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Una invitación inesperada
Daniela
Mónaco, Principado de Mónaco
Después de unas semanas de ajetreo, las próximas carreras se sienten como en casa.
Hemos recuperado fuerzas descansando unos días en la sede de Bérgamo y ahora ponemos rumbo a Mónaco, donde el próximo fin de semana se celebrará uno de los grandes premios en el circuito urbano más icónico del campeonato.
Lo que para muchos supone un evento cargado de glamur, con la Costa Azul como telón de fondo y los yates de las celebridades fondeando frente al circuito, para otros representa un auténtico desafío.
El trazado urbano se caracteriza por sus estrechas calles, los muros cercanos y la mítica curva en horquilla Fairmont, además del túnel.
Es, sin duda, una de las carreras más exigentes tanto para pilotos como para equipos.
Después de hacer el check-in y dejar la maleta en la habitación, descubro un sobre en el escritorio que ha debido de dejar el personal del hotel. En el reverso, escrito a mano, puede leerse: «Para Daniela».
Lo abro desconcertada, sin saber qué encontraré, y me quedo ojiplática al leer su contenido:
Cerebrito, lo prometido es deuda. La cena tendrá lugar esta noche. Ni confirmo ni desmiento que quiera la revancha. A las siete de la tarde te estará esperando un Uber en el hotel.
Ale
¿Cómo? ¿Qué tipo de broma es esta? ¿Es que este chico se dio demasiados golpes en la cabeza cuando corría en karting de pequeño?
Oh, mierda, mierda. Había olvidado la estúpida apuesta que hicimos en el simulador la primera vez que nos conocimos. Pensaba que sería una broma, una de esas apuestas que haces en un momento de calentón y que al final nadie parece cumplir.
Miro el reloj y me doy cuenta de que ya son las cinco.
Tengo que ducharme y ponerme algo decente.
Pero ¿qué tipo de ropa te pones para cenar con un piloto?
¿A qué restaurante me llevará? ¿Será un sitio caro?
Podría pedirle algo prestado a Camila. Ella tiene una infinidad de vestidos preciosos.
Aunque no quiero convertir este encuentro en algo especial y que luego mis dos amigos me lo estén recordando hasta la eternidad.
Al fin y al cabo, es solo una cena informal entre dos compañeros de trabajo, ¿o no?
Me ducho y me aliso la melena. Decido dejarla suelta, pero enseguida pienso que quizá dé una impresión equivocada, así que, cuando está completamente seca, la recojo en un moño bajo.
Empiezo a sacar prendas del armario: tres petos, el uniforme del equipo y un par de pantalones vaqueros.
Vamos, la indumentaria perfecta para comer pipas en el banco de la plaza de mi pueblo, no para un restaurante donde el traje más barato costará lo mismo que mi nómina anual con tres ceros más.
¿Por qué le estoy dando tanta importancia a este encuentro? Quizá debería rechazarlo o, simplemente, no subirme a ese taxi. Aun así, hay algo que me empuja a ir. ¿Será el positivismo contagioso de Camila?
Trato de espantar mis pensamientos. Me pongo unos vaqueros y una camisa informal. Bajo los cinco pisos del hotel por las escaleras, casi al trote, y me doy cuenta de que llevo puestas las zapatillas de deporte. Perfectas para la ocasión.
— Bonsoir, mademoiselle —me saluda el chófer en un francés impecable al tiempo que me abre la puerta trasera.
— Bonsoir —intento responder y el hombre enseguida se da cuenta de mi pobre dominio del idioma—. Perdone, no sé exactamente a dónde vamos.
—No se preocupe, señorita. Yo la llevaré al lugar indicado. Después deberá informar al portero de su llegada para que le proporcione más instrucciones —me explica con cordialidad mientras recorremos las estrechas carreteras del Principado.
—¿Hay algún restaurante allí?
El chófer se recoloca la gorra y me observa por el retrovisor.
—Es una zona residencial de apartamentos de lujo.
—¿Cómo?
—Sí. Allí viven empresarios, actores famosos y, en concreto, en ese edificio residen varios pilotos de Fórmula 1.
—Ah, ya. Tiene sentido. —Me lanza otra mirada desconcertada y amago con matizar mi último comentario. No es que a él le tenga que importar mucho, pero aclaro—: Trabajo para una escudería.
