Fórmula inesperada (Pasión en el Paddock 1) 23
49%

23

Tenemos que salir de aquí

Alessio

Mónaco, Principado de Mónaco

Nunca diría que me aburriría en alguna de estas fiestas, pero Markus y Asher se han empeñado en que esta noche van a salir a darlo todo. Mientras ellos tienen el único objetivo de triunfar, a mí no me apetece volver acompañado esta noche a casa.

Irina me ha confirmado que aterrizaba esta tarde en el aeropuerto de Niza y que vendría sin demora a la fiesta.

La verdad es que ni he contestado. Llevo evitándola semanas; no me apetece tener que aguantar sus tonterías.

Porque con ella solo es sexo y fiesta. Es algo que ambos hemos dejado claro desde el principio.

Al menos yo. Y ya comienzan a irritarme todos esos rumores sobre nosotros en la prensa.

Aun así, parece que no tenga otra opción y allí la veo, tan deslumbrante como siempre. Con un vestido blanco de minifalda, mangas anchas y unas alas pegadas a su espalda, simulando un ángel caído del cielo .

¡Ja! La modelo rusa tiene de inocente lo que yo de virgen. Entiendo que también tenga sus compromisos profesionales y que acuda a este tipo de eventos para dejarse ver. No voy a juzgar lo que haga con su vida y con su imagen; a mí no me compete. Eso sí, siempre y cuando no afecte a la mía.

—Hola, amor —me saluda y amaga con besarme en los labios, pero yo vuelvo a torcerle la boca y acaba dándome un beso en la comisura. Otra vez.

—Hola, Irina. ¿Cómo estás?

—¿Qué te pasa, Alessio? Ya no eres el de antes. No te gusta divertirte —me suelta con un aire de arrogancia, como si tuviera que darle explicaciones.

—Me gusta hacerlo. Siempre lo hemos hecho. Pero cuando nos apetece a los dos, no solo a uno de nosotros —le contesto con sequedad.

—Venga, no seas tonto, que siempre lo pasamos muy bien —añade con una voz melosa que cree que conmigo funciona—. ¿Me invitas a una copa?

Resoplo, porque sé que no tengo otra opción, así que pido un negroni para mí y un Martini rosé para ella. Cuando el camarero nos sirve, vamos a sentarnos a uno de los reservados.

—Oye, Ale. Estaba pensando que, tal vez… —comienza a hablar mientras me acaricia el pelo—, podríamos ir más allá y dar un paso adelante en nuestra relación.

Escupo parte del líquido temiendo a lo que venga a continuación.

—¿Cómo? —contesto, estupefacto—. Irina, tú y yo solo nos divertimos, no tenemos ninguna relación. Esto lo hemos dejado claro desde el principio.

—Lo sé y, por eso, creo que lo de la boda es excesivo, así que he estado pensando que quizá podamos fingir.

Tú solo tienes que comprarme un anillo y haremos creer al público que estamos prometidos.

Mira —me enseña la pantalla del móvil—, ya he elegido el que quiero.

Te mando el enlace y tú solo tienes que pagarlo.

Apoyo los codos en las rodillas y hundo mi cabeza entre las manos. Cuando crees haberlo visto todo en este mundo, llega alguien que todavía te puede sorprender.

—Irina, no va a haber boda y mucho menos compromiso. ¿Para qué queremos engañar a la gente? ¿Qué ganamos con esa mentira?

—Publicidad, sponsors , dinero —enumera con los dedos—. ¿Te parece poco?

Muestra un gesto mezcla de obviedad y estupefacción.

—A la mierda con los malditos sponsors .

—Claro, como tú ya tienes un apellido que atrae el dinero de por sí… —me lanza una acusación cargada de cinismo.

—No sigas por ahí, Irina. Tengamos la fiesta en paz.

Cruza los brazos y se recuesta sobre el sillón, estudiándome con curiosidad. Después de todo este tiempo juntos, sé que está tramando otro plan para engatusarme.

—Te veo demasiado convencido. ¿No será que…?

—¿No será que qué? —Enarco una ceja y doy otro trago a la copa.

—Que ya estés con otra persona.

Suelto una carcajada y la dejo seguir. Quiero comprobar hasta dónde está dispuesta a llegar esta vez.

—Eso no está pasando. Y, si fuera así, no sería de tu incumbencia, Irina. No salimos en exclusividad y nunca lo hemos hecho, así que podemos estar con quien nos dé la gana.

—Anoche te vieron llevar a otra chica a casa, una compañera del equipo un tanto… —compone una mueca de asco— básica.

Mi mandíbula se tensa y alzo la cabeza para comprobar que nadie nos esté escuchando.

—¿Quién te ha dicho eso? —le pregunto con firmeza .

—Tengo ojos y oídos por todas partes, amor.

Por tu reacción, veo que te importa. —Se detiene unos instantes calculados antes de continuar—.

Es normal, lo entiendo. Que te vean con la becaria del equipo, una chica horrible, sin gusto por la moda y unos cristales que le hacen aumentar los ojos como si fuera un pez globo.

Estalla en una carcajada y echa la cabeza para atrás.

Sus palabras me dan auténtico asco. Que hable así de una compañera de mi equipo me hierve la sangre. Si alguna cualidad tiene Irina es que es un espectáculo de mujer y follamos como auténticos conejos en la cama. Pero ya está.

