Fórmula inesperada (Pasión en el Paddock 1) 29
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Volver a casa

Daniel a

Montmeló, España

Circuito de Barcelona-Cataluña

Hoy comienzan oficialmente las vacaciones de verano y no podía haber mejor momento que tras el Gran Premio de Montmeló.

Este circuito es como una segunda casa para mí.

Recuerdo las jornadas enteras que echaba con mi padre participando en algún campeonato infantil.

También, viendo a mis pilotos favoritos ganar las carreras sentados en una parcela y comiendo el bocata que mi madre nos preparaba en casa.

Todo ello se acabó cuando su salud empeoró, y con ello se llevó los picnics en el césped, las entradas para el Gran Premio y cualquier resquicio de felicidad que quedara en casa.

La luz se apagó en mi familia el día que la enfermedad de mi madre se llevó su lucidez, su vitalidad y todos los recuerdos que habíamos creado entre los cuatro .

Por ello, estas vacaciones serán más especiales que nunca.

Es la primera vez que he pasado tanto tiempo separada de ellos y los he echado demasiado de menos.

He ahorrado cada euro que me pagan por mi trabajo para contribuir al tratamiento, aunque soy consciente de que lo que más han echado en falta ha sido mi presencia para ayudarlos a sobrellevar las tareas del día a día.

Entre largas jornadas de entrenamientos libres y la clasificación, esta última semana apenas he podido pasar un ratito con ellos.

No han sido pocas las ocasiones en las que me han entrado ganas de tirar la toalla y volver a casa.

Quizá debería haber pedido unas entradas para mi padre y mi hermano, tal y como me sugirió Alessio, pero no me gusta tener que pedir favores que luego nunca sé si podré devolver.

Siempre me he ganado cada beca que me han concedido y jamás he pedido ningún favor para llegar hasta donde me encuentro hoy.

Así que aquí estoy, aporreando las teclas como una loca para acabar el informe del día y salir cuanto antes, mientras escucho al resto del equipo celebrar los buenos resultados de la carrera.

Estoy tan ensimismada analizando los datos que no me percato de que alguien me toca el hombro con suavidad. Me giro y veo a la última persona que esperaba encontrarme en el box y que más ilusión me hace.

—¡Papá! —exclamo sorprendida—. Pero ¿qué haces aquí?

—Hola, Ratita. No quería molestarte. Sé que estás trabajando, pero solo era para avisarte de que estamos ahí fuera cuando termines.

Me lanzo a sus brazos sin pensarlo y siento una ola nostálgica invadirme todo el cuerpo.

No me importa que el resto del equipo se encuentre a nuestro alrededor en el garaje ni que me llame «Ratita» delante de todos.

Tras unos segundos, me separa de su cuerpo, no sin antes depositar un tierno beso en el pelo.

—Mira quién está ahí —indica la zona del pit lane, donde Alessio se saca una foto con mi hermano y luego lo ayuda a subirse al monoplaza.

Los miro ojiplática, sin dar crédito a que ambos estén aquí.

—Pero ¿cómo habéis podido venir? Las entradas estaban carísimas.

—¿Qué pregunta es esa, Ratita? —me mira sorprendido—.

Con los pases que nos enviaste ayer. Llegaron a última hora cuando estaba ya cerrando el taller.

No veas la ilusión que le hizo a tu hermano, no ha podido dormir en toda la noche de la emoción.

Y a mí… —mira un punto infinito con los ojos vidriosos—.

Hacía años que no venía y ha sido como volver a recordar los buenos momentos pasados.

Eres la mejor hija y hermana que podíamos tener.

Las palabras se me atascan en la garganta tras su confesión. No puedo decirle que no fui yo quien lo hizo. Aun así, me dejo guiar hacia el exterior con una emoción en su rostro que no podría pagar ni con un contrato millonario.

Fuera, mi hermano está tan excitado con la presencia de su piloto favorito que apenas repara en mi presencia. Lleva una camiseta y una gorra firmada por Santoro y amaga con pilotar el vehículo con las instrucciones que le dan los mecánicos.

Alessio, en cambio, levanta la cabeza y me dedica la sonrisa más preciosa del mundo.

Solo él podría haber tenido el detalle de enviarles las invitaciones.

Después de los años tan duros que llevamos viviendo en casa, se me reblandece el alma que una persona tan ocupada como él haya hecho de este día uno de los más felices para nosotros tres.

—¡Dani! —Por fin mi hermano levanta la cabeza y se dirige a mí—. Eres la mejor hermana del mundo mundial.

—En eso estamos de acuerdo, tu hermana es la mejor —añade el piloto para sorpresa de los tres—. Oye, enano, ¿te gustaría conocer a Markus Münster y a Asher Miller? Son coleguillas míos y seguro que, cuando Mark se baje del podio, se querrá hacer una foto contigo.

—¿En serio? ¡Cómo mola! Ya verás cuando se las enseñe a mis amigos del cole.

Los tres adultos nos reímos y nos encaminamos hacia el box de la escudería McKenzie para esperar a Miller. Sin embargo, una voz me interrumpe y me quedo rezagada al ver quién es.

—Hola, Dani.

—¡Oriol! ¿Cómo estás?