—Debe de ser emocionante —comenta—. Esta semana la ciudad vibra de euforia .
Sonrío con cortesía e intercambiamos un par de palabras hasta llegar al destino.
El chófer me informa de que el trayecto ya está pagado y me dispongo a entrar en el edificio.
El portero hace una llamada rápida y luego me acompaña al sobreático en un ascensor lujoso que solo se activa con una llave desde el cuadro de mandos.
Siento cómo me flaquean las piernas y un escalofrío me recorre el cuerpo. ¿Habrá algún modo de detener esta máquina o no me quedará más remedio que cenar con uno de los pilotos más exitosos de la Fórmula 1?
Sea lo que sea, aquí no hay botón de emergencia con el que poder echar marcha atrás.
El portero me observa de reojo y compone una mueca involuntaria. Lo sé, no doy el pego aquí. No soy como las chicas que Santoro suele llevar a su casa. No visto como Irina Sokolova ni como ninguna de las modelos que aparecen en la prensa rosa junto a los pilotos.
Las puertas del ascensor se abren y lo veo allí. Alessio me espera bajo el umbral de la puerta, con las manos en los bolsillos. Le da una propina al portero y me invita a pasar.
—Hola —susurro tan bajo que ni siquiera sé si me ha oído.
—Bienvenida a mi humilde morada.
«Humilde, dice», pienso al echar un vistazo general al salón.
Se inclina para saludarme. Dudamos unos segundos entre un apretón de manos demasiado formal y un abrazo demasiado cercano, así que al final optamos por dos besos. A fin de cuentas, él es italiano y yo española; no deja de ser algo habitual en nuestras respectivas culturas.
Lo que ninguno de los dos tiene en cuenta es que nuestros países empiezan por mejillas opuestas, así que acabamos rozándonos de manera torpe las comisuras de los labios, en un acto que nos hace dar un respingo simultáneo .
Mierda. Esto no podía empezar de la peor manera.
—Así que… ¿aquí es donde vives? —murmullo con un hilo de voz, intentando mantener la conversación en un terreno neutral.
—En realidad vivo contigo.
¿Cómo? ¿He oído bien lo que acaba de decir?
—¿Qué quieres decir con…? —amago con preguntar, perpleja.
—Que ahora que has entrado en mi mundo, viajando por todos los países con el equipo, ya sabes lo que es vivir con una casa a cuestas.
—Ah…, sí, ya, claro —exclamo con timidez, acompañándolo de una pequeña risilla bobalicona.
Él sacude la cabeza, esboza una sonrisa ladina y me invita a conocer el resto del apartamento.
—Pero sí, además del pequeño pisito familiar de Milán, en el que he vivido hasta hace poco, este será mi hogar a partir de ahora —explica levantando las manos—. Vamos, que te hago un house tour .
—He oído que aquí viven varios pilotos —comento mientras contemplo las vistas parciales de la curva Fairmont desde el gran ventanal del salón. Mi boca se abre formando una «o».
—Sí, en el ático vive Markus Münster y en el piso de al lado Asher Miller —matiza mientras llegamos a la gigantesca habitación principal.
Solo este cuarto es tan grande como el piso en el que vivo con mi familia en Mataró—.
Aquí estamos juntos y tenemos más intimidad, algo que se agradece de cara a los paparazzi .
Mis ojos se detienen en la cama king size que preside la estancia y, por un momento, mi mente se llena de imágenes del piloto con sus conquistas bajo las sábanas .
En cuestión de segundos, mi corazón empieza a latir con tanta fuerza que parece que vaya a salirse de su caja torácica.
¿De verdad Santoro me traería aquí como a una más de sus conquistas? ¿Y qué pasa si se entera su mujer?
No, esto no puede ser verdad. Supongo que solo quiere quedar bien y, por eso, me ha invitado a su casa. Nunca permitiría que un fotógrafo le sacara una foto junto a una chica como yo. Sería el hazmerreír, tanto fuera como dentro de la pista.
Ha sido una mala idea venir. Tomaré algo rápido por cumplir y volveré al hotel.
¿Cómo he podido pensar que un piloto guapo y exitoso querría estar conmigo?
¡Menuda ingenua!