Fórmula inesperada (Pasión en el Paddock 1) 21
45%

21

De bulos y otras mentiras

Alessio

Mónaco, Principado de Mónaco

Me dejo caer en el sofá y Kaiser, el perro de Markus, salta de inmediato a mi regazo para reclamar su ración diaria de carantoñas.

Es el rey peludo de la casa. Vive mejor que muchas personas que conozco.

Y se lo merece. Pasó demasiado tiempo bajo la custodia de un cazador que lo maltrataba si no demostraba que estaba hecho para encontrar los «tesoros» en forma de animales tiroteados por su dueño.

Se ve que el pobre, atemorizado por los golpes que recibió, consiguió escaparse de la finca y un vecino lo llevó a un refugio de animales donde Markus y él se enamoraron a primera vista.

Mi amigo dice que fue el perro el que lo adoptó a él, en vez de al revés.

Y, a pesar de que le costó un tiempo ganarse su confianza, hoy, después de tres años juntos, es el ser más fotografiado del paddock por los medios.

—Oye, Mark, ¿te queda mucho para acabar? —pregunto con un tono de hastío mientras juego a tirarle la pelota a Kaiser .

—Cinco minutos y estoy listo —contesta a grito pelado desde el otro lado de su ático—. Además, tiene que venir todavía Asher.

—Tu padre es un tardón. Tiene que hacerse las mechas y ponerse el rímel para salir a conocer a tu futura mamá —le digo al perro con una voz suave. Él me mira con esos ojillos grandes y expresivos mientras ladea la cabeza. No sabe qué decir, así que ladra dos veces y sigue jugando a la pelota.

—No le metas esas ideas a mi hijo, que va a creer de verdad que algún día tendré una relación seria. Eso nunca pasará. Soy un lobo solitario.

Kaiser emite un gemido lastimero y se acerca hasta la puerta. El timbre suena y parece que el perro ya ha reconocido con el olfato al nuevo visitante.

—¿Puedes abrir? Será Miller —aclara Markus.

Me levanto y miro por la pantalla para descubrir a Asher al otro lado con la mandíbula tensa y enfurruñado.

Se viene drama, a ver qué ha pasado ahora.

—¡No me lo puedo creer! —exclama en cuanto entra por la puerta como una manada de búfalos sulfurados—. ¡Es que no paran! ¡No paran!

—¿Problemas en el paraíso, hermano?

Nunca se sabe con Asher. Puede que haya discutido con su familia de nuevo o puede que su última novia lo haya dejado plantado a última hora por el nuevo fichaje estrella del Arsenal.

—Dicen que soy una persona difícil de tratar, que soy muy excéntrico, que mi rutina nocturna de skincare dura más que las de mis novias.

Eso puede ser verdad, no voy a desmentirlo.

Que quizá esté más interesado en mis compañeros del circuito que en las modelos que me rodean —suelta a bocajarro mientras recorre el salón de lado a lado sin detenerse.

—¿Quién dice qué? Ya me he perdido .

Kaiser se acerca hasta Asher para saludarlo y este se agacha a acariciarle la cabecita.

—Hola, pequeño. ¿Cómo estás? Menos mal que tú no tienes que relacionarte con el mundo de los humanos. Están todos locos —finge una voz delicada, como si estuviera hablando con un bebé.

Kaiser no responde. Se limita a girarse para alcanzar la pelota que ha rodado hasta un extremo de la sala y vuelve con ella en la boca para depositarla frente a Asher.

—¿Se puede saber qué bicho te ha picado, Miller? —Mark sale al fin de su habitación, ajustándose a la muñeca un reloj que supera los treinta mil euros, perteneciente a su empresa familiar.

—Lady Paddock —espeta apretando los puños y gruñendo—. Ese es mi problema.

—«¿Lady Paddock?» —preguntamos al unísono.

—¿No os habéis enterado?

Mark y yo sacudimos la cabeza y esperamos a que nuestro amigo clarifique de dónde viene toda esa bilis que lleva escupiendo desde que ha llegado.

—Es un nuevo perfil social que amenaza con difundir los secretos más oscuros y pervertidos de cualquiera que trabaje en la Fórmula 1.

Ladeo la cabeza. No lo veo tan grave; será un listillo más queriendo sacar rédito de difundir bulos para ganar interacción y followers .

