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Gabinete de crisis
Alessio
Bérgamo, Italia
Sede central de la escudería Rosa Nera
No sé qué está pasando hoy en la sede, pero todo el mundo anda revolucionado.
Bueno, sí lo sé. Ayer explotó la noticia bomba de este nuevo perfil social de cotilleos en el que se acusa a Ferrara, nuestro team principal , de tener predilección por encuentros íntimos con chicas demasiado jóvenes.
Así que hoy el equipo de Prensa y Relaciones Públicas no ha dejado de encadenar reuniones a todos los niveles.
A estas alturas, ya habrán convocado un gabinete de crisis para intentar apagar los fuegos antes de que se propaguen aún más.
Hasta ahora, las acusaciones contra el equipo habían sido demasiado banales.
Tanto a Leo García como a mí se nos achacaba salir con una mujer distinta cada día.
En el caso del americano resulta extraño, pues nunca antes había dado señales de ser un juerguista, aunque ya ha empezado a entrar en el radar de los medios .
Bienvenido al club. Para mí es algo tan habitual que ni siquiera le presto el mínimo de atención.
No obstante, las acusaciones de haber intimado con menores traspasan cualquier límite legal, además de resultar completamente repugnantes.
Solo espero que no tengan un impacto negativo en la imagen del equipo y se depuren responsabilidades si lo que se dice es cierto.
No conozco demasiado a Ferrara a nivel personal, pero tampoco pondría la mano en el fuego por él.
Al fin y al cabo, es amigo de mi padre, así que tampoco sería extraño que todo lo malo se acabe pegando.
Y hablando del rey de Roma. Lo observo desde lejos salir de la sala de reuniones para hablar por teléfono. Cuando me acerco, me pide un minuto levantando el dedo índice y, de manera inevitable, escucho su conversación.
—Sí, cariño, estoy reunido. En cuanto pueda volveré a casa —informa mi padre a quien intuyo que será su nueva novia… o la que le ha pedido el divorcio. Yo qué sé.
Sé por su gesto que miente, porque cuando lo hace le perrea el párpado derecho.
Quizá sus mujeres no lo sepan. A fin de cuentas, sus matrimonios anteriores no han durado más de dos años, así que dudo que hayan tenido tiempo suficiente para conocerlo.
O quizá sí, y precisamente por eso se divorcian de él en cuanto salen a relucir todas sus miserias.
—No te preocupes. Todo está bien. No hay nada de lo que preocuparse. —Se lleva el puño a la boca, lo muerde y reprime un grito—. Ciao .
Guarda el móvil en el bolsillo y se vuelve hacia mí.
—¿Qué quieres, Alessio? —usa el mismo tono de voz que empleaba cuando yo era pequeño, ese con el que me miraba con desprecio cada vez que le resultaba un estorbo.
—¿Qué es lo que está pasando ahí dentro ?
—Nada de lo que debas preocuparte —responde tajante—. Son cosas de adultos que tenemos que resolver en un círculo reducido. Cuanto menos sepas, mejor.
Hace ademán de girarse para volver a la sala y lo agarro de la manga de la americana para evitar que se marche.
—¡Massimo! Deja de tratarme como a un crío. Tú no formas parte del equipo técnico, así que, si estás ahí dentro, es porque han aireado algún tipo de información que puede llegar a perjudicarme en lo personal. ¿Cuál es la estupidez que se han inventado esta vez sobre mí?
Mi padre titubea. Por su gesto entiendo que se debate entre confesarme lo que está pasando en realidad o mentirme, su especialidad.
—Ha salido una información que… —tarda unos segundos en continuar mientras se rasca el cuello— me temo que afecte a tu imagen, sí.
Me llevo las manos a la cabeza y, al fondo del pasillo, veo a Daniela introducir unas monedas en la máquina de vending para comprar lo que presumo que serán esos cacahuetes bañados en chocolate que tanto adora. Por suerte, mi padre está de espaldas y no se percata de hacia dónde miro.
—¿Qué han dicho de mí? —exclamo, apretando los puños—. ¿Fiestas, alcohol, otra boda con alguien que no conozco? ¡Maldita sea! Cuéntamelo ya si no quieres que entre ahí y dé un manotazo sobre la mesa.
Cambia el peso de un pie al otro y empiezo a temerme lo peor. Me importa una mierda lo que digan de mí. Me la trae floja que me relacionen con una modelo u otra, que me acusen de vago en la pista o hasta de haber llegado aquí por mi apellido. Pero con ella no, por ahí no paso.
Lo único que temo en este momento es que haya salido a la luz alguna imagen de Daniela. No soportaría que nadie le hiciera daño con simples habladurías. Sería capaz de cualquier cosa con tal de encontrar a quien haya filtrado una mísera imagen o haya sembrado un bulo infundado sobre ella.
—No es nada de ti —confiesa al fin.
Sus palabras me sorprenden y mi gesto se destensa poco a poco. Estaba a punto de hacerme sangre en las palmas de las manos de tanto apretarlas.
—Entonces, si no es nada mío, ¿por qué va a afectar a mi imag…? —Me detengo y abro los ojos de par en par. Mi padre agacha la cabeza—. Dime que no eres tú el protagonista de la noticia.
Uno de los mecánicos pasa a nuestro lado. Mi padre espera a que se aleje lo suficiente para explicar:
—Puede que… a raíz de la información sobre Domenico, alguien me haya acusado de haber asistido a esas fiestas con él —reconoce en un hilo de voz—. Pero es mentira, Alessio. ¡Todo lo que dicen son puñeteras mentiras!
