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Un mundo de hombres
Daniela
Mónaco, Principado de Mónaco
Los resultados del Gran Premio de Mónaco han sido más que satisfactorios para el equipo.
Alessio ha quedado en un quinto puesto mientras Leo se ha mantenido octavo, sumando varios puntos para la clasificación anual.
El equipo está recogiendo los bártulos para dejar mañana Mónaco y regresar de vuelta a casa.
Como si a Bérgamo se le pudiera llamar así, pero es lo más parecido que puede considerarse tras viajar todo el año con la casa a cuestas.
Tengo una mezcla de sentimientos enfrentados con todo lo que ha pasado esta semana.
Por un lado, siento que mi acercamiento con Alessio está aparcando nuestras discrepancias en el trabajo.
Me alegra que por fin pueda creer en mí, en el trabajo de campo que realizo estudiando las telemetrías y en mi experiencia también como fanática del deporte, sobre todo después de lo vivido en Canadá.
Además, si puedo resultar útil para el equipo, al menos durante el tiempo que esté aquí, creo que mi misión con esta beca ya estaría cumplida.
Por otro lado, sigo con un nudo en el estómago desde la fiesta del otro día.
Aún tengo difusos los recuerdos de esa noche.
Algunos flases me han venido a la cabeza del momento en el que volvíamos en el coche de Alessio y hasta de cuando me cargó en brazos por el ascensor desde el garaje hasta su casa.
Sin embargo, todavía desconozco qué pasó desde que fui al baño hasta que me encontré con él.
Es como si estuviera viviendo un episodio postraumático que hubiera borrado de un plumazo parte de mi memoria, levantando un muro para evitar sufrir.
Esa es la razón por la que creo que estos días he estado evitando cualquier tipo de contacto social. He intentado esquivar a Camila, a Will y al resto del equipo que, sospechosamente, están siendo bastante amables y simpáticos conmigo.
Tampoco he querido tener ningún tipo de contacto visual con Alessio, porque…
lo que sea que me esté removiendo por dentro es algo que tengo que cortar de golpe.
Esa fantasía adolescente de admirar a un piloto, más que de manera profesional, se quedó entre las cuatro paredes de la habitación de mi infancia colgada de un póster.
Sin embargo, esto es el mundo real. Él es de carne y hueso, somos simples compañeros, así que esto tiene que acabar. Por mí, por mi propio bien.
Por ello, no me ha quedado más opción que enfrascarme en mi trabajo y solo ahora me he sentado en una cafetería cercana para seguir leyendo Mujeres que desafiaron las leyes de la velocidad , un ensayo de aquellas heroínas que lograron romper las barreras del machismo para alcanzar el podio en diferentes categorías del automovilismo.
Estoy tan concentrada en la documentación que no me doy cuenta de que una voz femenina, en la mesa contigua, me habla:
—Tienes buen gusto para la lectura. Me encanta ese libro.
Alzo la cabeza para encontrarme con una mujer que al principio me cuesta reconocer. Tiene el cabello largo y rubio, enroscado en una gorra, la tez blanquecina y una sonrisa sincera que conquistaría a cualquiera.
—Lo compré en una librería de Montreal el otro día —respondo orgullosa—. Llevaba años detrás de él. Estaba descatalogado y era imposible encontrarlo, ni siquiera por internet.
—Lo sé. Yo tengo una de las pocas ediciones especiales que se publicaron en su día. Es una auténtica reliquia —dice mientras se quita las gafas de sol y su rostro despejado me revela quién es. Se acerca a mi mesa y señala con la mano la silla que queda libre—. ¿Te importa?
Vacilo unos segundos, porque todavía no estoy acostumbrada a que una persona de su categoría se siente a hablar con alguien como yo.
—¡Por supuesto! ¡Adelante! —respondo inquieta mientras me ajusto las gafas. Espero que no note la emoción que desprende mi voz.
—Soy Olsen, Emily Olsen —dice la piloto tendiendo la mano.
—Lo sé, te acabo de reconocer. Yo soy Daniela Serra.
—Así que, si estuviste el otro día en Montreal, intuyo que trabajas para alguna escudería —trata de averiguar y asiento con la cabeza—. ¿Quizá en algún puesto de ingeniería?
Sonrío por su respuesta. Veo que es una mujer muy observadora e intuitiva. No me extraña; esas son dos cualidades esenciales en un piloto de automovilismo .
—Es la primera vez que alguien no me pregunta si trabajo de periodista o en publicidad —ironizo y doy un sorbo al café.
—Qué me vas a contar… —frunce el ceño y sacude la cabeza en señal de incredulidad—. Hace poco un segurata me preguntó si era la novia de algún piloto. No se creía que hubiera una mujer compitiendo en la categoría reina ni siquiera enseñando mi acreditación.
