Fórmula inesperada (Pasión en el Paddock 1) 30
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Benditas vacaciones

Alessio

Ibiza, España

Aeropuerto Internacional de Ibiza

—Tío, necesito hablar contigo —le digo a Mark en cuanto nos montamos en su avión privado camino a Ibiza, donde nos ha convencido para que vayamos de vacaciones.

Asher ha dejado la maleta en el compartimento superior y se ha dirigido al galley trasero para hablar con la auxiliar de vuelo que nos asistirá durante el trayecto. La pobre no sabe ni dónde meterse mientras él trata de conseguir su número de teléfono.

—¿Qué pasa, Ale? Si es por lo de tu padre, no te preocupes que seguro que la prensa publica enseguida otro chisme en el que centrarse y se olvidarán del FerraraGate.

Sí, así es como lo han empezado a llamar tras varias denuncias anónimas de una decena de mujeres que reivindican que ellas también han sido llevadas engañadas a fiestas privadas para su capricho personal.

Me paso una mano por el pelo y sacudo la cabeza.

—Mierda, Mark. No estaba hablando de eso y ahora me has hecho pensar en otra mierda más con la que tengo que lidiar.

—¿Y entonces qué es? Has estado muy raro las últimas semanas. Extrañamente feliz y sobrepensando demasiado.

Ahí está, ya me ha pillado. Llevo un tiempo reprimiendo este sentimiento y creo que ha llegado el momento de confesar antes de que todo esto me estalle por dentro.

—Creo que me estoy… —me humedezco los labios tratando de buscar las palabras precisas—. Creo que estoy empezando a sentir algo muy profundo por alguien.

Mark me mira con una ceja enarcada mientras acaricia a Kaiser sobre su regazo.

Joder, si hasta a mí me ha sonado ñoño.

—Si te refieres a la rusa, entiendo que puedas llegar a sentir algo por ella. Es una loba en la cama. Recuerda que yo también estuve con ella. Pero como tu amigo, no te recomiendo que sea el tipo de mujer con la que tener una relación seria.

—No, joder, no me refiero a Irina. Hace meses que ya no me acuesto con ella.

Markus deja a Kaiser en el otro asiento, me estudia con la mirada y dibuja una sonrisa divertida en su cara.

—No me digas que te estás enamorando, Santoro. Sería la primera vez en tu vida. —Alza las manos en señal de victoria—. Esto hay que celebrarlo. ¡Oh! El niño se nos está haciendo todo un hombre.

—Cállate, imbécil, que tenemos la misma edad. Es solo que…

—Dime quién es. ¿La conozco? ¿Alguna modelo, actriz? Oh, espero que no sea esa cantante que estaba casada con un futbolista. Se oyen rumores de que no se pierde ningún Gran Premio a la caza de un piloto famoso.

—Por favor, vayan tomando asiento y abróchense los cinturones —nos interrumpe la tripulante, tras la cual Asher sigue babeando.

Este chico no tiene remedio.

—Ese es el problema —susurro con un hilo de voz para que no me oiga nadie más—. Bueno, no es que sea un problema como tal. Es que ella no pertenece a este mundo… Quiero decir que…

—Ay, Dios. Esto es más serio de lo que parecía en un principio.

—Es una compañera de trabajo con la que últimamente hemos pasado mucho tiempo juntos y…

Joder. Ahora que estoy expresándolo en voz alta, me doy cuenta de que he tratado de dejarme puesta una venda en los ojos y mis sentimientos hacia ella se me han ido de las manos.

¿Cómo he podido estar tan ciego? ¿O es que simplemente quería convencerme de lo que no era para evitar llamar a las cosas por su nombre?

—¿Es la ingeniera española con la que ayer nos sacamos unas fotos con su familia? —exclama Asher, que parece que estaba a lo suyo y, para mi desgracia, ha escuchado toda la conversación—. Joder, Santoro. Jamás te he visto hacer eso por nadie y la forma en la que la mirabas…

—¡Shhh! ¿Quieres bajar la voz, capullo? —lo reprendo, porque hasta la tripulación nos ha lanzado una mirada desconcertada, alarmados por los berridos de mi amigo.

Miller estalla en una carcajada y yo maldigo por dentro.

Él es ese tipo de amigo con el que sales de fiesta y compartes unas copas.

Es divertido y nos lo pasamos genial juntos, pero no es la primera persona a la que confesaría mis sueños y temores.

Quizá por lo bocazas que suele ser, así que odiaría que una conversación privada de este calado trascendiera a donde no lo tiene que hacer.

Por el contrario, Mark es un tío mucho más maduro y, por eso, prefiero contarle lo más íntimo a él.

Ahora me arrepiento de haberlo hecho dentro del avión.

Pero era el único momento que tenía antes de empezar el parón de verano en Ibiza, donde pasaremos un par de semanas en la residencia de vacaciones que la familia Münster tiene en la isla mediterránea.

—Ale, ¿has hablado con ella? ¿Le has confesado lo que sientes? —pregunta mi amigo mientras Asher vuelve a la carga con el personal de vuelo.

—La verdad es que no. Me da miedo su reacción.

—¡Ja! Santoro, eres la persona con más agallas del planeta. Sí que tiene que haberte llegado dentro esa chica para que estés tan acojonado…

Se recuesta en el sillón y resopla, dejando volar un mechón de pelo.

—Mira, Markus, te cuento esto porque nadie mejor que tú sabe cómo funciona este mundillo —afirmo, inquieto.

Mi amigo me dedica una mirada comprensiva y permanece en silencio escuchando—.

No quiero que se asuste, que la prensa pueda vernos juntos y la acosen, que su prometedora carrera en la Fórmula 1 acabe por mi culpa.

