Fórmula inesperada (Pasión en el Paddock 1) 19
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La revanch a

Alessio

Mónaco, Principado de Mónaco

Algo ha cambiado en el gesto de Daniela desde que hemos entrado en mi habitación. Espero hacerla sentir cómoda y ayudarla a quitarse ese deseo de salir corriendo de aquí que lleva grabado a fuego en la frente.

Mi idea inicial era llevarla a un restaurante como se merece.

Quiero decir, tal y como prometí en la apuesta que ella ganó.

Yo soy un cumplidor, no falto a mi palabra.

Aun así, he preferido traerla a mi casa para evitar que esas aves carroñeras saquen alguna foto de ella y preservar así su intimidad.

Ella no pertenece a este mundo y no estoy seguro de que pudiera lidiar con ello, como algunos nos hemos visto obligados a hacer mientras crecíamos.

La miro y solo veo a una chica a la que proteger, como si fuera una hermana. Sí, solo la veo como a una hermana pequeña a la que cuidar, tal y como le dije a Andrea .

—Y en esta habitación pondré un pequeño simulador para poder entrenar y retar a mis amigos cuando vengan a casa —indico, intentando desviar la atención y proponer un tema que sé que a ella le fascina.

Estoy seguro de que recordarle nuestra apuesta hará sacar su vena competitiva a pasear.

—Vaya, qué pena que no esté listo ya. Podría darte una paliza como el primer día.

«Bingo».

—Te lo tienes muy creído. Aquel día te dejé ganar —fanfarroneo.

—Ya… si tú lo dices.

Arquea las cejas y pone los brazos en jarra en tono jocoso. Me encanta esa seguridad en ella cuando sabe que, en temas de automovilismo, lo tiene todo bajo control.

Es algo que siempre me llama la atención cuando la veo por los circuitos o en el paddock .

No suele relacionarse con mucha gente del equipo.

Tan solo la he visto con la hermana de Leo García y con Lakowe, uno de mis mecánicos.

Incluso diría que pasan bastante tiempo juntos fuera del trabajo.

No es que me haya llamado la atención ni que haya puesto un empeño extra en fijarme en ellos, pero no puedo evitar preguntarme si habrá algo más entre los dos.

—Oye, Cerebrito, quiero la revancha —la reto con una sonrisa pícara—. No te creas que te vas a volver a escapar.

—Veo que te gusta sufrir, Santoro.

Estallo en una carcajada.

—Vale, pero antes vamos a cenar. No sé qué te gusta exactamente, así que he pedido a un restaurante italiano cercano una ración de Mezzelune , un risotto de boniato y setas, una lasaña y dos focaccias con pomodorini . Si no te gusta esto, podemos pedir otra cosa .

—¿Es que has invitado a alguien más a cenar? —pregunta, perpleja, viendo la ingente cantidad de platos sobre la encimera.

—¿No tienes suficiente conmigo?

—No, es solo que… —titubea—. Mañana tengo que trabajar, así que quería tomar algo rápido y volver al hotel. Todavía tengo que acabar un proyecto que acordé con Andrea. No me gustaría…

—Me consta que hoy y mañana son tus días libres —la interrumpo llevando los platos a la mesa—. ¿Por qué no los aprovechas para descansar?

—Ya lo estoy haciendo. Ahora, contigo.

Me dedica una mirada impasible y sé que tengo que atacar por otro lado.

—Me refiero a que… —carraspeo—. No sé, estás en Mónaco. Aquí hay muchos clubs para salir de fiesta. Seguro que ese noviete tuyo te sacará a tomar una copa a algún bar.

Daniela se mete un trozo de pasta en la boca y amaga con atragantarse. Abre los ojos en su totalidad y palpa la mesa para alcanzar el vaso de agua que tiene frente a ella para pasar la comida.

—«¿Noviete?». ¿De qué estás hablando?

