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Cumpleaños amargo
Daniela
Mónaco, Principado de Mónaco
Según entramos en el club, el ambiente se siente cargado.
Aunque se trata de una fiesta exclusiva, la marabunta de gente copa cada rincón y apenas podemos encontrar un lugar donde dejar nuestras chaquetas.
El local se compone de una macrosala central con varias zonas semidescubiertas.
El calor de mayo comienza a llegar de manera gradual, aunque por las noches las temperaturas bajan varios grados y resulta imposible permanecer en la terraza.
A menos que seas fumador, o disfrutes de rodearte de celebridades que han venido a lucirse con sus mejores galas para la ocasión.
—¡Otra ronda de chupitos! —ordena Camila al camarero, que se muestra encantado de que nuestra amiga esté prestándole toda la atención.
—Más tequila no, por favor, que mañana no seré capaz de despertarme —se lamenta Will poniendo ojos de cachorrillo a mi lado .
—Es la primera vez que pruebo esta bebida —confieso, divertida— y, con cada trago, me gusta más. ¡Que rule otra ronda!
—Madre mía, está borracha ya. A ver cómo la llevamos luego de vuelta al hotel.
—La noche es joven —apunta Cami—, no habléis todavía de iros a dormir. Sois una panda de aburridos.
—Es difícil competir con la reina de la fiesta —ironiza Lakowe, en una afirmación que comparto plenamente.
Nuestra amiga está en su salsa. Cualquiera diría que lleva recorriendo los eventos sociales más importantes que rodean a esta competición solo unos meses.
Se detiene a hablar con compañeros de otros equipos rivales, con famosillos que acuden a la fiesta y hasta con los pilotos más famosos del paddock .
Eso sí, en cuanto menciona que es la melliza de Leo García, todos salen disparados. Todos menos Markus Münster, con quien ha estado un buen rato hablando. Hasta diría que saltaban chispas entre ellos.
Me pregunto si, entre tanto piloto, Santoro habrá venido.
Por lo que he leído de él en algunas revistas, suele acudir siempre a este tipo de eventos.
Más por cumplir con los sponsors que por dejarse ver.
Me consta que es un juerguista de primera, pero intuyo que prefiere montarse sus propias fiestas privadas en locales donde solo tienen acceso un reducido grupo de personas exclusivas.
No sé por qué me preocupa tanto verlo. Soy idiota por pensar que, aunque nos viéramos aquí, él se pararía a charlar un rato conmigo. Está bien que lo haga en el box, por cuestiones profesionales, e incluso en su casa, donde nadie nos ve. Pero aquí, rodeados de tanta gente, dudo que se acerque a mí.
Intento espantar los pensamientos cuando Will me interrumpe :
—Oye, ahora que Camila está a punto de arrancarle la ropa de cuajo al camarero —indica con el dedo—, creo que es buen momento para escapar de otra ronda de chupitos que acabe con la poca dignidad que nos queda.
—Pero si lo estamos pasando muy bien —le grito muy cerca del oído.
La canción Madrid city, de Ana Mena, suena a todo volumen por los altavoces y siento que soy la única que conoce la letra; así que no puedo evitar cantar a grito pelado su estribillo.
Me sorprende que, dentro de los mayores éxitos musicales, suenen varias canciones españolas y latinas que conozco, porque son las que mi padre pone en el taller mientras arreglamos mano a mano los coches.
—Oye, pequeña Serra, creo que ya has bebido demasiado por esta noche.
—Que vaaa, si me lo eztoy paasanndo muyyyy bien —trato de decirle, pero la lengua se me traba.
No es la primera vez que bebo alcohol, aunque, en las pocas fiestas a las que he ido en la universidad, he preferido ser prudente y volver pronto a casa. Por eso, esta sensación de euforia y subidón que estoy experimentando es completamente nueva para mí.
Will insiste en que pare ahora mismo o que mañana me arrepentiré cuando me despierte con dolor de cabeza. Seguro que exagera.
—Ey, voy a saludar a algunos mecánicos del equipo —me avisa mi amigo—. Parece que toda Rosa Nera está aquí esta noche. Hasta me ha parecido ver algún directivo en el pasillo que da hacia los baños.
—No me extrañaría que el señor Giorgio Salvatore esté meneando las caderas sobre la tarima. Esta fiesta está siendo todo un éééxito.
Will se cubre la cara y sacude la cabeza .