—¿Por qué haces caso a esas mierdas? Todos los días nace una cuenta queriéndose ganar sus quince minutos de fama —intento tranquilizarlo, pero Asher parece un cohete a punto de despegar de las instalaciones centrales de la NASA—.

Mañana ya no estará y aparecerá otro. Así todos los días.

Tienen bulos que contar hasta que se aburran.

Y, si no, tranquilo, que ya se los inventarán .

—Claro, como a ti no te han nombrado todavía, esto no te afecta.

Soy consciente de que no lo dice como un reproche, sino como un calentón del momento. Asher también ha crecido corriendo en karting con nosotros y nos conocemos desde que éramos unos críos.

—Eso es porque yo soy Lady Paddock —bromeo soltando una carcajada.

Me lanza una mirada que amenaza con hacerme picadillo. Mark se mantiene al margen, aunque esboza una sonrisa mientras deja la cama de Kaiser lista para que se vaya a dormir cuando nos marchemos. Una nueva notificación suena en el móvil de nuestro amigo.

—Ja, retiro lo dicho. Acaba de escribir algo sobre ti, Ale.

Me tenso al momento. Por alguna extraña razón, me temo que lo que haya escrito pueda también afectarme. Sin embargo, le resto importancia y sigo bromeando con mis amigos.

—A ver, sorpréndeme. ¿Dice que hay rumores de que me voy a casar con Irina? ¿O que aquí Mark y yo nos llevamos a matar por culpa de ella?

—Tiene que ver con Irina, pero ya da por hecho que te vas a casar con ella.

Me llevo una mano al estómago para intentar controlar la risotada que sale del fondo de mi ser. Sabía que sería alguna estupidez.

—Dice que no le estás guardando mucha fidelidad a tu prometida. Que, a la primera de cambio, te llevas a otra mujer a tu apartamento de Mónaco.

Ahora sí, mi mandíbula se tensa de golpe y todos mis músculos se ponen rígidos pensando en la cena con Daniela.

¿Quién sabe que anoche estuvo ella en casa?

El portero cobra un buen sueldo y ha firmado una cláusula de confidencialidad.

El taxista del Uber también recibió una buena propina para preservar silencio.

—También hay alguna perla para ti, Münster.

—Déjame adivinar —responde el aludido—. Münster y Sokolov son rivales en la pista, pero en la intimidad se dan besitos y van de la mano juntitos al cine.

Una risa floja sale de mi interior. Sacudo la cabeza con incredulidad.

—No, pero casi —aclara Miller—. Dice que eres el piloto más atractivo y con más éxito que existe en este deporte ahora mismo.

—Bien, no miente. ¿Nos podemos ir ya?

—Espera, que no he terminado.

Mark suspira y arquea una ceja, hastiado de tanto jueguecito. Él sabe mejor que nadie el daño que puede hacer la prensa sensacionalista.

—Lady Paddock dice que tienes una tara y pone varios ejemplos de lo que podría tratarse para que el público vote. De momento va ganando por un sesenta y cuatro por ciento que puede que tengas una polla demasiado pequeña.

—A quien haya hecho esa encuesta, lo reto a que venga a mi casa con un metro a medirla para que se retracte —fanfarronea Mark con esa pose de adonis que le caracteriza—.

Vamos, señores, que no vamos a estar todo el rato leyendo las chorradas que salen por ahí.

La noche es joven y tenemos muchas chicas a las que conocer.

—¿Estamos listos para quemar la fiesta monegasca? —pregunto al aire.

—Modelos, actrices, influencers… —enumera Miller con la mano—. Mi contacto me ha dicho que este club está lleno de mujeres preciosas deseosas de que los pilotos las inviten a una copa y, si la noche sale bien, a mi cama después .

Asher hace un bailecito ridículo y nos echamos a «piedra papel o tijera» quién dejará en casa esta noche uno de sus preciosos deportivos.

El inglés gana la partida y, como mandan las reglas de nuestro pequeño jueguecito, será el que guarde el suyo.

Mark y yo llevaremos cada uno el nuestro para fardar.

Miller me acompaña de copiloto, todavía lloriqueando por haber perdido la apuesta. A veces, se puede poner demasiado intensito.

Menos mal que en menos de diez minutos estaremos disfrutando de una de las mejores fiestas que se celebra en Mónaco en la semana del Gran Premio.