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Una bronca monumental
Alessio
Mónaco, Principado de Mónaco
El día ha sido más productivo de lo que pensaba en un principio.
Doy gracias por no haberme terminado la primera copa anoche, porque, de lo contrario, quizá no me habría encontrado a Daniela en aquel pasillo ni habría podido llevarla a un lugar seguro.
Aunque se ha quedado algo más tranquila cuando la he dejado en el hotel, sigo con la mosca detrás de la oreja con lo que pudo pasar anoche.
Ese gesto de terror que vi reflejado en su cara era de otro mundo y me aterra pensar que esté silenciando un suceso que pudo acabar de la peor manera.
Aun así, me alegro haber podido protegerla. Como a una hermana pequeña, sí. Llevarla sana y salva a casa y que sepa que, aunque tenemos nuestros más y nuestros menos en el trabajo, puede contar conmigo en caso de que quiera contarme algo.
Llevo todo el día de muy buen humor. Un detalle que ha notado Andrea en cuanto he entrado silbando a la sala audiovisual para repasar los vídeos de anteriores grandes premios, con el fin de repasar la estrategia para el próximo domingo.
Pero primero quedan los entrenamientos libres de mañana y la clasificación.
Todo está preparado para uno de mis circuitos preferidos.
El equipo está recogiendo el material para dejarlo todo listo y los chicos han ido al vestuario a cambiarse de ropa. Lo sé porque, siempre que esa panda de descerebrados se junta, las risas y el alboroto se desatan hasta su máxima expresión.
Entro en el servicio antes de volver a mi apartamento.
Los cubículos están en un recibidor al inicio, por lo que nadie me ve pasar.
Sigo inmiscuido en mis pensamientos y apenas presto atención a las bromas de los mecánicos, hasta que algo capta mi atención.
Agudizo el oído y me quedo escuchando la conversación encerrado en el baño.
—¿Habéis visto cómo estaba anoche la becaria en la fiesta? —pregunta una voz con un marcado acento francés.
—Con esa minifalda, yo le hubiera hecho más de uno y de dos favores —apunta otra.
El cuerpo se me tensa por completo. Ahora mismo solo pienso en salir de aquí y darles una paliza a todos estos niñatos por hablar así de ella.
Y estoy seguro de que se refieren a Daniela, porque de los diez becarios que han contratado esta temporada, la mayoría se ha quedado en la sede de Bérgamo y solo ella es mujer.
—Oye, tíos, dejadlo ya —les abronca uno de ellos, a quien creo reconocer como Lakowe. Menos mal que su novio la defiende. Aunque, ahora que lo pienso, ya podría haberla ayudado anoche cuando más lo necesitaba.
—¡Uhh! Will, no me digas que es tu novia. Pensaba que solo te acercabas a ella para que te ayudara a aprobar tus exámenes de la carrera. Pero ahora que hemos podido ver su culito, ya no tengo dudas de por qué te acuestas con ella .
Los chicos estallan en un grito de euforia y oigo el ruido de las toallas chocando unas con otras. Estoy a punto de salir cuando oigo de nuevo a su novio:
—Sois una panda de imbéciles. Daniela es una tía cojonuda, así que dejadla en paz.
—No será el único que lo piensa. Seguro que ha escalado puestos en el equipo a base de…
La voz, que reconozco como la de Benoit, se ahoga en un gemido y termina la frase gesticulando con lo que percibo es el ruido de unos golpes con las manos.
—Seguro que se ha tirado a medio equipo y le ha hecho una mamada a la otra mitad. Esa pequeña zorrita llegará lejos así.
Tiro de la cadena y abro la puerta dando un golpe a la pared. De una zancada me planto en medio del vestuario y los aullidos de quienes aún no me han visto se detienen en cuanto sus compañeros les advierten de mi presencia.
—¿Todo bien por aquí?
—Santoro, ¿cómo lo llevas, tío? —pregunta Benoit, que se acerca a palmearme la espalda en un gesto de colegueo. Su expresión cambia en cuanto retiro su mano de golpe.
—Veo que tenéis muchas ganas de fiesta —ironizo—. Se ve que la de anoche no fue suficiente para vosotros y hoy no habéis trabajado como se exige a un equipo de máximo nivel.
Todos me miran expectantes, porque intuyen por mi tono de voz que no he venido en modo amistoso.
Es más, la mayoría ha agachado la cabeza o desviado los ojos hacia otro lado.
Excepto Lakowe, que me sostiene la mirada, impasible, dudando de si me voy a unir a la conversación que estaban manteniendo o la voy a cortar por lo sano.
—Esto es la categoría reina, lo más alto del automovilismo y pronto seremos una de las mejores escuderías —exclamo enseñando los puños en señal de triunfo. Algunos asienten, otros me miran precavidos—. ¿Os gusta trabajar en Rosa Nera? ¿Queréis seguir trabajando aquí?
