Fórmula inesperada (Pasión en el Paddock 1) 24
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¿Qué me está pasando?

Daniela

Mónaco, Principado de Mónaco

Abro los ojos y los vuelvo a cerrar cuando entra la luz de golpe.

Siento que hay una orquesta tocando en mi cabeza y un percutor gigante haciendo obras de remodelación sin parar.

¿Qué me está pasando? No reconozco esta sensación de malestar que me machaca todo el cuerpo.

Me podría beber ahora mismo tres pantanos enteros y, aun así, no sería suficiente para paliar la sed que tengo.

Me giro en la cama y, tras ponerme las gafas que reposan en la mesilla, no reconozco la habitación en la que me encuentro. Este año me embarga la misma sensación a menudo. Cambiamos tanto de hotel entre circuitos que cada día es como dormir en una casa nueva.

Estoy descalza y no encuentro ni los zapatos ni la cazadora que creo que me dejé en el club.

Ay, mierda. La fiesta. La maldita fiesta .

Varios destellos comienzan a bombardearme la cabeza: los chupitos de tequila, Camila ligando con el camarero, Will y yo hablando con los mecánicos y, después, de camino al baño.

Ya está, el resto está borroso; como si lo que sucedió a continuación se hubiera esfumado de mi cabeza tras entrar al servicio.

Me levanto de la cama despacio y miro alrededor cuando un recuerdo me viene a la mente.

Pero no, no es de la noche anterior, sino del cuadro que cuelga sobre el cabecero.

Se trata de una preciosa foto de un antiguo Ferrari recorriendo las curvas de la Costa Amalfitana. ¿Dónde he visto esa imagen antes?

Paseo la mirada por la habitación y reconozco varios objetos que he visto hace poco. Salgo al pasillo, llego al salón y enseguida ato cabos.

¡Vuelvo a estar en el apartamento de Santoro!

Mierda, mierda. ¿Qué coño estoy haciendo aquí? No recuerdo haberme encontrado con él y ¿ahora resulta que hemos pasado la noche juntos? No puede ser.

Trato de hacer memoria. La sensación de un rayo atravesándome la frente me parte en dos cuando un destello me viene a la cabeza: una chica semidesnuda a horcajadas sobre un hombre de pelo ondulado. ¿Seríamos nosotros?

Vuelvo a la habitación para buscar el bolso y compruebo que el móvil se ha quedado sin batería.

Tengo que llamar a Camila y a Will para que me refresquen la memoria e hilar la secuencia de los hechos, como si fuera el CSI en una investigación criminal.

¡Oh, Dios! Me van a acribillar a preguntas hasta el final de la temporada.

Paseo la mirada por el mobiliario y no encuentro ningún cargador a la vista. Me pongo los zapatos, que me torturan según rozan las mismas heridas que me provocaron anoche, y con el bolso en la mano me dirijo al recibidor .

Justo cuando me dispongo a salir, la puerta se abre de repente y descubro a un sudoroso Alessio en ropa deportiva entrando en casa con una sonrisa deslumbrante.

—¡Buenos días, Cerebrito! Me alegra que ya estés en pie. No quería despertarte esta mañana, así que dejé que durmieras un poquito más mientras yo salía a correr.

—¿Cómo…? ¿Cómo puedes estar tan tranquilo después de…? —pregunto dubitativa, intentando encontrar las palabras acertadas.

—¿Después de qué? —contesta, desconcertado—. Oye, voy a preparar unas tortitas proteicas para desayunar. Dime si tomas café para preparar la Bialetti más grande.

La respiración empieza a entrar y salir de mi cuerpo de forma entrecortada. Sé que él está acostumbrado a traer mujeres diferentes a casa todos los días, pero yo jamás he hecho tal cosa. No soy así.

Me siento avergonzada y trato de esquivar su mirada. Lo único que quiero es marcharme de aquí, salir corriendo para no mirar atrás.

—Me marcho, no tengo batería y… —miro a todas partes— no sé ni qué hora es. Tengo que ir a trabajar.

—Daniela, espera.

De dos zancadas me alcanza en la puerta de la entrada y me sujeta del brazo.

—De verdad, no puedo…

—Por favor, quédate. —Señala la cocina y me invita a pasar—. ¿Cómo estás? Espero que te encuentres un poco mejor que anoche. Te encontré muy alterada en los baños y no sabía bien qué te había pasado.

—Creo que… Creo que bebí demasiado. Ya me lo advirtió Will y, estúpida de mí, no le hice caso.

—¡Bah! No te atormentes. Si yo te contara la de noches que he llegado a casa más perjudicado que tú… —bromea mo strando una media sonrisa, pero cambia su gesto de golpe—. Oye, Dani. Ahora en serio. ¿Te puedo preguntar si alguien te hizo daño? Espero que nadie se propasara contigo.

No me lo puedo creer. ¿Cómo tiene la desfachatez de acusar a alguien más de haberse pasado conmigo cuando él me metió en su cama mientras yo estaba inconsciente?

—¿Además de ti? —ironizo incrédula.

Tuerce el gesto, dando a demostrar que no sabe de lo que estoy hablando. Podría dedicarse a la actuación, porque mentir se le da fenomenal.

—Daniela, yo no… Quiero decir, tú y yo no… —señala a la habitación—. Anoche te saqué de aquel antro porque estabas teniendo un ataque de pánico.