—¿Por qué me has tenido que poner esa imagen en la cabeza? —se queja, dándose golpes en la frente para intentar borrarla de su mente.
—No me apetece ver a nadie del equipo —me sincero, porque sé que son los compañeros de Will los que han hecho comentarios sobre mí. No sé cómo se puede relacionar con ellos—. Prefiero quedarme aquí esperando a Cami.
—¿De sujetavelas? —enarca una ceja de incredulidad—. Vamos, que la señorita García seguro que ya ha triunfado esta noche.
Will me coge del brazo para arrastrarme hacia la otra esquina del local, pese a mis protestas, pero yo sigo bailando como si la música fuera a terminarse mañana.
Me choco con varias personas que me fulminan con la mirada, aunque yo me ajusto las gafas y les pido perdón con la mano desde mi pequeña burbuja de la felicidad.
—Hola, chicos. ¿Qué tal va la fiesta? —Mierda, según veo algunas caras, mis ganas de diversión desaparecen—. Conocéis a Daniela, ¿verdad?
Algunos asienten despacio, otros se quedan sorprendidos. Yo me limito a saludarlos con la mano.
—Vaya, Daniela, no te había reconocido —dice uno de los bullies —. Pensaba que te habías quedado haciendo horas extras para el equipo.
Suspiro y me muerdo el labio inferior. No llevo ni un minuto aquí y ya se están metiendo conmigo.
—Ya ves, también me gusta divertirme, como a vosotros. ¿Te sorprende? ¿O es que tus dos neuronas no te dejan pensar, Benoit? —le suelto desconociendo de dónde han salido esas palabras.
—¡Halaaaa! La becaria tiene los ovarios bien puestos —dice una voz que se pierde en el aire.
Los mecánicos se ríen, Will me mira orgulloso y el imbécil de turno aprieta sus puños y refunfuña. Frunce el morro, como hacen los franceses antes de hablar, y da un trago a su bebida; parece no estar dispuesto a replicar.
—Oye, voy un momento al servicio —le digo a Will, dejándole espacio para que hable con los chicos.
—Vale, pero ¿podrás ir sola? ¿Quieres que te acompañe?
Se lo agradezco en un gesto con la mano, pero rechazo la invitación y me escabullo por el pasillo que conduce a los baños.
Me siento orgullosa de haberle contestado así al idiota de él y reconozco que la Daniela de antes jamás se hubiera atrevido a soltarle semejante provocación.
Si al final tendré que darle las gracias a los chupitos de tequila de Camila.
Sigo avanzando por los pasillos. Este sitio es gigantesco y, aunque me guío por las señales, parece un laberinto sin fin.
Abro una de las puertas, con la vista un poco nublada, y observo que se trata del almacén del club, ya que solo hay cajas de vidrios apiladas sin ningún orden ni control.
Tengo la vejiga tan llena que hasta me planteo coger una de las botellas vacías y hacer pis ahí.
Cierro la puerta y continúo buscando. A los pocos metros, alzo la cabeza y, en letras borrosas, distingo la palabra «oficinas» cincelado en un cartel negro. Soy consciente de que no debo entrar, es un sitio privado, pero ya no aguanto más y me dispongo a girar el picaporte.
Una mesa de roble macizo preside la estancia y un sofá chéster granate complementa el resto del despacho.
Apenas puedo reparar en la elegancia de la sala con sus cuadros y su ostentosa ornamentación.
Parece más la oficina del CEO de una gran multinacional que la del dueño del bar.
Aun así, borro de sopetón mis pensamientos en cuanto veo la puerta entreabierta del baño y salgo disparada a liberar mi vejiga.
Me recoloco la falda del vestido y, en cuanto me dispongo a abrir el pestillo del baño —sí, lo he cerrado como un gesto automático, aunque no hubiera nadie—, escucho unos ruidos fuera. Distingo las voces de dos hombres que se dirigen con ternura a otra persona que parece encontrarse en la sala.
Mierda, no debería haber entrado a este lugar. Comienzo a sentirme mareada y las piernas me tiemblan como dos flanes. Las voces se escuchan más altas y dudo entre salir y disculparme, o quedarme aquí hasta que se vayan. Pero las dudas me carcomen por dentro: ¿y si no lo hacen en toda la noche?
Apenas pasan cinco minutos y vuelvo a escuchar un gemido más alto. Abro la puerta de soslayo y compruebo a través de una diminuta rendija si puedo salir del baño, pero la imagen que veo me sobrecoge de golpe.