—Sí —susurran varias voces al unísono.
—No os oigo. ¡Más alto!
—¡Síííí! —exclaman esta vez en un grito conjunto.
—Me alegro. ¿Y alguien sabe lo que hace falta para seguir trabajando aquí?
El grupo permanece en silencio, hasta que alguien rompe la tensión:
—¿Un grado en mecánica?
—Además de formación —respondo enarcando una ceja—, ¿qué cualidades hay que tener?
—¿Buena forma física? —opina Benoit y marca el bíceps, presumiendo ante sus compañeros—. Yo no me pierdo una sesión de calistenia en el gym .
—Y ¿de qué te sirve eso, Dubois? ¿Crees que solo es importante la fuerza bruta?
¿Mazarse en el gimnasio para marcar camiseta?
—le interpelo elevando el tono de voz—. ¿Y qué pasa con tener un mínimo de cabeza, idiota?
¡Bah! —Doy un manotazo al aire—. Tú eres un caso perdido.
Aquí todos saben que solo eres capaz de pensar con la polla.
Algunos mecánicos reprimen una carcajada, otros se limitan a gesticular. Los terceros componen gestos de exclamación.
—Oye, Santoro, ¿hay algo que no haya hecho bien hoy? —vacila el francés, rascándose la cabeza—. Podemos hablarlo en privado, si hace falta.
Ignoro su comentario y me dirijo al resto.
—En este equipo y, en general, en este deporte, hace falta inteligencia.
Pero, además de eso, lo esencial es el trabajo en equipo —apunto con el dedo a todos y cada uno de ellos—.
Vosotros sabéis lo importante que es coordinarse y trabajar conjuntamente para cambiar los cuatro neumáticos en menos de dos segundos en cada pit stop .
Los chicos asienten, pero me miran confusos, desconociendo hacia dónde va este speech que me estoy marcando.
—Todos y cada uno de vosotros sois esenciales en el equipo. Desde el CEO hasta las personas que limpian la mierda que dejáis cuando os vais de aquí —matizo en referencia a los que siempre dejan los vestuarios como si hubiera pasado un huracán.
Uno de los chicos recoge una toalla del suelo y la deposita en el cesto después de mi comentario.
—Quienes trabajan en Relaciones Públicas —continúo—, en el departamento de Prensa, en la cafetería haciendo los bocadillos para que os alimentéis y rindáis bien. Quienes llevan años trabajando en este mundo y quienes acaban de empezar. ¿Alguien opina lo contrario?
—No, señor, tienes toda la razón —concuerda una voz en el fondo.
—Por favor, no me llaméis «señor», la mayoría sois mayores que yo.
Frunzo el ceño en señal de agotamiento.
—Vale, señor. O sea…, entiendo, Santoro.
—Podéis llamarme Alessio —les digo tratando de controlar mi voz—.
Lo que quiero decir es que espero que sea la última vez que, en este vestuario o fuera de él, se habla mal de un compañero.
Y mucho menos de una compañera. Quienes vienen aquí a hacer las prácticas pueden quedarse o marcharse a final de temporada, pero mientras están aquí forman parte del equipo.
»Por tanto, no volveréis a hacer comentarios sobre nadie ni a especular sobre su vida privada como si fuerais periodistas de la prensa rosa.
Sois profesionales, así que comportaos como tal.
Y si vuelvo a oír algo parecido sobre ella, me encargaré personalmente de que no se os vuelva a contratar ni en esta ni en ninguna escudería el resto de vuestra vida.
La tensión se puede palpar en el ambiente. Ya nadie gesticula; nadie habla ni siquiera murmura. Todos se han quedado mudos en cuanto les he echado la bronca del siglo.
—Espero que haya quedado claro, porque no lo voy a repetir más.
Los chicos asienten con timidez. Me dispongo a salir del vestuario, pero antes de coger el pomo de la puerta, me doy la vuelta.
—Benoit, Jones, cuando todo el mundo se marche de aquí, os quedáis a recoger las toallas del suelo. Cuando acabéis, os unís al equipo de limpieza del garaje. Hay mucho material que limpiar y ordenar antes del Gran Premio.
—Pero, Alessio… —se queja Dubois.
—Tú me llamas Santoro. No te permito esa familiaridad —escupo rotundo—. ¿Ha quedado claro? ¿O necesitas que te haga un croquis para explicártelo de nuevo?
—Todo claro, Santoro —agacha la cabeza.
—Así me gusta. El resto ya podéis ir a descansar.
Una sonrisa de satisfacción se dibuja en mi rostro en cuanto salgo del vestuario. Espero que esta sea la última vez que los oigo hablar mal de ella. Quien le haga algo malo a partir de ahora, tendrá que atenerse a las consecuencias.