—Lakowe —matizo, esbozando una sonrisa de medio lado—. Siempre estáis juntos. A nadie del equipo le ha pasado desapercibido que tenéis una relación.

—¿Cómo? ¿En serio me estás diciendo que todo el mundo piensa que estamos juntos?

Su rostro se ensombrece y, por un instante, me arrepiento de haber ido tan lejos con esa mentirijilla.

—No pasa nada. Sois mayorcitos para estar juntos.

—No, en serio. Esto no puede estar pasando… —confiesa con temor, apretando los puños—. Bastante se habla ya de mí en el garaje como para que ahora piensen que me voy acostando con alguien del equipo.

Daniela se limpia con la servilleta y se levanta de la silla para marcharse. Detecto el gesto de preocupación en su semblante y me dirijo tras ella antes de que alcance la puerta.

—Oye, no quería que te lo tomaras mal. ¿Se puede saber qué están diciendo de ti?

La veo cerrar los ojos un instante y soltar el aire despacio, como si intentara calmar algo que bulle dentro de su cabeza. Durante una fracción de segundo, temo que se aferre al pomo de la puerta.

La idea de que alguien esté hablando mal de ella en el equipo me hierve por dentro. Soy consciente de que la mayor parte del personal la componen hombres, y algunos de ellos se comportan como unos auténticos niñatos cuando se trata de fardar.

A ella se le ve una buena chica. Tiene una cabeza prodigiosa y, hasta ahora, ha demostrado ser un gran activo en Rosa Nera.

Mierda, soy un auténtico imbécil. ¿Por qué habré soltado ese comentario sobre ella y Lakowe? Ahora se sentirá todavía peor.

—No es nada. Es solo que… —se interrumpe y agacha la mirada—. Yo no soy como tú o como el resto del equipo.

—¿Y eso qué tiene qué ver? Hay miles de personas que trabajan en la escudería y cada uno es como es —exclamo en un tono algo brusco.

—Sí, pero yo…

—Tú eres Daniela Serra y… —me detengo unos segundos a pensar antes de pronunciar estas palabras—: la persona que me salvó la vida el otro día en Canadá.

Levanta la cabeza y veo una expresión de estupefacción en su cara .

—Yo… Yo no hice nada. Fuiste tú.

—Sí, fue mi pie el que estaba en el freno, pero tus consejos antes de la carrera me sirvieron para que lo pisara antes de que fuera demasiado tarde.

Nos quedamos en silencio, envueltos en una quietud densa que parece engullir el apartamento. Me mira con esos ojos grandes que, a través de los cristales de sus gafas, transmiten una ternura infinita.

Durante unos segundos, no dice nada, pero tampoco se marcha. Pongo la mano en su espalda para acompañarla de vuelta a la mesa. Ella se estremece con el contacto. Yo sonrío por dentro.

—Vaya —confiesa tras unos segundos de serenidad—, no sabía que Alessio Santoro tenía en cuenta mis consejos.

—No te lo tengas tan creído, Cerebrito —bromeo, guiñándole un ojo, y veo cómo sus hombros comienzan a destensarse—. Pero sí, puede que tú tuvieras algo que ver en el hecho de que hoy no estéis celebrando mi funeral.

Daniela tuerce el gesto y suelta una bocanada de aire. Su rostro recupera ese brillo con el que la conocí el primer día en el simulador.

—Creo que este es un buen momento para pedirte una gorra firmada para mi hermano pequeño.

—¿En serio? ¿Tengo un pequeño fan en la familia Serra? —pregunto orgulloso, aunque omito que ya conocía ese dato cuando la escuché, sin querer, hacer una videollamada con su familia un día en la cantina—. No me lo puedo creer.

—No lo era hasta que le dije que iba a trabajar para tu escudería. Desde entonces no ha parado de hablar de ti. Para mi desgracia.

—No puedo evitarlo. Soy el ídolo de los niños .

Dentro de mi cabeza suena como admirar a esos héroes de la infancia, pero, según lo he vocalizado, ha sonado como otra fanfarronería más.