Mierda. ¿Sería después de haber insultado a Benoit? No, aquello no fue tan fuerte como para que entrara en pánico.

—¿Y aprovechaste para meterme en tu cama y bajarme las bragas?

Su gesto se oscurece y me lanza una mirada desconcertada. Sé que parece inverosímil lo que hicimos, pero la realidad de que haya despertado en su cama no da lugar a dudas.

—Anoche no pasó nada, de verdad —sentencia muy serio—.

Te encontré llorando y me pediste que te llevara a casa.

Me insististe en que no querías volver al hotel y encontrarte con nadie del equipo; que estabas defraudada con la gente, que solo querías hacer tu trabajo y que esto te estaba quedando demasiado grande.

Lo miro unos segundos con gesto impasible.

—¿En serio te metí esa chapa?

Se ríe, sacudiendo la cabeza, y me invita a tomar asiento en uno de los taburetes altos.

—Siéntate, anda, que te vendrá bien un café para pasar esa resaca .

Dudo unos instantes de sus verdaderas intenciones, pero la versión que me cuenta va cobrando sentido en mi cabeza.

Llevaba el mismo vestido puesto dentro de la cama y mi ropa interior seguía intacta.

Estoy segura de que, si hubiera visto las bragas blancas con conejitos que llevaba hoy, no se hubiera acercado a mí ni con un palo.

Me enseña la cafetera y solo puedo contestar:

—Doble ración, por favor.

Me sirve el café en una taza y se dispone a sacar la sartén para cocinar las tortitas.

—¿En serio no te acuerdas de nada?

Sacudo la cabeza y me bebo el líquido negro de golpe. Creo que necesitaré un par o tres más para espabilarme.

—No recuerdo nada desde el momento en el que creo que salí del baño hasta esta mañana. ¿Cómo volvimos aquí?

Sus labios se curvan en una sonrisa pícara y mis ojos se detienen a estudiar sus facciones perfectas. Su respuesta me despierta del sueño:

—Estuviste muy graciosa en el viaje —explica—. Primero estabas enfadada y dolida. Luego dijiste que yo era tu salvador. Que menos mal que el perfecto y guapo Santoro había ido a rescatarte como si fueras una damisela en apuros.

—Ay, Dios —me tapo la cara con las manos—. ¿En serio te dije eso? No puede ser…

—Si te sirve de consuelo, fue en modo irónico —matiza—. Dijiste que no querías que nadie te salvara, que lo podías hacer tú solita.

—Vale, eso me cuadra más.

—También que… —se detiene unos instantes para voltear la masa en la sartén— te estaba empezando a caer bien. Que, aunque fuera un niñito rico de papá, un fanfarrón y un chulo era bueno en lo mío y llegaría lejos. Siempre que siguiera tus consejos, claro .

—Por favor, tierra, trágame ya —lloro un poquito por dentro.

Apoya los codos sobre la encimera de la isla y me mira con una mueca divertida para continuar. Parece que a alguien le está entreteniendo esta conversación.

—Luego caíste rendida sobre mi hombro y te tuve que llevar en brazos desde el garaje a la cama. Por cierto, yo he dormido en el sofá. Te enviaré la factura de mi fisioterapeuta.

—Lo siento mucho, de verdad —me disculpo sabiendo que no podré volver a mirarlo a la cara—. Al menos ahí dejé de decir tonterías…

—Oh, no. La cosa no acabó ahí.

No puedo pronunciar ni una palabra más, así que lo dejo continuar. Después de este bochornoso espectáculo, estoy convencida de que esta será mi primera y última temporada en la Fórmula 1.

—Cuando te quité los zapatos para meterte bajo el nórdico, volviste a despertar. Dijiste algo así como que nunca hubieras imaginado irte a la cama con un piloto de élite. Que no sabías que la beca incluía dormir con un deportista macizorro como yo.

—¡Ayy, por favor! —Me tapo la cara con la servilleta de tela para esconder el rubor que siento subir hacia mis mejillas—. Para ya, no creo que pueda soportar más esta vergüenza.

Alessio comienza a desternillarse y tiene que dejar la sartén, porque no puede controlar la efusividad.

Lo observo de cerca. Sospecho que se está quedando conmigo.

—Tenías que verte la cara.

—Dime que todo lo que has dicho es mentira —protesto con los ojos abiertos de par en par .

—Todo es cierto —clarifica, recuperando la compostura—. Todo lo que te he contado es verdad, menos eso último. Ahí te he tomado un poquito el pelo.

—¡Serás imbécil! —Hago una bola con la servilleta y se la lanzo a la cara. La coge al vuelo y se sienta a desayunar.

—Venga, Cerebrito, que hay que coger fuerzas para lo que queda de día. Acabamos de desayunar y te llevo de vuelta al hotel.

Me sostiene la mirada unos segundos, sin saber qué pasa por su cabeza. En este instante, el estómago me da un vuelco.

No respondo. Simplemente reprimo una sonrisa y clavo el tenedor en la pila de pancakes con plátano que ha preparado. Una sensación de congoja me lleva persiguiendo desde anoche, pero estos últimos minutos me han hecho olvidar todo con lo que tengo que lidiar cuando salgamos por esa puerta.