Fórmula inesperada (Pasión en el Paddock 1) 28
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El karting

Daniela

Bérgamo, Italia

Raffaele Santoro karting infantil

Llevamos varios minutos en silencio, con el rumor de la música de la canción Riccione, de Thegiornalisti, de fondo.

Él, conduciendo sin rumbo, con los nudillos tan apretados al volante que se están tornando de un color blanquecino.

Yo, tratando de recuperar la cadencia de mi respiración después de la escena de la que he sido testigo allí dentro.

Ver cómo ese hombre sujetaba a Alessio con tanta fuerza que parecía que iba a ahogarlo me ha dejado paralizada al principio. Después, he sentido unas ganas repentinas de lanzarme sobre su espalda para defenderlo.

No soy una persona violenta. Jamás en la vida me enseñaron que el abuso físico fuera una forma válida de castigo. Mis padres se limitaban a quitarme la consola para que no jugara más al Gran Turismo . Privarme del videojuego al que dediqué demasiadas horas era, sin duda, mi peor escarmiento .

Por eso me cuesta entender que Alessio tenga que soportar ese maltrato de la persona que debería estar ahí para protegerlo y guiarlo en la vida.

A pesar de estar concentrado en la carretera, puedo intuir en sus ojos una furia irrefrenable, un volcán a punto de explotar, así que le toco con suavidad el hombro para que vuelva de donde quiera que se haya ido.

—Ale, por favor, ve más despacio —le ruego. Veo cómo se vuelve hacia mí durante un microsegundo, sorprendido de que me haya referido a él con ese diminutivo que solo utilizan sus amigos más cercanos.

—Lo siento —responde, levantando el pie del acelerador.

Su gesto empieza a destensarse. Incluso ha soltado una de las manos del volante y la ha posado relajado en la palanca de cambios, como un gesto involuntario.

—Oye, si quieres hablar de lo que ha pasado ahí dentro…

—Prefiero que no —contesta tajante, pasándose una mano por el pelo.

Sé que ahora mismo es una caja hermética y no puedo acceder hasta él, aunque lo intente. Aun así, quiero estar ahí, igual que él lo hizo cuando me sacó de aquella fiesta en mi peor momento.

—Vale, respeto tu decisión, pero no creo que debas tolerar que tu padre te trate así.

—Ya es demasiado tarde —añade, resoplando—. Lo que has visto ahí dentro es solo la punta del iceberg de lo que llevo años soportando.

Abro la boca para decir algo, pero acaba de confesar que su padre lleva buena parte de su vida maltratándolo, y no encuentro las palabras adecuadas para animarlo en este momento.

A él. Al guaperas arrogante que parece comerse el mundo. Al que adoran las cámaras. El piloto de élite al que todos auguran un futuro brillante es, en realidad, alguien que esconde en lo más hondo una carga emocional que nadie ha sabido ver.

—Oye, si quieres, puedes hablar conmigo de lo que sea. Ya sé que para ti solo soy una nerd con gafas que prefiere discutirte que en las telemetrías está la clave del éxito, pero también puedo ser…

Alessio suelta una carcajada y ver ese resquicio de felicidad en su cara, después de todo lo que ha pasado, hace que mi corazón dé un vuelco.

—Eres más que eso, Dani. No te menosprecies —afirma esbozando una media sonrisa y cambia de tema—. Ya queda menos para llegar. Creo que nuestro día está a punto de mejorar.

Sin saber qué contestar a su afirmación, aguardo intranquila observando el paisaje exterior.

Hemos dejado atrás la ciudad de Bérgamo y nos dirigimos a una de sus áreas rurales.

En cuanto tomamos la última salida de la carretera, llegamos a una explanada con un cartel de bienvenida en el que se puede leer: «Raffaele Santoro Karting infantil».

Apaga el motor, se desabrocha el cinturón y, sin decirme nada, levanta sus manos para mostrarme el complejo, dibujando una mueca divertida en su cara.

—Tú sí que sabes cómo alegrarme el día —afirmo maravillada, recordando los sábados de mi infancia en el karting con mi padre—. Aunque no estoy tan segura por tu parte. ¿Estás preparado para que te dé una paliza? Esa de ahí es mi especialidad.

—¿Te he contado alguna vez que he sido campeón mundial de karting dos años consecutivos? —ironiza, pues conozco de sobra su trayectoria—. Igual eso ayuda a que no te vengas tan arriba, Cerebrito.

Me saca la lengua, le doy un manotazo en el brazo y salimos del coche para encaminarnos hacia la entrada del recinto. Entre niños y adultos, calculo que habrá una docena de personas, que no se percatan de nuestra presencia porque bordeamos la pista para entrar al recinto.

Alessio saluda al recepcionista con un gesto amical y le hace una señal para informarle de que seremos dos los que correremos en la pista. Nos entrega los cascos y nos apartamos a un vestuario cercano para cubrirnos con las protecciones.

—Así que ¿este complejo es de tu abuelo? —pregunto con curiosidad.

—En realidad, no. Es el sitio al que venía de pequeño a correr. Se puede decir que aquí fue donde empezó mi carrera —explica orgulloso—, pero Giorgio Salvatore me ayudó a comprarlo años después con parte de la herencia de mi abuelo, así que le pusimos su nombre en su honor.

—Puede que aquí haya ahora mismo un futuro piloto de la Fórmula 1.

—Ojalá sea así. Hay niños que tienen mucho potencial ahí fuera, aunque a veces se quedan en el camino por la falta de patrocinadores. Si no tienen un sustento familiar sólido que los ayude a empezar, muchos de ellos dejan de correr y tiran sus sueños por la borda.