Abro la boca desconcertada.
—¿En serio? No me lo puedo creer —manifiesto, tapándome la boca—. ¿Cómo pueden no conocerte? Eres lo mejor que le ha pasado a este deporte en los últimos años.
Emily se yergue en la silla, sorprendida por mi afirmación, y da un manotazo al aire para restarle importancia.
—No será para tanto…
Dejo la taza reposar sobre el platillo. Estoy saboreando cada matiz del café como si fuera el último quetomaré en mi vida. Quizá también influya que me haya costado casi diez euros, pero esta conversación requiere toda mi atención.
—Que tú estés aquí no solo es algo extraordinario para tu carrera, sino para miles de niñas que te ven por televisión —exclamo, abriendo las palmas de las manos—.
Hoy ya no quieren ser secretarias ni modelos.
Hoy saben que pueden aspirar a trabajar donde ellas quieran porque tienen referentes como tú.
Emily me dedica una media sonrisa, aunque no la veo muy convencida. Algo debe de estar pasando por su cabeza para que piense así.
—Ojalá todo el mundo lo viera con el optimismo que lo ves tú…
Vuelvo a abrir el libro que estaba leyendo. Miro el índice y busco la página ciento treinta y dos. Se lo enseño y ella vuelve a sonreír, esta vez de nostalgia.
—Ingrid Haugen —apunto con el dedo al párrafo de presentación—. Creo que te suena el nombre. Cuatro veces campeona europea femenina de rallies y primera mujer noruega en conquistar el podio en Fórmula 2.
—Mi abuela es una mujer increíble, tanto al volante como en persona —confiesa cogiendo el libro de mis manos y tocando la foto en sepia tomada en el circuito de Montjuïc en los setenta.
—Me apuesto a que está muy orgullosa de ti. De todo lo que has conseguido. De todas las barreras que has derribado.
—Lo está. Es mi mayor fan —concluye, satisfecha—. Y ¿qué hay de ti? ¿Te gustaría pilotar?
Me sorprende el giro en la conversación, y que quiera saber algo de mi vida, así que dudo antes de contestar.
—Bueno…, se puede decir que, de manera amateur sí, aunque mi verdadera pasión se encuentra detrás de las cámaras, haciendo números para ayudar a otros a ganar.
—Admiro mucho al equipo de ingeniería. Sin vuestras mentes brillantes, sería imposible llegar donde estamos.
—La verdad es que los ingenieros de Rosa Nera son unos profesionales. En particular, Andrea Rossi, mi jefe directo. Estoy aprendiendo un montón con él.
Su sonrisa se desdibuja en cuanto pronuncio el nombre de la escudería y su gesto se ensombrece. Parece que acabe de recordar algo que se estanca en su mente antes de hablar.
—¡Oh! —exclama sorprendida—. ¿Trabajas para Rossi? Fue uno de mis mentores cuando era bastante más joven. Es… muy bueno en los suyo, aprenderás mucho con él.
—No me cabe la menor duda .
Algo en el rostro de Emily dice que quiere preguntarme algo, pero parece que no se atreve. Mira a todos lados y, cuando comprueba que la cafetería se encuentra casi vacía, se gira de nuevo hacia mí.
—Y… ¿todo bien con el team principal ? —vacila unos segundos antes de resoplar y se corrige a sí misma—. Perdona, no debería haber preguntado eso. Es algo personal. Es solo que…
Vuelve a mirar en todas las direcciones y coge su móvil.
—¿Estás bien? ¿Ocurre algo?
—Solo quiero que tengas cuidado con él —me advierte en una confesión que me provoca un escalofrío por todo el cuerpo—. Hay rumores de que… en breve se publicará una información muy personal sobre él. Dicen que tiene la mano muy larga y ya sabes que «cuando el río suena, agua lleva».
Me dedica una mirada de lástima, se levanta y me toca el hombro en señal reconfortante.
La veo marcharse de lejos mientras habla con urgencia por el móvil y me quedo unos segundos pensando en sus palabras. Una notificación me salta en la pantalla, la desbloqueo y veo que es la última publicación de Lady Paddock.
Abro los ojos y me quedo atónita. No puede ser.
Parpadeo despacio, dos, tres, cuatro veces, hasta que pierdo la cuenta.
Me recuesto sobre el respaldo releyendo el post en mi cabeza. Miro a un punto fijo de la taza. El café ya se ha quedado frío.
Las imágenes de la noche de la fiesta se vuelven por fin más nítidas.
Y ahora solo deseo no haber podido recordar.