Es una tía brillante en su trabajo, con un corazón que no le cabe en el pecho —hago una pausa recordando su personalidad—.

Es cariñosa, amable y tiene una fragilidad que me da auténtico pavor que alguien se acerque a su burbuja y la acabe explotando por dentro.

Haría arder el mundo entero antes de permitir que alguien le toque un mísero pelo.

Markus frunce los labios, cruza las manos y se queda pensativo. Soy una de las pocas personas que conoce su pasado y me cuesta un mundo imaginar lo que está pasando ahora mismo por su cabeza .

—No hay día que no me castigue por no haber podido evitar todo lo que pasó y de no haber estado ahí para ella cuando más me necesitaba —hunde sus ojos en los recuerdos del pasado—, pero si hay algo de lo que no me arrepiento es de haberme enamorado como lo hice entonces.

Saber que tienes una persona por la que luchar cuando te levantas por la mañana, que sea un mundo entero para ti…

A esa sensación no se le puede poner nombre.

»Así que, amigo, échale huevos al asunto. Habla con ella antes de que venga otro tío y sepa tener el coraje que a ti te falta si decides echarte atrás.

—Tripulación de cabina, tomen asientos para despegar —interrumpe el piloto por el altavoz—. Buen vuelo.

Me giro para acomodarme en el sillón y me aseguro de que el cinturón esté bien abrochado. Las palabras de mi amigo rebotan como un bumerán dentro de mi cabeza y sé que tengo que poner remedio a toda esta maraña emocional que vivo por dentro.

Además, está el tema de mi padre y del team principal, que no ha parado de copar todas las portadas de los diarios deportivos para dañar la imagen del equipo.

Creo que estas vacaciones me irán bien para descansar y reponer fuerzas. Debo concentrarme en mi carrera deportiva y dejar de lado todo tipo de distracciones que me aparten de la competición.

Aterrizamos en el aeropuerto de Ibiza en menos de una hora desde Barcelona.

El sol de finales de julio calienta como si quisiera arrancarnos la piel y, por un momento, agradezco salir del olor a caucho y gasolina que nos rodea con normalidad.

El aroma salino del mar se mezcla con la dulzura de la madreselva, envolviendo mis sentidos en cuanto pongo un pie en la pista.

Es una pena que solo podamos quedarnos unos días, porque esta sensación tan placentera parece invitar a quedarnos hasta el final del verano.

La familia Münster tiene varias propiedades repartidas por todo el mundo y, sin lugar a duda, la villa del sur de la isla ibicenca no tiene nada que envidiar a ninguna de las otras.

La mansión, decorada en tonos blanquiazules haciendo juego con los colores del Mediterráneo, consta de siete habitaciones y cinco baños, y se encuentra encajonada en un peñón.

Tiene una salida directa al mar desde donde se pueden contemplar unas preciosas vistas a la isla de Es Vedrá, un atractivo inigualable del archipiélago.

No me puedo quejar de mi infancia ni del dinero que posee mi familia. Sin embargo, los Münster son una acaudalada familia suiza que hizo de los relojes un imperio multimillonario, una marca que hoy lucen las muñecas de los hombres y mujeres más opulentos del mundo entero.

Mientras repartimos las habitaciones, Asher se acerca a Mark para quitarle el móvil de las manos.

—¿Tú también estás enchochado? Lo que me hacía falta era que ahora los dos os echéis novia y me dejéis aquí solo —finge moquear—. Aunque, ahora que lo pienso, cuantos menos tíos guapos y famosos vengan conmigo mejor, así tengo más para mí.

—Devuélveme el móvil, imbécil —escupe Mark irritado—, o te mando de vuelta a Inglaterra.

—No, por Dios, que hace ahora como diez grados. En Londres solo hay un día de verano en todo el año y este año ya cayó en jueves —bromea el inglés—. Por cierto, ¿quién es Austin?

—Nadie que a ti te importe.

—Ohhh, Markus tiene novia —canturrea Miller con tono socarrón.

—¡Que me des el móvil, payaso !

—¿Queréis dejar de pelearos? Parecéis dos críos —los abronco—. Anda, vamos, que tengo ganas de salir a tomar algo. He traído mis mejores camisas blancas para la ocasión.

—Las mías son floreadas —añade Asher—. Mi madre me ha hecho la maleta antes de venir. Dice que en los noventa no pasaba un verano sin asistir a las fiestas Flower Power a darlo todo. Y parece que mi abuela hacía lo mismo en los setenta.

—Tu madre es la leche —me río, porque la mujer es el alma de la fiesta y una de las personas más queridas en el paddock por su estilismo extravagante—. Vamos a darlo todo también. Münster, ¿estás listo?

—Ehh, sí —vacila—. En nada estoy. Esto…, chicos, sé que estas semanas eran para disfrutar los tres juntos, pero estaba pensando si podría venir una amiga a pasar unos días con nosotros.

—Claro, sin problema —contesto, consciente de que a mi amigo le iría bien asentar la cabeza, pues en los últimos años se limita a salir con una chica distinta cada noche y tiene por norma no repetir jamás.

—¿Está buena? ¿Traerá amigas?

—¡Eh, Miller! Te lo advierto —protesta Mark con la mandíbula tensa—. Ella no se toca, está vetada. Tienes miles de mujeres en esta isla.

Sacudo la cabeza y río por dentro mientras mis amigos salen por la puerta discutiendo.

Por mí, como si se las quedan todas para ellos.

Yo tengo la cabeza tan ocupada que creo que es la primera vez que salgo de fiesta sin ganas de volver acompañado más que por mis amigos a casa.

Eso sí, no veo el momento de salir y echarnos unas risas juntos.

Necesito desconectar y recargar pilas para lo que queda de temporada. El resto ya se verá.