—Es lo mismo que le ha pasado a mi hermano —afirmo, intentando ponerme el casco, pero la hebilla de liberación se me resiste—. En cuanto los precios del material, las licencias y las tarifas de las inscripciones de los campeonatos se pusieron por las nubes, ha tenido que dejarlo.

—Vaya, siento oír eso —lamenta, con una preocupación que veo reflejada en sus ojos a través de la visera—. Por eso Salvatore y yo no quisimos que ningún niño renunciara a su pasión, así que también montamos una pequeña fundación para conceder becas a quienes no pudieran permitírselo.

—¿En serio? Eso es muy generoso por vuestra parte. Ojalá existieran también donde vivimos …

Deja escapar una pequeña sonrisa y, sin pedir permiso, agarra la hebilla del casco para ayudarme a engancharla.

Del contacto de nuestras manos salta una chispa invisible que ambos notamos. En silencio, Alessio alterna la mirada entre mis ojos y las cuerdas retráctiles, para volver después a observarme. Sus pupilas han recuperado el brillo que suele reflejarse en ellas.

Un escalofrío me recorre todo el cuerpo cuando escucho el clic del gancho. Me agarra con suavidad de los hombros para atraerme hacia él y, sin darme cuenta, mis ojos recorren su ceño fruncido, sus mejillas rosadas, su nariz romana hasta detenerse en sus labios.

Él se da cuenta y noto cómo su respiración se entrecorta. Me roza con delicadeza la longitud de mi cuello para atraerme más hacia él. Si no fuera porque llevo el casco puesto, intuyo que Alessio se habría lanzado a besarme.

No puede ser. Debo de estar alucinando, pero juraría que entre nosotros se ha creado un momento de intimidad tan inusual como placentero, de esos que solo un carraspeo sería capaz de romper.

—Pero mira quién está aquí. Si son mis dos pupilos favoritos —exclama una voz familiar, y los dos saltamos del respingo.

—¡Andrea! ¿Qué haces aquí? —pregunta Alessio a nuestro ingeniero jefe y se agacha cuando ve quién viene detrás—. Y tú debes de ser… A ver, a ver... —se lleva una mano a la boca, bromeando con la pequeña—. El otro día leí que tú ibas a ser la próxima generación de pilotos guerreras de la Fórmula 1.

—Ale, no hagas bromas conmigo. Soy Valentina —dice la pequeña, riendo, y se echa a los brazos de Alessio—. Corres conmigo todos los meses y te sabes mi nombre de memoria.

—¿Hoy también quieres venir conmigo? Todavía eres muy pequeña para ir tú sola. Solo si tu papá nos deja, claro .

Andrea afirma sonriendo y se acerca hacia mí para saludarme.

—¿Y esta chica de aquí quién es, Alessio? ¿Es tu novia? —pregunta la niña con todo su desparpajo. Menos mal que tengo el casco puesto; si no, todos habrían sido testigos de mi cara de espanto.

—Ella es Daniela, una amiga. Trabaja con papá y conmigo.

—Hola, Daniela. ¿Tú también corres? —Asiento, sonriendo a través de la visera—. ¡Qué guay! Otra chica más. Quiero ir con Alessio primero y luego contigo después.

—Claro, prepárate para ganarlos, campeona —le reto, acercándome para chocarle los cinco.

Alessio se marcha con la niña en un brazo y el casco en la otra mano, mientras oigo cómo la pequeña le dice que su nueva amiga es muy guapa. Un rubor me sube a las mejillas y doy gracias a que Andrea se sitúa a mi lado mientras los observamos alejarse hacia la pista.

—Algún día será un padre estupendo —apunta con una sonrisa en la cara.

Asiento de manera inconsciente, proyectando una imagen de él en un futuro no muy cercano, rodeado de niños en una casa enorme. A su lado, una mujer le da un beso en la mejilla y, cuando se gira, puedo descubrir mi cara.

Sacudo mi cabeza, tratando de espantar esos pensamientos. No sé por qué ese tipo de imágenes inverosímiles se cruzan por mi mente.

«Ya no tienes quince años, Daniela. Madura y asume la realidad», me reprocho, frunciendo el ceño.

—Sí, es una pena que él no haya tenido la misma suerte con el suyo —confieso, y me arrepiento al instante, pues no sé hasta qué punto Andrea está al corriente de la relación paternofilial .

—Massimo es un auténtico tirano. Ojalá el tiempo lo ponga en su lugar —manifiesta irritado, en una declaración que me sorprende por su beligerancia.

Con los puños apretados, se acerca a una vitrina repleta de fotos antiguas y de trofeos—.

Si Raffaele viviera hoy, estaría abochornado de la actitud de su hijo.

Asiento, sin decir nada más, y me acerco a su lado. Hay varias instantáneas de Giorgio y Raffaele en blanco y negro, compitiendo en los años setenta. También de Alessio en todas las etapas de su vida: desde que corría en esta pista de pequeño hasta que ganó el campeonato mundial en Kuala Lumpur.

Cuando llego a la última, donde Giorgio inaugura el karting con Alessio a un lado y otro hombre al otro, identifico a este último de inmediato.

Es imposible no reconocer la semejanza entre padre e hijo: el mismo pelo ondulado que vi de espaldas cuando tenía a Alessio agarrado por el cuello.

Y ahora, al verlo de frente, reconozco al mismo hombre que estaba en el despacho con Domenico el día que me perdí buscando el baño de la discoteca.

Los recuerdos de esa noche se vuelven ahora más nítidos que nunca.