Daniela reprime una risilla.

—Que no se te suba a la cabeza, Casanova —se burla con ese apelativo con el que se refiere a mí la prensa del corazón.

Seguimos cenando y parece que los dos nos relajamos. Según menciona a su hermano pequeño, me entra curiosidad por conocer algo más sobre ella y su familia.

—Oye, hagamos una cosa. No queda nada para correr en Barcelona. Cuando tu hermano venga a vernos, nos hacemos una foto y le regalo una camiseta y una gorra firmadas.

Su sonrisa se ensancha hasta su máxima expresión. Puedo comprobar la emoción que transmite su gesto cuando está pensando que al pequeñajo le haría mucha ilusión.

—Eso sería genial, pero… —titubea unos segundos antes de contestar—. No creo que puedan venir. Las entradas han subido mucho de precio en los últimos años y es un lujo que mi familia no se puede permitir.

—Estás de coña, ¿verdad? ¿Dónde te crees que trabajamos? Habla con Aurora, ella te conseguirá pases en la mejor grada.

Vuelve a dudar, sosteniendo el tenedor con un puñado de arroz.

—No, de verdad. Para mí ya es una gran oportunidad trabajar aquí. No quiero pedir más favores y que piensen que…

—¿Qué van a pensar? No seas tonta. Mañana pide tres entradas, así tu hermano y tus padres pueden venir a vernos.

El brillo se desvanece de su mirada y deja el tenedor en el plato, como si se le hubiera acabado el apetito de golpe.

—No, mi madre no podrá venir. Ella está enferma y… —explica y se inquieta al instante—. Recuerdo de pequeña lo bien que lo pasaba con mi padre cuando íbamos a las carreras en Montmeló. Creo que es uno de los recuerdos más bonitos de mi infancia.

Noto cómo ha cambiado de tema de manera deliberada, así que lo dejo correr por el momento. No quiero sacar ninguna conversación que la haga sentir incómoda una vez más.

—¿Así que de ahí viene tu afición por los coches?

Ella asiente con una sonrisa sincera y veo que puedo abordarla por ahí.

—¿Cómo sabes tanto de mecánica?

—Bueno, mi padre tiene un taller de reparación de coches clásicos en Mataró, al lado de Barcelona —explica dando un sorbo a la copa de vino—.

Desde pequeña me enseñó todo lo que sé del mundo del motor y me contagió su pasión por la Fórmula 1.

Así que no lo dudé cuando tuve que decidir qué estudiar en la universidad.

—Doble Ingeniería en Mecánica y Aeronáutica. ¡Fiuuu! —silbo, consciente de que tiene una mente brillante, y admiro a la gente como ella que hace el trabajo que yo no sé ver—. Y con solo… ¿cuántos años tienes?

—Veintitrés —mira el reloj en su muñeca—. Cumpliré los veintitrés dentro de unas horas.

—¿Mañana es tu cumpleaños? —pregunto, sorprendido. Ella asiente sin darle ninguna importancia—. ¿Y cómo lo vas a celebrar?

Se encoge de hombros y tuerce el morro.

—Trabajando, supongo.

—¿En serio?

—No lo sé. Nunca he tenido muchos amigos, así que siempre lo he celebrado con mi familia. Y ahora que no están, supongo que será un día más.

Me quedo unos segundos pensando. Me levanto y me dirijo hacia la nevera, ante la mirada desconcertada de Daniela que me observa con curiosidad .

Cojo el Moët & Chandon que guardo para las ocasiones especiales, lo descorcho y lo sirvo en dos copas.

—Feliz cumpleaños por adelantado, Cerebrito.

—Gracias —susurra con un atisbo de timidez—, pero no tenías por qué.

Intuyo una pequeña sonrisa asomarse en sus labios y, solo con eso, sé que esta pequeña celebración hará que mañana sea un día un poquito más especial.