Sin embargo, Daniela… Daniela es una profesional brillante y va más allá de su trabajo para ayudar al equipo.

Tiene una sonrisa sincera y me encanta el carácter que saca cuando me meto un poco con ella.

Además, aunque se muestra algo reservada con la gente que no conoce, se ve que se preocupa por los que tiene a su alrededor.

Solo la manera en la que me hablaba ayer de su padre y de su hermano pequeño…

, me pareció que tenía una relación entrañable con ellos y, en cierta manera, sentí envidia de pertenecer a una familia así.

—¡Basta ya, Irina! No te consiento que hables así de nadie de mi equipo.

—Oye, que yo no juzgo. —Dibuja un gesto astuto en su rostro, sabiendo que está consiguiendo provocarme—. Si quieres acostarte con una niñata insulsa, adelante. Aunque estoy segura de que ella no es capaz de ponerte tan cachondo ni hacerte llegar al orgasmo como lo hago yo.

En apenas unos segundos, consigue desabrocharme el botón de los pantalones y bajarme la cremallera de la bragueta.

—Joder, Irina. ¡Para! Aquí no, nos pueden ver —exclamo en un tono que denota que estoy perdiendo la poca paciencia que me queda con ella.

—Oye, antes no te quejabas cuando lo hacíamos en los baños del yate en alguna fiesta o contra la ventana del hotel en el que nos alojamos en Singapur —recuerda mientras consigue apartarme el bóxer y agarrarme el pene para darle un lametón—. Te aseguro que allí tuvimos bastante público.

Maldigo por dentro. Esta tía me está volviendo loco. Siempre me he sentido débil ante sus juegos y provocaciones. No sé cómo lo hace, pero consigue llevarme al séptimo cielo.

Mi mente me grita que la detenga, que no la deje avanzar, porque si lo hago estaré perdido. Pero mi cuerpo me traiciona. Mi cuerpo es vulnerable y me insta a dejar que fluya hasta llegar al final.

—¡Para, para! ¡Para ya! —la detengo antes de que sea tarde.

—¿Qué pasa, amor? ¿Es que ya no te gusta lo que te hago? —me pregunta mientras relame su labio superior.

Miro para otro lado para evitar caer en la tentación. Me abrocho los pantalones y me dispongo a salir de allí.

—¡Se acabó!

Salgo corriendo del reservado, consciente de las miradas indiscretas de quienes están fuera.

Lo último que hace falta es que alguien nos vea en esa posición.

O, peor aún, que nos saque una foto que mañana termine circulando por todas las redes sociales, incluido ese nuevo perfil del que Asher ha comentado que se dedica a difundir todos los cotilleos del paddock .

Me detengo un momento a pensar mientras me dirijo sin demora al baño.

Irina sabe que anoche no estuve solo en casa, así que, o lo ha leído en ese panfleto, o ella —o alguna de sus ridículas amigas— es quien está difundiendo información falsa.

Lo que está claro es que se trata de alguien que conoce este mundo de cerca, y ella ya ha estado involucrada con varios pilotos como para conocer sus secretos más oscuros. Blanco y en botella.

Estoy a punto de llegar al baño cuando, al doblar la esquina, siento un fuerte dolor en el pecho. Miro hacia abajo y veo que alguien ha chocado contra mí .

—¡Cerebrito! ¿Qué haces aquí?

Encontrarme con ella cambia mi estado de ánimo en apenas una fracción de segundo. Sin embargo, no contesta. Alza su cabeza y puedo comprobar cómo sus ojos están llenos de lágrimas, su máscara de pestañas corrida y su pelo alborotado.

—¡Daniela! ¿Qué te pasa? ¿Estás bien?

Miro hacia el pasillo de donde viene y, aunque está vacío, sé que al fondo hay algunos reservados donde suelen organizarse fiestas privadas.

La última vez que me invitaron a una de ellas, fui la única persona que salió sin probar la coca.

No es que no me sintiera tentado, pero los deportistas de élite no podemos permitirnos asistir a ese tipo de fiestas sin control y sin que afecte a nuestro rendimiento.

—Yo… Yo… —murmura muy bajito e indica con el dedo algún lugar en su espalda.

—Oye, ¿te han hecho algo?

Sacude la cabeza de lado a lado y sorbe por la nariz.

—No, es solo que…

—Tranquila. Ahora estás bien, estás a salvo —trato de reconfortarla—. Estoy contigo y no dejaré que te pase nada.

En cuanto oye mis palabras, estalla en un llanto sin control. Verla así, asustada, tan débil y algo achispada, rompe algo en mi interior. Juro que, como alguien le haya tocado un mísero pelo, remuevo cielo y tierra para hacérselas pagar a ese cabrón.

La aprieto muy fuerte contra mi cuerpo y siento que ella se refugia entre mis brazos. Tengo que sacarla de aquí cuanto antes. Recuerdo haber visto a buena parte del equipo en la sala principal y odiaría que la vieran en este estado.

—¡Vamos! Tenemos que salir de aquí.

—Por favor.

Con esas dos palabras, soy consciente de que haría lo que fuera para proteger a esta mujer.

Estoy perdido.