Hay dos hombres sentados en el sofá. Uno de ellos me resulta familiar, y al otro lo reconozco enseguida, a pesar de mi vista nublada: es Domenico Ferrara, el team principal del equipo.
Mierda, mierda, mierda. No debería estar aquí.
Pero lo peor es que no están solos, sino que los acompañan tres chicas jóvenes —demasiado jóvenes, a mi parecer— en ropa interior.
Una de ellas le hace una felación al hombre que no conozco, mientras este se agarra con vehemencia de uno de los pechos de otra.
La tercera se sienta a horcajadas sobre Ferrara, mientras él le manosea todo el cuerpo.
Tras unos segundos, en los que veo que están distraídos, me pongo de cuclillas para salir del baño e intentar gatear hacia la salida. Sin embargo, el tipo al que no reconozco me descubre al instante y se pone a gritar como un energúmeno.
—¡¿Quién coño eres tú?! ¡Sal ahora mismo de aquí!
—Yo… Yo…
Las chicas cubren sus cuerpos desnudos y se dirigen hacia un rincón, asustadas. Veo por sus facciones que ninguna de ellas parece haber alcanzado la mayoría de edad, un detalle que me asusta todavía más .
—¿Serra? —pregunta Ferrara—. ¿Qué haces tú aquí?
—¿La conoces? —le pregunta el otro hombre—. Llévatela ahora mismo. Págale si hace falta. Esto no puede salir de aquí.
No reacciono, me quedo petrificada en el suelo. Y, sin darme cuenta, noto cómo una mano me agarra con violencia del brazo y me arrastra hacia la salida.
—¿Qué hacías ahí escondida? —me pregunta el team principal, sacándome a la fuerza al pasillo.
—Yo… estaba buscando un baño, y este es el primero que he encontrado.
—Espero que estés diciendo la verdad, jovencita. —Las llamaradas que desprenden sus ojos comienzan a asustarme de lleno.
—No he visto nada, lo juro. Me iba ya —le digo, escapándome de su amarre, pero me vuelve a coger en el último instante y me arrincona contra la pared.
—Daniela Serra —me nombra y se ríe.
Su mano se desliza por mi cintura y desciende hasta el muslo, aprovechando que la minifalda del vestido deja al descubierto más piel de la que debería. Mis ojos pasean, temerosos, desde su rostro hasta su mano, que ya roza mi piel y me eriza con ese contacto apenas perceptible.
El olor a whisky de su aliento me revuelve el estómago. Intento apartarme, pero me asaltan las arcadas. Ojalá no hubiera bebido tanto esta noche; quizá así estaría más lúcida para zafarme y echar a correr sin que el temor me paralice.
—Me han hablado muy bien de ti, niña. —Su otra mano se desliza hacia mi mejilla y con el dorso me roza la tez—.
Espero que estés disfrutando de esta experiencia.
Sería una pena que una mente brillante como la tuya se desperdiciara si no volvieras a renovar el contrato con nosotros, o con ninguna otra escudería.
—No hay problema —susurro con un hilo de voz .
Los latidos me martillean por todo el cuerpo, y siento que el corazón se me ha escapado del pecho, huyendo a toda prisa del miedo. Lo mismo que desearía hacer yo.
—Si quieres renovar el contrato, o volver a trabajar aquí, tienes que portarte bien. Esta noche has venido al baño y luego te has marchado de aquí sin ver a nadie. ¿Entendido?
Asiento muy despacio; el nudo que se me ha formado en la garganta me impide pronunciar una palabra más.
—Ahora márchate y olvida que has estado aquí.
Me suelto de su amarre y salgo disparada como si corriera una maratón. Siento que las piernas no me responden, son un lastre, pero no puedo detenerme. Solo necesito volver a encontrarme con Will y Camila para salir pitando hacia el hotel.
Me pierdo de nuevo en el laberinto de pasillos. Tengo que encontrar la salida y escapar de esta maldita pesadilla. Mis pies están destrozados por los tacones y noto cómo la falta de aliento me ralentiza, a pesar de que le ruego que me deje respirar un poco más.
Creo que ya no puedo más. Empiezo a perder fuerzas.
Sin embargo, ya oigo la música de la sala y recuerdo que solo me queda doblar la esquina para llegar.
Cuando intento el último sprint , me doy de bruces contra un muro. Pero no es una pared, es el pecho de alguien más alto que yo y, al levantar la vista, no doy crédito a quien tengo delante.