Mi respiración se entrecorta y un mareo repentino me sacude ante el odio que escupe por la boca. Si no lo conociera, pensaría que todo son falacias, pero hay una alerta dentro de mí que me grita que en todo eso podría haber algo de verdad.
—¡No me lo puedo creer! —alzo la voz de manera inconsciente.
Él me fulmina con la mirada tras echar un rápido vistazo al pasillo para asegurarse de que nadie nos escuche—.
O sea, que todo este tiempo me has estado reprochando no cuidar mi imagen, mi dieta, con quien me acuesto y con quien no…
Has controlado cada puto detalle de mi vida.
Y ahora, ¿vienes a decirme que, por tu culpa, podría arruinarse mi carrera?
—Baja la maldita voz —susurra con el rostro encolerizado—. Nadie tiene que enterarse aquí de lo que pasa en nuestras vidas.
Río por la nariz, río con amargura, porque el chiste que me acaba de contar no tiene ni puta gracia .
—Dime que no es verdad, que no te has acostado con ninguna menor de edad —lo interpelo muy serio, apuntándole con el dedo.
—¡No, joder! No es verdad. —Se rasca la cabeza y trata de esquivar mi mirada—. Son mentiras, son malditas mentiras para desacreditarnos…
Veo un atisbo de duda en sus ojos y el párpado comienza a temblarle varias veces en un tic involuntario.
Una punzada de dolor me atraviesa el pecho cuando un fogonazo me transporta a la infancia.
Estoy en pijama, debo de tener unos diez años y observo, desde los barrotes de la escalera en casa de mi padre, la fiesta que ha montado con unos amigos allá abajo.
Estoy seguro de que, si me descubren, él me castigará obligándome a correr diez kilómetros bajo las gélidas temperaturas nocturnas, así que me escondo como puedo.
En el salón, un grupo de chicas jóvenes posa en fila india con poca ropa. Una de ellas, la más pequeña, llora, gime, se desgañita. Mi padre le propina un tortazo que la lanza directa al suelo.
Vuelvo al presente y lo observo fruncir el ceño, tratando de analizar la situación, de dar con una solución de inmediato. Aunque sé que nada de esto lo hace por mí ni por su amigo; cualquier atisbo de preocupación no es más que la expresión de un egoísmo vano, centrado únicamente en sí mismo.
—Sabía que eras miserable, Massimo, pero lo de hoy ha traspasado todos los niveles de la inmoralidad. Eres repugnante. No quiero saber nada de ti.
—¿Cómo te atreves? ¡Eres un desagradecido!
—Me agarra del jersey y siento una opresión en la garganta que me impide respirar.
Veo cómo Daniela nos observa a lo lejos y se tensa al contemplar a mi padre intentando ahogarme—.
Lo di todo por ti: mi carrera, mi dinero, mi vida, y así me lo pagas. ¡Desgraciado !
Me suelta con rabia, no porque sienta que me está privando de oxígeno, sino porque se da cuenta enseguida de que estamos en un espacio público. Las apariencias son, sin duda, su prioridad en estos momentos.
Me acaricio el cuello mientras toso, tratando de recomponerme. Él gira sobre sus talones para entrar de nuevo en la sala.
Mi cuerpo se tensa de golpe y maldigo por dentro. Me encamino por el largo pasillo a paso ligero, sin detenerme a mirar esos ojos grandes que me observan desde hace rato. Necesito largarme de aquí, lejos, a un lugar donde pueda calmarme.
Según salgo al exterior de la sede y me dirijo al aparcamiento, oigo cómo una voz me llama sin cesar:
—¡Alessio! ¡Alessio! Para, por favor.
No miro atrás. No puedo. Soy incapaz de mirarla a la cara. Solo necesito llegar al coche y conducir sin rumbo.
—¿Quieres parar un momento? —insiste Daniela.
Meto la llave en la cerradura y, aunque ya se encuentra a mi lado, no contesto. Solo me concentro en salir pitando de aquí.
—Dani, vete, por favor —le ordeno al fin, esquivando su mirada. Aunque la realidad es que es la única persona a la que quiero cerca de mí en estos momentos.
Siento un deseo irrefrenable de darme la vuelta y abrazarla, pero trato de controlarme. Odiaría que ella se vea envuelta en toda esta mierda que me rodea.
—No pienso irme mientras no me digas si estás bien —exclama en una seguridad que no la había visto en ella con anterioridad—. ¿Quién era ese hombre? ¿Y por qué has dejado que te trate así ?
—Es… mi padre. Pero solo nos une la sangre —matizo con inquina—. Hace demasiado tiempo que perdió el derecho de ejercer como tal.
—¿Cómo? ¿Me estás diciendo que ese hombre que intentaba ahogarte era tu padre?
Asiento con cierta vergüenza y me dispongo a subir al coche para marcharme, pero me agarra del brazo. El contacto de su mano desata en mí una reacción química inmediata.
—¿A dónde vas? —me pregunta y se corrige a sí misma de inmediato—: Me da igual. Voy contigo.
—No, Dani. Por favor —le ruego.
Pero no sirve de nada. Ya ha rodeado el coche, ha abierto la puerta del copiloto y se ha sentado a mi lado.
Mierda. Es demasiado tarde. Se ha metido en mi coche y no he podido evitar que también lo haya hecho en mi vida.