Si a alguien no me esperaba ver aquí era a mi exnovio, pero su padre es directivo en una multinacional de construcción y dispone de pases VIP para todos los campeonatos deportivos, eventos sociales y fiestas de élite a las que, en el breve tiempo que salimos, yo rechacé ir.

—Vaya, así que me he enterado de que ahora trabajas en este mundillo. Sabía que podrías llegar lejos.

—Gracias —contesto con sinceridad, aunque intuyo que detrás de ese halago vendrá un reproche o algún comentario negativo que me deje por los suelos—. La verdad es que todavía se me hace raro estar aquí trabajando con ellos, con los más grandes. Es un sueño hecho realidad.

—Bueno, Dani. Es normal, pero solo eres la becaria —enfatiza la última palabra con un gesto burlón—. Aquí hay mucha gente que va y viene. En unos meses estarás de vuelta trabajando en el taller de tu padre.

Ahí está. Tardaba en llegar.

—Sea lo que sea, está siendo una experiencia increíble y lo mejor de todo es que me han contratado por mis propios méritos y cualificaciones. No todo el mundo puede decir lo mismo, ¿verdad ?

Me sorprendo a mí misma con ese comentario sarcástico. Los dos sabemos que su puesto de ejecutivo, con tan solo veintitrés años en la empresa de su padre, no lo ha ganado precisamente por méritos propios.

Oriol abre la boca para responder, pero incluso él se queda desconcertado por mis palabras, así que rectifica al instante y cambia de tema.

—Oye, me preguntaba si… podrías preguntar a Santoro si podríamos sacarnos una foto juntos.

—¿Desde cuándo te gusta la Fórmula 1? —pregunto, cruzándome de brazos y enarcando las cejas—. No sabía que eras fanático del deporte. Siempre hacías comentarios despectivos cuando me quedaba los domingos en casa viendo las carreras.

—Bueno, es solo que… es difícil justificar ante tus amigos que a tu novia le gusta un deporte de hombres.

Esboza una media sonrisa inocente, como si pretendiera que fuera a empatizar con él después de ese comentario de mierda.

—¿Perdona? —Sacudo la cabeza sin dar crédito a lo que dice. Este se debe de estar medicando.

—Veo que sois compañeros de equipo y te ha hecho el favor de llevar a tu hermano con otros pilotos, así que imagino que no le importara que…

—Dani —nos interrumpe Alessio, que llega corriendo desde el box contiguo—. Tu hermano y tu padre te están esperando. Quieren que te saques una foto con ellos.

—Eh… sí, ahora mismo voy.

Carraspeo y paseo la mirada de izquierda a derecha estudiando la postura de ambos.

Medito unos segundos si es buena idea presentar a mi exnovio al famoso piloto del que estoy empezando a sentir demasiadas cosas.

Que los tres hayamos coincidido en el mismo metro cuadrado es la madre de todas las casualidades y una situación de sobra incómoda.

—Hola, soy Santoro, Alessio Santoro. ¿Y tú eres…?

—Sant… Santoro, sí lo sé. Yo… soy Oriol. El novio de Daniela.

¡La madre que lo parió!

—¿Cómo? —abro los ojos sin creer lo que acaba de soltar por su boca.

—No me extraña. Daniela es muy popular por aquí —declara Alessio con una mezcla divertida y desconcertada por su confesión—. Ten cuidado, Orson, no sea que te la vayan a levantar.

—Oriol, me llamo Oriol.

—Lo que sea…

Ambos se giran hacia mí, el nexo entre los dos hombres que han creado una situación de lo más violenta. Ahora esperan que sea yo la que diga algo medianamente inteligente para que pueda desenredar este pequeño malentendido que se ha generado en un momento.

—Bueno, Oriol, tenemos que irnos —opto por una respuesta esquiva.

—¿Me llamarás para tomar un café? —pregunta con ojos de cachorro para demostrar un ápice de pena.

—Ya veremos, tengo mucho trabajo —respondo molesta por la manera en la que ha querido marcar territorio delante de él.

—Cierto, tenemos mucho trabajo —añade Alessio cogiéndome del hombro para atraerme hacia él. Dios, este hombre sabe cómo cortarme la respiración—. Daniela es una persona indispensable en el equipo. Algunos no podríamos vivir sin ella —me guiña un ojo y me alienta a marcharnos enseguida .

—Alessio… —susurro cuando ya hemos dejado atrás a mi ex con la palabra en la boca.

—Cerebrito, tienes que pasar el tiempo con quien realmente merece la pena y, por lo poco que he podido hablar con ellos, tu familia vale oro, así que no lo desperdicies con gente que no sabe apreciar tu amistad.

Su mano resbala desde mi hombro hacia la parte baja de mi espalda, desde donde él me invita a entrar en el box de McKenzie.

Veo a mi hermano y a Asher Miller reír por las bromas que el británico le suelta en un intento de chapurrear español, y no puedo estar más feliz de tenerlos hoy aquí conmigo.

—Gracias, Alessio. Gracias por todo.

—Lo que sea por ti, Cerebrito.

Y con esas palabras, que me ablandan todo el cuerpo, se acerca a donde está mi padre, a quien tiende una tarjeta mientras mantienen una conversación en privado.

Hacía tiempo que no lo veía sonreír así, quizá desde que mi madre enfermó, cuando la oscuridad se instaló en nuestra casa. Hoy, por primera vez, verlos tan felices es de las pocas cosas que podría pedir.