasta sus máximos topes mientras da codazos a su amigo.

Alessio lleva unos segundos en estado de shock . Imagino por su cara que no estaba al tanto de nuestra visita y, a lo mejor, le hace poca gracia ver a una compañera de trabajo durante sus vacaciones.

—Dan… Daniela, ¿qué haces tú por aquí? —me pregunta en cuanto el resto se dirigen hacia una improvisada barra de bar, situada en una esquina del jardín—. No sabía que vendrías.

—Yo… —titubeo al quedarme absorta viendo el cuerpo semidesnudo del piloto. Había olvidado cuánto les gusta a los it alianos lucir ese bañador tipo slip que no deja lugar a la imaginación—. Yo tampoco tenía ni idea, la verdad. Será mejor que nos busquemos un hotel.

Su mano me agarra con suavidad cuando me dispongo a huir espantada por el inesperado encontronazo.

—Tonterías. Claro que os vais a quedar aquí —asegura con un tono amable, llevándome hacia el bar con el resto—. Pensé que no te vería hasta la vuelta, pero… me alegra que estés aquí.

«A mí también», pienso, soltando al fin todo el oxígeno que llevo retenido en el cuerpo.

Sus palabras me atraviesan como una flecha, porque el sentimiento es recíproco.

A pesar del nerviosismo inicial, me encanta la idea de poder pasar más tiempo con él fuera de las pistas, sin la presión del trabajo ni los escándalos que estas últimas semanas han tratado de descentrar nuestra rutina.

Él ha demostrado ser una persona distinta, más amable, más natural.

Así lo pude descubrir cuando disfrutaba como un niño en los karts con la hija de Andrea, o incluso cuando me hizo el desayuno en su apartamento después de la fiesta en Mónaco.

Aunque estar aquí implique verlo con otras mujeres. Una idea que me escuece por dentro más de lo que me gustaría admitir.

—Chicas, sentimos no haber ido a buscaros al aeropuerto, pero hay mucha gente que nos conoce ahí fuera y acabamos tardando el doble porque nos paran cada dos minutos —explica Mark, a lo que le restamos importancia con la mano, pues entendemos a la perfección que la prensa les acecha en cada esquina—.

Lo que me recuerda a que esta noche iremos a una fiesta privada de un colega mío aquí cerca.

Así no tendremos que cruzarnos con mucha gente.

Ese detalle me tranquiliza. A pesar de que en los últimos meses no he tenido más remedio que socializar con desconocidos, todavía me cuesta hablar de temas que no estén relacionados con el motor .

Por eso aprecio que Camila siempre esté pendiente de mí y que los chicos se encarguen de hacerme partícipe de la conversación, lanzándome preguntas o buscando mi opinión.

Kaiser, el perro de Markus, también ha venido con ellos.

Dice que no viaja a ningún sitio sin él y que, además, así alivia un poco el trastorno de ansiedad por separación que le han diagnosticado al cocker spaniel .

Es una monada, y todos jugamos con él a lanzarle la pelota. Se nota que está en su salsa entre los pilotos y con Camila, que parece conocerlo de otra vida.

Por primera vez, me siento parte de un grupo de amigos que se juntan para charlar y reír. Una sensación placentera que me hace sentir como cualquier chica de mi edad.

Cenamos en el porche del jardín y después subimos a la habitación para arreglarnos. Nos ponemos los vestidos nuevos que Camila y yo fuimos a comprar el otro día para el viaje, y ella se esmera en maquillarme con una dedicación casi profesional.

A pesar de las protestas de los tres pilotos por llegar tarde a la fiesta, en cuanto bajamos las escaleras, Markus y Asher no dejan de lanzarnos piropos. Alessio, en cambio, se queda completamente pálido y, cuando nos acercamos, su expresión cambia de golpe antes de decirnos que estamos preciosas.

Con el calor de la noche trepándome por las mejillas, cogemos los coches y llegamos a una villa parecida a la de Markus. En total, calculo que habrá unas cincuenta personas, demasiadas para una fiesta privada, pero, en comparación con la magnitud de la mansión, apenas se nota que llenen el espacio.

Las horas pasan y, aunque me lo estoy pasando mejor de lo que intuía al inicio, salgo al jardín a que me dé un poco de aire. Hay un par de parejas cerca de la piscina, así que me sitúo en un banco al lado del cobertizo a contemplar las estrellas en esta clara noche estival .

Estoy ensimismada en mis pensamientos cuando una voz me interrumpe de golpe:

—¿Te lo estás pasando bien? —pregunta Alessio, que viene a sentarse a mi lado.

—No ha estado mal, aunque no conozca a nadie.

Él me mira y me sonríe de medio lado.

—No te gustan nada los eventos públicos, por lo que veo… —observa y deposita la cerveza en una repisa cercana—. A mí tampoco, si te digo la verdad.

—Ah, ¿no? Cualquiera lo diría. Se te ve cómodo interactuando con la gente.

—Es a lo que me han acostumbrado desde niño, pero, honestamente, hay momentos de soledad como este que los aprecio mucho más.

Se acerca para quedarse pegado a mí. Lo miro inquieta, sin saber cuál será su siguiente movimiento.

—Oye, Dani.

—¿Ya no soy Cerebrito? —bromeo, y se ríe por la nariz.

—Siempre serás mi Cerebrito —matiza y ese «mí» hace que se me disparen las pulsaciones—, pero también eres Daniela, una compañera de trabajo que, en pocos meses, has llegado a mi vida para ocupar una parte importante de ella.

