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Lady salseo
Daniela
Mónaco, Principado de Mónaco
Me miro al espejo y me veo ridícula con el vestido que Camila ha elegido para mí.
Se trata de una prenda negra, con espalda abierta, ceñida a la cintura y que desemboca en una falda de vuelo tipo skater .
Maldigo el momento en el que se me ha ocurrido confesar que era mi cumpleaños, porque ahora ella nos ha convencido para salir a celebrarlo en uno de los clubs más famosos del Principado.
—¡No me lo puedo creer, Daniela Serra! —grita Camila, enfatizando mi nombre con su peculiar acento mexicano, con el que casi me deja sorda.
—Si me pinchan, no me sale sangre —dice Will, divertido, mientras sigue tirado en la cama mirando la pantalla del móvil, como un adolescente con mono de scroll infinito en sus redes sociales .
—¿Veis? No quería contaros nada porque le estáis dando más importancia de la que en realidad tiene.
—Nena —Camila me sienta en la silla donde se dispone a alisarme el pelo con las planchas—, hay millones de mujeres en todo el mundo que matarían por estar ahora mismo en el edificio donde viven los pilotos.
—No será para tanto.
—De hecho, a mí me encantaría ir a hacer una excursión, pero mi hermano me tiene prohibido acercarme a menos de cien metros de distancia —confiesa gruñendo—. Dice que me lo tome como si fuera una loca delincuente con una orden de alejamiento de ese barrio.
—Debe de haber sido muy divertido crecer con vosotros dos —supone Will mientras se ríe de su propio comentario.
—¡Bah! Mi hermano es un aburrido. Solo sabe divertirse con el mando de un joystick .
—Doy fe de ello —susurra Will muy bajo.
Las dos lo oímos y nos giramos para mirarlo. Camila lo observa desconcertada mientras yo lo fulmino con la mirada.
Doy un respingo en el sitio.
—¡Auu! —reprimo un grito por la quemadura que Camila me provoca en la oreja con la plancha de cerámica.
Ella le resta importancia, dando un manotazo al aire, y agarra el bote de espray para rociarme todo el pelo con ese gas que comienza a cubrir toda la habitación.
—Como sigas así, igual tu hermano no está muy desencaminado en llamarte «loca delincuente». Está a punto de saltar la alarma de incendios del hotel —se queja el mecánico, pero al momento vuelve a leer la pantalla de su móvil en la que sigue absorto desde que ha llegado.
Una exclamación sale de su boca y no puede reprimir varios gritos de conmoción, sorpresa e indignación simultáneos.
—¿Qué pasa, Will? ¿Qué es lo que te tiene tan concentrado? —pregunto, curiosa.
—No me lo puedo creer —insiste sin explicar más.
—¿Nos vas a dejar con la intriga? ¿O vamos a tener que castigarte esta noche sin ir de fiesta con nosotras? —le reprocha mi amiga.
—Tengo un cotilleo muy bueno —confiesa al fin sacudiendo las manos.
—¡¡Hora del salseo!! —Camila desata el caos, para sorpresa de nadie.
—Ay madre, ¿qué ha pasado?
El temor de que algún fotógrafo nos captara en el momento en que Alessio me llevó de vuelta al hotel la pasada noche ha ocupado mis pensamientos todo el día.
—Resulta que hay un nuevo perfil en esta red social de mensajes cortos. «Lady Paddock» se hace llamar. Ayer por la noche tenía dos mil seguidores y, después de soltar varias bombas, ha alcanzado ya los diez mil.
—Esa historia me suena haberla visto en una serie de Netflix —apunto, tratando de hacer memoria—. Ah, sí. Esa de la aristocracia británica, con trajes y música moderna, en la que una escritora anónima se dedica a expandir chismes a través de un panfleto que se distribuye por la alta sociedad.
—Buen apunte, pequeña Serra. Por lo que veo, tiene un modus operandi muy parecido, solo que en versión 2.0.
—Pensaba que tú solo veías frikadas de esas como The Big bang theory —señala Camila, que se dispone a aplicarme una sombra de ojos—. No sabía que también te gustaban las series pastelosas como a mí. ¡Por eso somos besties !
Sonríe orgullosa y me da un beso en la mejilla.