Mi pierna comienza a repiquetear sobre el suelo y Alessio apoya una mano en mi rodilla para transmitirme una calidez que me tranquiliza y me acelera a partes iguales.

—Lo dices por… Lo dices porque soy indispensable en tu vida para ganar carreras, ¿verdad?

—Además de eso —compone una mueca orgullosa—. No, en serio, lo digo porque… estás resultando una completa caja de sorpresas. Nunca pensé que fuera a verte como algo más que a una compañera de trabajo.

—¿Una amiga, tal vez? —trato de adivinar, pues no sé a dónde nos está llevando esta conversación .

—Mucho más que una amiga.

Si mi corazón estaba desbocándose de su caja torácica, ahora ha huido despavorido sin pedir permiso y ya no sé dónde está. ¿Qué es lo que acaba de decir? ¿Le habré escuchado bien? ¿O será todo fruto de mi imaginación?

—Al… Alessio…

—No tienes que decir nada. Sé que todo esto igual es demasiado grande para ti. Solo quería que supieras que mis sentimientos hacia ti están creciendo de una manera… —gira la cabeza hacia mí— inesperada.

Si hace unas semanas me hubieran dicho que él iba a declararse de esta manera, habría dado saltitos de alegría. Sin embargo, las inseguridades comienzan a acecharme de nuevo y ahora vuelvo a recordarme que alguien como él jamás podría sentir algo por alguien como yo.

—Si esto es algún tipo de broma, no quiero que sigas por ahí —le ordeno con una creciente frustración.

—Dani, no es ninguna broma. Jamás te mentiría en algo así.

—Coloca su mano sobre la mía y un sudor gélido me sube por la espalda—.

Te vi por primera vez en aquel simulador y, ya en ese momento, cuando me ganaste la carrera con esa seguridad tan tuya, solo pensaba en besarte —confiesa, alzando la mano para rozarme la mejilla con los nudillos.

Un escalofrío me recorre la columna vertebral y siento cómo el cuerpo se me tensa por momentos.

Nos miramos por un instante, pero desviamos la vista casi al mismo tiempo.

—Esto no puede ser verdad. Yo… también siento algo hacia ti, pero venimos de mundos diferentes.

—¿Y eso a quién le importa más que a nosotros dos?

—No soy la única a la que le tiemblan las comisuras cuando habla—.

Lo único que quiero es conocerte más, pasar tiempo contigo, tanto fuera como dentro de la pista.

Eres la única persona que me ha tratado como a alguien normal, sin tener en cuenta mi apellido —hace una pausa—.

Me encanta cómo me desafías y cómo me das caña en la pista para que me convierta en un mejor profesional.

La única que supo defenderme cuando salió lo de mi padre.

No sé en qué momento de su confesión nuestros dedos se han entrelazado. Lo aprieto con fuerza, como si al hacerlo pudiera protegerlo de todo lo que implica hablar de su padre. Lo único que quiero es tomarlo de la mano y llevármelo lejos, a un lugar donde ni él ni nadie puedan hacerle daño.

Alzo la mirada hacia sus ojos y vuelvo a deslizarla hasta sus labios. Él se da cuenta y se acerca un poquito más a mí para rodear mi cuerpo con sus enormes brazos.

—Solo quiero que me digas que tú sientes lo mismo —murmura con esa voz que me hace querer dárselo todo—. El resto lo resolveremos en otro momento

Ahora mismo solo pienso en refugiarme entre sus brazos, sentirlo más de cerca, así que me hundo un poco más en su pecho.

Me acerca unos centímetros más y ya siento la calidez de su aliento cuando nuestros labios se rozan con timidez, apenas un instante. Alessio duda un segundo, como si me diera la oportunidad de apartarme, pero no lo hago.

—Dani… —susurra.

No me aparto. Al contrario, soy yo quien acorta la distancia y mis dedos se aferran a su camisa. Entonces me besa de verdad.

Siento la lengua de Alessio buscar la mía y algo dentro de mí termina de rendirse.

Todo lo que llevábamos semanas conteniendo estalla de golpe entre nosotros.

Y, de repente, todo deja de importar. Ya no hay ruido, ni paddock , ni prensa.

Solo estamos él y yo. Solo este instante suspendido en el tiempo.

Su beso no es vacilante, ni muestra visos de inseguridad. Por el contrario, es firme, decidido, como si por fin se hubiera lanzado tras semanas teniéndoselo prohibido. Yo dejo de pensar, de medir las consecuencias y me dejo arrastrar por esa corriente mezcla de placer y vértigo.

Mis manos, que siempre han sabido cómo colocarse con seguridad sobre el teclado, ahora recorren su cuello, sus hombros, para acabar descansando sobre su pecho.

Siento el latir acelerado de su corazón bajo la tela, tan desbocado como el mío.

Y, con ello, solo hay una certeza: no soy la única que está perdiendo el control.

Cierro los ojos con ahínco, como si fuera un sueño del que no quisiera despertar, y me dejo llevar por la sincronización de nuestras respiraciones, por el silencio que nos rodea. Sin prisas, con calma. Saboreando ese beso en el que ya no hay apuestas, ni promesas, solo verdad.

Y, por primera vez, ya no me siento tan pequeña a su lado. Me siento viva, me siento deseada.

—¡Vámonos de aquí! —me susurra con urgencia al apartarse unos centímetros de mí.

Asiento. Asiento sin pensarlo. Ahora mismo lo único que quiero es desaparecer de aquí con él.