—Oye, ¿por qué tenéis todos esa imagen de mí? —le reprocho acordándome de que Santoro me preguntó lo mismo el primer día que nos conocimos. Sin embargo, no quiero perder el hilo de lo que acaba de contar nuestro amigo y me giro de nuevo hacia él—. Bueno, ¿y qué dice la reina del cotilleo?
Will ríe divertido.
—Básicamente se ha dedicado a expandir chismes de todas las escuderías. Bueno, de todas no, porque parece que Rosa Nera se ha librado. De momento.
Medito unos segundos sobre la repercusión de este tipo de información. La prensa rosa existe desde hace décadas, eso no es ningún secreto, aunque las campañas de bulos pueden dañar la imagen de marca hasta niveles insospechados.
—Los equipos de relaciones públicas deben de estar echando chispas y Aurora se estará preparando para lo que puede venir —advierto, sin saber qué decir—. Pero ¿es tan grave lo que están revelando?
—Bueno, digamos que hay diferentes grados —aclara el mecánico—.
Han publicado desde los cotilleos más escuchados, como que Sokolov es un hombre de hielo sin sentimientos al que solo le mueve el pito ganar carreras, hasta los más peligrosos, como el de que alguien ha visto al jefe de ingenieros de Morrison en una actitud más que cariñosa con la jefa de Prensa de McKenzie Racing.
Intento reprimir la risa por las bobadas que pueden llegar a inventarse, pero la realidad es que algunos de esos chismes pueden ser muy perjudiciales en el ámbito del espionaje industrial.
Durante años, los diferentes equipos se han intercambiado profesionales de los diferentes ámbitos, como una práctica habitual. Sin embargo, que se den este tipo de cruces personales a mitad de temporada puede levantar las sospechas sobre una posible filtración de información interna.
—¿Queréis que os traiga un té con pastas? —interviene Camila—. Parecéis un par de abuelas chismosas. Mira que me gusta el salseo, pero si hay algo por lo que pierdo el culo aún más es por esas pedazo de fiestas que se organizan en Mónaco en la semana del Gran Premio. ¿Estáis listos?
—¿En serio tengo que ir? —se queja Will, dejando por fin el móvil a un lado y fingiendo moquear.
—Pues claro, es el cumpleaños de nuestro pequeño poni. Esto hay que celebrarlo por todo lo alto.
—Si os sirve de consuelo, yo sería feliz con que nos fuéramos los tres a cenar una pizza y volviéramos pronto a la cama —confieso, sin entusiasmo por ir a una fiesta privada donde no conozco a nadie. O peor, donde conozco a todo el equipo.
—¿Es que anoche no te dejó satisfecha Santoro? —pregunta Camila, con una sonrisa ladina, mientras saca una petaca con un líquido transparente que reparte en los vasos de cortesía del hotel.
—Ayy, Cami. Por favor, dejadlo ya. Si fue una tontería. Él está prometido y solo fue una cena informal de compañeros.
—Pues yo no invitaría a cenar en la intimidad de mi casa a nadie del equipo. A menos que tuviera alguna intención de tipo sexual. —Lakowe mueve las cejas de arriba abajo varias veces, sumándose a la campaña de bromitas que llevo soportando toda la tarde de Camila.
—Sois imposibles. Los dos. —Les dedico una mirada de desdén—. No hacéis más que pensar con lo que lleváis entre las piernas.
—Vagina, Daniela, se llama vagina —aclara Camila—. Puedes decirlo alto y claro. Nadie te va a castigar en el infierno por pronunciarlo en voz alta.
—Ayy, pequeña Serra, lo que tienes todavía que aprender —me alecciona Will pasando su mano por mi hombro al salir de la habitación—. Si al final me va a apetecer salir de fiesta con vosotras dos .
Me cruzo de brazos, imaginando lo que me espera esta noche.
—Vale, pero nos tomamos una y volvemos al hotel —les exijo con una voz desesperada por evitar más contacto social del necesario.
—Claro, claro. Lo que tú digas. Es tu noche, reina.
Los dos estallan en carcajadas y salen del hotel donde ya nos espera el taxi.
—Por favor, solo pido una noche sin sobresaltos —murmuro muy bajo.